Capítulo 96
Ethan maniobraba con cuidado para esquivar las ramas caídas en el camino.
La lluvia arreciaba como una cortina, y si Maddie no se hubiera quedado sola en la cabaña, se habría detenido al lado del camino hasta que amainara el diluvio.
Pero no era el caso. Rodeó una enorme rama que bloqueaba el carril contrario, atravesó un gran charco de casi veinte metros y siguió camino.
Marcó otra vez el número de Maddie. Incluso en los días despejados, su teléfono rara vez tenía más de una raya de cobertura en el lago. La tormenta no hacía más que empeorar la situación y tras el tercer intento, cuando la llamada pasó directamente al buzón de voz, se dio por vencido.
El trayecto de quince minutos le llevó treinta, y ya en el último tramo del camino, vio un vehículo detenido a un lado del camino sobre el carril contrario.
Los faros estaban encendidos y la puerta del conductor, abierta.
Al acercarse, reconoció la camioneta de Kai.
Frenó al otro lado del arcén. La lluvia le dificultaba la visión y no podía distinguir qué sucedía.
Abrió el compartimento central, sacó la linterna que guardaba allí, la encendió y salió del coche.
Se internó en la tormenta, iluminado por el haz de luz que apuntaba en dirección a la camioneta de su amigo.
Vio que los neumáticos del lado del conductor estaban intactos.
Ningún pinchazo. Cruzó los dos carriles y miró dentro de la cabina. Vacía.
—¡Kai! —gritó por encima de la lluvia que azotaba sin tregua.
Estaba empapado. El agua le goteaba de la barbilla y la camiseta se le pegaba al pecho. Iluminó la caja trasera de la camioneta. También estaba vacía. Pero al rodear el vehículo, vio a Kai tendido en el terraplén junto al camino.
—¿Kai? —dijo.
Corrió hacia él y se arrodilló a su lado. La lluvia se mezclaba con la sangre que brotaba del abdomen y de la boca de Kai.
—¡Kai! ¿Estás bien, amigo?
Kai abrió los ojos. Una burbuja de sangre se formó en su fosa nasal cuando intentó hablar.
“¿Qué está pasando?” “¿De dónde viene toda esta sangre?”, se preguntó Ethan mientras examinaba el cuerpo de Kai.
En medio de la carretera y bajo una tormenta feroz, volvía a ser el médico de urgencias que era, buscando de dónde venía la hemorragia y cuál era la mejor manera de detenerla.
Pero antes de que pudiera completarse esa transformación, Kai pronunció una sola palabra que lo devolvió de golpe a su papel actual de investigador.
—Francis.
Ethan dejó de revisarlo.
—¿Qué?
—Vete —dijo Kai, con los dientes manchados de sangre—. ¡Vete! ¡Maddie está en peligro!
A lo lejos, desde la dirección de la cabaña y a través de la lluvia torrencial, un disparo resonó en la noche.