Verano de 2015
Cherryview, Wisconsin Lindsay esperaba en las sombras junto al restaurante.
En el interior del bar la música atronaba y los jóvenes que habían ido a la isla daban comienzo a su noche de copas.
Miró hacia las pistas de vóley-playa y vio a Callie junto a las gradas.
Los reflectores que en verano permitían jugar hasta pasada la medianoche ya estaban encendidos, desafiando la inminente oscuridad.
Lindsay sacó el teléfono de Blake del bolsillo y al ver que Callie había enviado varios mensajes, le envió una respuesta.
¿Qué pasa?
Necesito verte.
¿Dónde estás?
En la isla.
¿Todo bien?
Necesito hablar contigo del bebé. Lo voy a tener.
Lindsay se quedó mirando el teléfono, conteniendo el aliento. No volvió a respirar hasta que el ardor de los pulmones la sacó de su aturdimiento. Vaciló un instante antes de escribir.
¿No seguiste adelante con lo que habías decidido?
No. Quiero tener este bebé CONTIGO. Quiero empezar una vida juntos. Necesito verte esta noche.
¿Tienes la lancha de tus padres?
Sí.
Nos vemos en el muelle North Point. Estaré esperándote en el embarcadero.
Te quiero, Blake.
Yo también te quiero.
Se guardó el teléfono en el bolsillo y salió de las sombras. Le temblaban las manos y respiraba con dificultad.
Callie estaba embarazada. Blake era el padre. Se había acostado con ambas. Estaba enamorado de Callie.
Cuando se acercó a Callie por detrás, ella seguía mirando el teléfono.
—¿Quién era?
Callie levantó la vista y se volvió.
—Ah…, mi madre. Quiere que vuelva a casa.
Lindsay entornó los ojos y fingió sentirse disgustada.
—Son las nueve de la noche de un sábado.
—Así comienza la canción Piano Man. “Son las nueve de la noche de un sábado, la muchedumbre habitual entra al bar…”. —Lindsay vio que se esforzaba por sonreír.
—¿La cantamos? —Arrugó la nariz—. ¿No?
—Ahora nos toca jugar.
—No puedo, Linds. Mi madre me está volviendo loca.
—¿Por qué es tan aguafiestas?
—Nada de lo que hace mi madre tiene sentido. Seguro está montando un drama por algo. Me voy en la lancha a casa. Vuelvo en una hora y jugamos contra esos chicos; les daremos una paliza.
Lindsay se sorprendió ante la facilidad con que mentía su amiga. Vio que le caía una lágrima.
—¿Seguro que estás bien?
Callie se la secó de inmediato.
—Sí, todo bien. Nos vemos luego.
Lindsay la observó alejarse a toda prisa.
Se quedó junto a la pista de arena y vio cómo Callie subía a la lancha y se alejaba del embarcadero.
Luego se volvió y caminó con pasos rápidos hasta la parte trasera del restaurante.
Sabía, por sus amigos del equipo de fútbol americano que trabajaban en el bar de la isla, que había una flota de cinco todoterrenos Polaris Ranger que se utilizaban para transportar suministros por el estrecho camino de tierra que conectaba la isla con el continente.
En cuanto dejó atrás a la gente, echó a correr. Se subió a un quad que tenía la llave puesta. Arrancó y salió disparada, rebotando por el camino estrecho, decidida a adelantarse a Callie y llegar antes que ella al muelle de North Point.
Apagó los faros al entrar en el aparcamiento del muelle.
Allí, los que no tenían casa sobre el lago Okoboji, botaban sus embarcaciones para pasar el día en el agua.
Cualquier mañana el aparcamiento estaría lleno de camionetas con remolques, pero por lo general las lanchas se iban antes de que oscureciera. Esa noche, el lugar estaba desierto.
Aparcó en un extremo en las sombras y se bajó.
En el compartimento trasero encontró un palo de golf Callaway hierro 9.
Había visto a los jugadores de fútbol americano golpear pelotas desde la isla, intentando acertar a una balsa de madera que flotaba a unos cien metros del muelle.
Sin pensarlo demasiado, cogió el palo y avanzó rápidamente por la parte lateral del aparcamiento hasta la rampa de botadura y el muelle que se adentraba en el lago.
A lo lejos, en medio del lago, se veían la isla y las luces de las pistas de voleibol.
Llegaban fragmentos de canciones por encima del agua, y desde su escondite en la oscuridad reconoció una vieja canción de Tom Petty.
No pasaron más de cinco minutos antes de ver que se aproximaba una lancha.
Tenía que ser Callie. Había llegado antes que ella.
Se ocultó entre los árboles, cerca del extremo del muelle y la vio acercarse en la lancha de sus padres. Desde las sombras, la vio amarrar la embarcación, subir al muelle y mirar a su alrededor, seguramente buscando el coche de Blake. Caminó despacio por el muelle.
En cuanto bajó a tierra firme, Lindsay salió de entre las sombras. Una ramita crujió bajo su zapato, pero antes de que Callie pudiera girarse, alzó el hierro 9 y, con un solo movimiento, lo descargó sobre la parte posterior de su cabeza.
El golpe resonó de forma horrible cuando el palo impactó contra el cráneo de su amiga.
Lo retiró, esperando que ella cayera al suelo.
Pero Callie se volvió y sus miradas se encontraron.
Lindsay volvió a levantar el palo y la golpeó en la coronilla.
El impacto pareció convertirla en una estatua; luego se llevó la mano a la cabeza y tocó la sangre que le corría por el rostro como lava.
Lindsay alzó el palo por tercera vez y volvió a golpearla.
Esta vez, su amiga de toda la vida, su compañera de equipo —y la chica que le había robado a Blake— se desplomó y quedó inerte en el suelo.