La marca del psicópata Capítulo 104
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Capítulo 104

A pesar de su estado físico, Ethan terminó su turno en el hospital.

Se había ofrecido para cubrir una vacante, con la esperanza de no pensar en que no habían podido encontrar el cuerpo de Francis Bernard.

La DIC había interrumpido la búsqueda durante el fin de semana; creían que el cadáver terminaría por salir a la superficie a medida que avanzara el proceso de descomposición.

Con el tiempo, los gases intestinales lo elevarían del fondo.

Ni Ethan ni Maddie dormirían tranquilos hasta ver el cadáver hinchado.

Seguían reuniendo información e intentando comprender lo sucedido en la última semana.

La única persona que quizá pudiera arrojar luz sobre el misterio era Blake Cordis.

Ethan había ido a verlo el día anterior.

Aunque Blake nunca había oído hablar de Francis Bernard, confesó sin rodeos la relación que había tenido con Lindsay Larkin: se había acostado con ella cuando era su entrenador de voleibol en el instituto y luego, al enamorarse de Callie, había puesto fin a la relación de manera abrupta.

Blake y Lindsay habían vuelto a acostarse hacía unos días.

Le habló del extraño comportamiento de Lindsay el lunes por la noche, de cómo estaba enterada de la existencia del teléfono de prepago que él había usado para comunicarse con Callie y de su críptica promesa de que pronto terminaría en la cárcel.

Tras marcharse de la casa de Blake Cordis, Ethan comenzó a armar el rompecabezas.

Lindsay Larkin, despechada y con el corazón roto por Blake cuando era adolescente, había descubierto que él mantenía una relación con Callie.

Le robó el teléfono Samsung de prepago y lo utilizó para atraer a Callie al muelle de North Point.

Allí, movida por los celos, asesinó a su mejor amiga.

Según Blake, a lo largo de los años, Lindsay había intentado reavivar su historia de amor, pero él nunca mostró interés.

Al enterarse de su relación con Portia Vail, Lindsay la secuestró en un intento de inculparlo a él.

Y, de algún modo, llegó a un acuerdo con Francis Bernard, que guio a Ethan hacia las pruebas que ella misma había colocado para señalar a Blake Cordis como el asesino de Callie y el secuestrador de Portia.

Pero Lindsay no había contado con que Francis escapara de prisión y fuera tras ella.

Aún quedaba mucho por descifrar y Ethan no estaba seguro de que alguna vez llegara a conocer toda la historia.

Llegó a su casa y detuvo el Jeep junto al buzón.

Dentro había un único sobre, que recogió antes de entrar por el camino de acceso y meter el coche en el garaje.

Dejó las llaves en el cuenco de la mesa del recibidor, puso los sándwiches que había comprado para la cena sobre la encimera de la cocina y sacó una cerveza de la nevera.

Maddie descansaba en el sofá. La bala que le había atravesado el abdomen milagrosamente no había dañado ningún órgano ni vaso sanguíneo vital.

El mayor obstáculo sería recuperarse del daño a los músculos abdominales, lo que le dificultaba sentarse, caminar o realizar cualquier movimiento con el tronco.

Tenía programada fisioterapia para el lunes y estaría de baja dos semanas.

Ethan se inclinó sobre el respaldo del sofá y la besó en la frente. El estrés de la semana había provocado una recaída de su parálisis de Bell, y el lado izquierdo de su rostro estaba flácido y se negaba a responder cuando intentaba sonreír. Maddie se llevó la mano a la mejilla, cohibida.

—Ya la recuperarás, seguramente en un par de semanas.

Ella asintió.

—He traído sándwiches del Old Fashioned.

—No tengo hambre.

—De acuerdo. Pero tarde o temprano tendrás que comer algo.

Maddie volvió a asentir y se recostó otra vez.

Con el pijama sanitario aún puesto, Ethan se sentó a la mesa de la cocina y abrió la cerveza.

Rasgó el paquete y dio un bocado al sándwich mientras acercaba el sobre.

Estaba dirigido al agente especial Ethan Hall.

Sin comprender del todo por qué, sintió un revoloteo de temor en su interior, como si mil mariposas intentaran escapar de su pecho.

Observó el matasellos: Hachita, Nuevo México.

Tenía fecha del jueves. Entornó los ojos y abrió el teléfono para buscar información.

Hachita se encontraba en el sur del estado de Nuevo México, cerca de la frontera entre Estados Unidos y México.

Dejó el teléfono a un lado y tras abrir el sobre con el pulgar, sacó la única hoja que contenía; luego lo agitó para que cayera el otro objeto que había dentro: una llave plateada que tintineó sobre la mesa de la cocina.

Fijó la vista en la pulcra letra cursiva y empezó a leer:

Querido Ethan: Espero que te encuentres bien.

Gracias por tus visitas a lo largo de tantos años.

No tienes idea de lo mucho que significaron para mí.

Comprendo que para ti eran algo muy diferente.

Utilizabas el tiempo conmigo para exorcizar tus demonios y jurarme que jamás volvería a ver la luz del día fuera de los muros de una cárcel.

A estas alturas, ya sabrás lo equivocado que estabas.

Te prometí la ubicación del cadáver de la chica, así que aquí la tienes: 45.2930° N, 88.6839° W

Echaré de menos nuestras charlas, Ethan. Para mí eran una forma de ver un atisbo de tu padre. Él fue mucho más para mí que el hombre por cuyo asesinato me condenaron. Mucho más. Cada vez que veía tu nombre en la lista de visitas, me invadía una oleada de emoción. Cuando te miraba, veía a Hank.

Si quieres entender por qué tu padre me producía esa emoción, utiliza esta llave para averiguarlo.

Trasteros Lakeside. Trastero 223.

Francis