La marca del psicópata Capítulo 79
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Capítulo 79

Logró llegar al orgasmo, aunque ayudándose a sí misma.

El entrenador Cordis ya no tenía tanto poder sobre ella como antes.

Aun así, se aseguró de alcanzar el clímax, utilizando a Blake como un simple medio para alcanzar un fin.

Tardó bastante más que él en acabar, por lo que el reencuentro distó mucho de ser armonioso.

Pero esa noche no buscaba placer sexual. Buscaba cerrar una herida.

Se levantó de la cama y se puso la ropa interior.

—¿Adónde vas? —preguntó Blake con tono juguetón, como sugiriendo que le esperaba otra ronda si decidía pasar la noche allí.

—Mañana tengo la agenda llena de consultas y algo me dice que tú también estarás muy ocupado.

Tuvo que ejercer toda su fuerza de voluntad para no revelar nada más.

La vida patética de Blake estaba a punto de hacerse añicos ahora que Portia Vail había sido hallada con vida.

Lindsay todavía no había visto ninguna noticia sobre su rescate, pero habían trasladado a Francis Bernard esa mañana, y el plan había sido que él le diera a Ethan Hall la dirección de la cabaña en la localidad de Rome donde Lindsay la había tenido encerrada durante las últimas semanas.

Meses antes había adquirido la destartalada cabaña a través de un fideicomiso que había hecho registrar a nombre de Blake.

Y había dejado suficientes pistas en el interior para que la policía llegara hasta él: la más obvia eran los cigarrillos Saratoga, cuyo sabor todavía sentía en la boca por haberlo besado. Pero Ethan Hall encontraría las demás.

Esta vez Lindsay no pensaba correr riesgos.

Utilizó a Francis Bernard para hacer llegar el teléfono móvil de prepago a Ethan Hall.

Tal vez habría bastado con eso, pero para asegurarse, había puesto en práctica sus conocimientos y habilidades de programación y creado la confesión anónima utilizando la tecnología de cifrado de la oficina.

Sabía que ese rastro sería difícil de seguir, y aún más de descifrar.

Pero una vez que Ethan Hall atravesara las defensas de ciberseguridad, el camino que ella había trazado lo llevaría hasta el ordenador de Blake.

Cuando todas las piezas encajaran, en uno o dos días, la policía irrumpiría en su casa en la finca Prescott.

—¿Sabes? —dijo Lindsay con sonrisa nostálgica—. La última vez que nos acostamos no sabía cómo llamarte.

Blake se incorporó sobre los codos y la miró, desconcertado.

—Seguro que ni te imaginabas lo asustada que estaba aquella noche.

—Se subió los pantalones cortos por los muslos y los abotonó—.

¿Recuerdas la noche en que me robaste la virginidad?

Fue el verano en que empezaste a entrenar en Cherryview.

El verano en que cumplí diecisiete y tú eras el nuevo y joven entrenador estrella de voleibol.

Vio cómo Blake tragaba saliva. Cuando habló, no había rastros del tono juguetón.

—Claro que lo recuerdo, Lindsay. Significó mucho para mí.

—Ah, ¿sí? —replicó ella, mientras se abotonaba la blusa—. Yo no lo tenía tan claro, porque empezaste a acostarte con Callie una semana después.

—No fue así. Lindsay…

—Aquella noche… ¿sabías que yo era virgen?

Tuviste que haberte dado cuenta, ¿no? Tenía diecisiete años y no fue precisamente una experiencia sexual sencilla.

Arremetiste como todo hombre, pensando solo en ti.

Pero, sí, es cierto: no sabía cómo llamarte después de que nos hubiésemos acostado.

Siempre te había llamado profesor, o profe, y en aquel momento eso me pareció completamente inadecuado.

Eso sí, hice planes. —Soltó una risita al recordarlo—.

Incluso pensé en susurrar tu nombre al oído la próxima vez que nos acostáramos.

Pero esa próxima vez nunca llegó. Me quitaste la virginidad, dejaste que me enamorara de ti y luego me dejaste plantada para fugarte con mi mejor amiga.

—No nos fugamos, Lindsay.

—Claro que no. Pero estabais a punto de hacerlo, ¿no? Estabais enamorados. Leí vuestros mensajes. Os escribíais y os decíais “te quiero”. Imaginarás mi sorpresa cuando lo vi.

Blake se sentó en la cama.

—¿Cómo leíste nuestros mensajes?

—¿Me robas la virginidad un día y a la semana siguiente estás enamorado de Callie?

—No fue así, Lindsay.

—Supongo que después de tantos años ya no importa.

Pero se te viene encima una avalancha de sufrimiento y te lo mereces.

Míranos. Ironía en estado puro. Antes creías que me tenías dominada.

Podías seducirme y romperme el corazón sin una sola explicación.

Podías irte con mi mejor amiga y yo debía aceptarlo.

Te sentías superior. Pero míranos ahora.

Te ganas la vida paleando estiércol de caballo y yo dirijo un imperio.

¡Cómo se ha dado vuelta la tortilla! —Lindsay sonrió—.

Y para que no haya confusión, lo de esta noche no ha sido otra cosa que recuperar lo que es mío.

Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se volvió hacia él.

—Que disfrutes de tu tiempo en la cárcel, profe.