Capítulo 95
En el dormitorio, Maddie solo tenía encendida la lámpara de la mesilla de noche.
Había estado antes en la cabaña de Ethan con cortes de luz y sabía que tenía que consumir la menor cantidad posible de energía del generador.
Se quitó la camisa empapada y, vestida solo con los pantalones cortos y el sujetador, revolvió la bolsa de viaje.
Al oír tres golpes fuertes, se paralizó.
Inmóvil, con las manos hundidas en la bolsa, escuchó.
Los golpes se repitieron; pensó que quizá una rama chocaba con la pared de la cabaña. Pero cuando sonaron por tercera vez, comprendió que alguien estaba llamando a la puerta principal.
—¿Kai? —susurró, intentando tranquilizarse.
Se miró la cintura y recordó que había dejado la pistola sobre la encimera, junto a la puerta trasera. Encontró una camiseta, se la pasó por la cabeza y salió del dormitorio para bajar las escaleras.
Al llegar al rellano, se acercó a la puerta principal y miró por la ventana lateral.
Era una mujer, en el porche, poco protegida de la lluvia torrencial.
La iluminaban los faros del coche aparcado en el camino de entrada.
Llevaba una gorra de béisbol, que Maddie supuso que usaba para resguardarse de la lluvia.
Abrió la puerta lentamente.
—¡Gracias a Dios! —exclamó la mujer—. Siento muchísimo molestar. Me alojo en una de las otras cabañas del lago y se me ha ido la luz.
—A nosotros también —respondió Maddie—. Hemos puesto en marcha el generador.
—Estoy en la cabaña de mis tíos. No sé si tienen generador.
Y si lo tienen, no tengo idea de cómo usarlo.
Odio aparecer así —dijo la mujer alta—; pensaba volver a Duluth en coche, pero no creo que pueda hasta que pase la tormenta.
Di media vuelta para refugiarme en la cabaña, pero hay un árbol caído en el camino y no puedo regresar.
Vi que teníais las luces encendidas y decidí probar suerte.
Maddie esbozó una sonrisa vacilante y asintió.
—Claro. Pasa.
—No sé cómo agradecértelo —dijo la mujer, mientras entraba, escapando de la tormenta—. Siento mucho mojarte el suelo.
—No pasa nada. Te traeré una toalla. Por cierto, me llamo Maddie.
La mujer alta, de radiantes ojos azules, sonrió.
—Y yo Harriett. Muchas gracias por dejarme entrar.
Harriett avanzó hacia el interior mientras Maddie cerraba la puerta para contener el viento furioso y la lluvia que arremetían contra la cabaña.