Capítulo 82
Lindsay metió el coche en el garaje de su casa, situada en el barrio del Lower East Side.
Había comprado esa casa diseñada a su medida el año anterior, tras muchos años de vivir en la ciudad.
Dejó escapar una risita al aparcar en el amplio garaje, que era más grande que toda la cabaña de Blake Cordis.
Una cabaña que ni siquiera le pertenecía, sino que la familia Prescott le permitía utilizar a cambio de una vida entera dedicada a cuidar sus establos.
Una existencia triste… y, aun así, más de lo que se merecía.
El golpe final, por supuesto, sería conducir a Ethan Hall hasta el cadáver de Callie.
Le había dado las coordenadas a Francis en su última sesión y pronto las autoridades darían con el lugar, no muy lejos del muelle de North Point.
Allí, en una vieja central eléctrica abandonada situada junto a una laguna, Lindsay había ocultado el cadáver de Callie en un bidón de doscientos litros que luego había hecho rodar hasta el agua.
La autopsia revelaría que la causa de muerte había sido un traumatismo craneal provocado por un palo de golf Callaway.
El mismo palo que Lindsay había escondido en el armario de la cabaña de Blake.
En los diez años transcurridos, había ido dos veces a comprobar que el bidón siguiera en su sitio.
En un extraño giro del destino, la familia Prescott adquirió las tierras que incluían la vieja central eléctrica en ruinas y la laguna contigua.
Desde entonces, el lugar permanecía intacto y el bidón siguió allí durante una década, oculto bajo la superficie del agua, sin que nadie lo viera.
Apagó las luces del garaje al entrar en la casa y encendió las de la cocina.
Soltó un grito al ver a Francis Bernard sentado a la mesa.
Llevaba una camiseta blanca salpicada de sangre.
Lindsay no tenía manera de saber que era la sangre de Andre Monroe, la otra persona que había intentado aprovecharse de él en la cárcel.
Las comisuras de los labios de Francis se curvaron en una sonrisa tensa.
—Hola, doctora Larkin.