La marca del psicópata Capítulo 107
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Capítulo 107

Cuando la falta de sueño se volvió insoportable y su vida empezó a desmoronarse, Ethan pidió una excedencia en el hospital y desapareció.

El gobernador había cumplido su promesa de saldar la deuda de sus préstamos estudiantiles, y cuando se vio libre de esa carga, Ethan decidió que el único lugar donde quizá podría curarse estaba en el norte.

Así que subió a su avioneta y se internó en los bosques remotos del lago Morikawa.

No se le escapó el hecho de que no hubiera nadie en el asiento del copiloto durante el viaje ni en el muelle al llegar.

Era la primera vez que recordaba amerizar la avioneta sin que Kai lo estuviera esperando en el embarcadero.

Había llegado el fin de semana largo del Día de los Caídos y pasó el verano en un puesto sanitario para atender al pueblo chippewa. Pasaba las mañanas viendo pacientes, pescaba por las tardes y bebía demasiado por las noches.

—Está infectada —dijo mientras miraba dentro de la boca de un miembro de la comunidad indígena y exploraba con un instrumento dental.

Llevaba una luz montada en la cabeza, además de una mascarilla quirúrgica—.

Puedo drenarle el absceso hoy y recetarle antibióticos, pero tendrá que ver a un dentista cuanto antes.

—Haga lo que pueda, doctor —dijo el hombre—. Veré al dentista la semana que viene.

—Mañana —insistió Ethan—. O perderá el diente.

El hombre asintió y abrió la boca mientras Ethan ponía manos a la obra.

Esa mañana atendió a otros diez pacientes con todo tipo de dolencias: un hombre al borde del coma diabético, una mujer con una úlcera en el talón y una desagradable conjuntivitis hemorrágica.

Terminó de completar las historias clínicas, llamó a médicos especialistas en Ashland y habló personalmente con el dentista sobre el absceso que le enviaba.

Cerró el puesto sanitario, prometió volver el miércoles por la mañana y se subió al Bronco para regresar a casa.

Desde el verano anterior, había vaciado y remodelado la cabaña; la obra había estado a cargo de un constructor de la localidad de Superior, en Wisconsin, en quien confió para que hiciera bien el trabajo y le evitara tener que viajar desde Cherryview para comprobar los avances.

La primera vez que entró en la cabaña renovada fue el fin de semana largo del Día de los Caídos.

Miró alrededor y aprobó el resultado. Sin embargo, era consciente de que el aspecto de un lugar podía cambiarse en una temporada, pero los recuerdos de lo ocurrido allí tardarían mucho más en desvanecerse.

Aún quedaban en el aire restos del olor a pintura y lo percibía cada vez que volvía a la cabaña.

Abrió las ventanas y dejó entrar el aire caliente y húmedo del verano.

Una de las ventajas de la remodelación era la instalación de un sistema de aire acondicionado central.

Ethan pensaba poner el termostato al mínimo esa noche.

Tal vez ese fuera el secreto para dormir bien.

Disfrutó unos instantes de la brisa del lago que se llevaba el olor a pintura y aguarrás, descolgó su caña de pescar del soporte de la pared y bajó hasta la lancha.

Tiró del cordón del motor Mercury de 50 caballos y salió navegando por el lago.

Pasó la tarde pescando; dejó caer dos luciopercas vivas de cuarenta centímetros que pensaba consumir para la cena en el tanque de agua de la embarcación.

Durante una hora buscó lucios del norte y por fin enganchó uno de más de un metro.

Ethan acercó el gran pez al costado de la lancha, lo recogió con la red y lo midió.

Después lo devolvió con cuidado al agua para que volviera a luchar otro día.

Cuando la emoción de la captura se disipó, recogió el equipo y se sentó en la plataforma de pesca para contemplar la belleza del lago.

Los pinos llenaban su campo de visión en todas las direcciones.

Un águila cruzó el aire, rozó la superficie del lago hasta atrapar un pez y regresó a su nido.

Un colimbo soltó su canto desde el centro del lago antes de desaparecer bajo la superficie.

Ethan recordó la infinidad de horas pasadas en el agua con Kai, y echó de menos a su amigo.

Como siempre, el lago hizo su magia. Durante un par de horas, Ethan consiguió olvidar las fotos de Francis Bernard y su padre posando junto a Maddie y las otras mujeres que habían asesinado en el verano de 1993.

Las grabaciones de audio y vídeo, sin embargo, eran más difíciles de olvidar.

Ethan no tenía valor para ver todos los vídeos.

Pero había visto lo suficiente para saber que Francis y su padre habían documentado a cada una de sus víctimas, incluida Maddie.

Durante un par de meses después de visitar el trastero, se obsesionó con las cintas de vídeo, pero con el tiempo dejó de verlas.

También dejó de escuchar las horas de grabaciones en las que Francis y su padre hablaban de la próxima víctima y de su fijación con Maddie Jacobson.

Pero había un objeto que Francis había dejado en el trastero del que Ethan no lograba desprenderse. Francis le había escrito una última carta y junto a ella había dejado una grabación de audio del último encuentro con su padre. Ethan se había obsesionado con ella de manera malsana.

Tiró del cordón del motor fuera de borda, metió la marcha y emprendió el regreso a la cabaña. Era hora de empezar su rutina nocturna: beber demasiada cerveza y escuchar la grabación con las últimas palabras de su padre.