Capítulo 97
—¿Dónde está tu cabaña? —preguntó Maddie—. Ethan, mi novio, que es el propietario de esta, dice que hay muy pocas sobre el lago.
—Justo al doblar la curva, hacia el noreste —respondió Harriett—. Es de mis tíos. Me la prestaron para pasar la semana. —Sonrió—. Pensé que sería una escapada relajante… hasta que llegó la tormenta.
Harriett usó la toalla que Maddie le había dado para secarse la cara. No se había quitado la gorra de los Minnesota Twins.
—¿Quieres que te preste ropa seca? —preguntó Maddie.
—Ay, no quiero ser una molestia. Ya me estoy aprovechando bastante de tu hospitalidad.
—De ninguna manera. No hay problema. —Maddie señaló hacia fuera—. Esta tormenta va para largo.
—¿De verdad? —preguntó Harriett.
—Seguro. Solo tengo pantalones cortos y camisetas, pero al menos están secos.
—Gracias.
Maddie subió corriendo las escaleras y sacó unos pantalones cortos de tela vaquera de la bolsa de viaje, junto con la camiseta menos gastada que había llevado. Bajó de nuevo y se los entregó.
—El baño está ahí a la vuelta.
Harriett desapareció en el baño y Maddie sacó dos botellas de agua de la nevera. Miró su teléfono. Seguía teniendo una sola raya de cobertura y tres llamadas perdidas de Ethan. Marcó su número, pero la llamada fue directamente al buzón de voz.
Oyó que se abría la puerta del baño. Dejó el teléfono sobre la mesa y cogió una botella de agua para Harriett. Pero cuando la vio salir del baño, el aire se le quedó atrapado en la garganta.
Se había quitado los vaqueros empapados y llevaba ahora los pantalones cortos que Maddie le había prestado.
En la pierna derecha se veía un tatuaje: una pitón negra que se enroscaba por la pantorrilla, subía en espiral por el muslo y desaparecía bajo el borde del pantalón.
La gorra de béisbol había desaparecido, y el largo cabello rubio le caía en tirabuzones por la espalda.
—¿Es para mí? —preguntó Harriett, señalando la botella de agua.
En la mente de Maddie apareció la imagen congelada de la cámara de la furgoneta de traslado que Pete Kramer les había mostrado: la mujer alta, rubia, con un tatuaje de serpiente que había ayudado a Francis a escapar… estaba ahora mismo delante de ella.
Maddie sonrió.
—Sí. Aquí tienes.
Le tendió la botella de agua y tragó saliva. Había dejado el arma sobre la encimera, junto a la puerta trasera. Sin dejar traslucir su nerviosismo, se volvió despacio y caminó por la cocina hacia la salida.
Pero cuando llegó a la puerta, la pistola ya no estaba.