La marca del psicópata Capítulo 68
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Capítulo 68

Se obligó a conducir despacio. Lo que menos necesitaba era que la detuvieran por exceso de velocidad.

Miró por el espejo retrovisor y parpadeó, intentando quitarse de encima la culpa que amenazaba con distraerla.

Con el tiempo, esperaba poder olvidar lo ocurrido en el sótano.

Las horas y los días limarían los bordes del recuerdo del cuchillo abriéndose paso por el cuello de la mujer.

Los meses borrarían la sensación nauseabunda que tenía en la mano desde que la hoja había chocado con el hueso y el cartílago.

Y, con los años, la tristeza se disolvería, arrastrando la melancolía hacia el desagüe del tiempo.

No se arrepentía de nada. Ni de lo que había hecho el jueves por la noche a la pareja de ancianos en su casa del lago Morikawa.

Ni de lo que recién acababa de hacer en el sótano de la casa de Nekoosa, ni de lo que estaba a punto de hacer en un tramo solitario de la carretera.

Francis la había llamado, y ella sabía que todo aquello era necesario.

Pasó la curva, giró para que el Ford Focus quedara orientado hacia el sur y aparcó a un lado del camino.

El traslado estaba previsto para media mañana, pero no tenía forma de saber si iban en hora.

Tendría que mantenerse alerta. Debería de estar agotada tras el viaje de regreso desde la frontera con México del día anterior; sin embargo, se sentía muy despierta, vibrante de energía.

Salió del coche y avanzó unos metros más allá de la curva para tener a la vista la larga recta hacia el sur.

Se quedó allí, esperando. Pasaron dos horas.

Empezó a dudar, a sentirse inquieta, pero se negaba a dejarse vencer.

Para mantener la mente ocupada, repasó el plan.

En los asientos delanteros viajarían dos funcionarios armados con gas pimienta, una pistola eléctrica y un arma corta.

Detrás del asiento delantero habría un soporte con una escopeta calibre doce.

Y en el compartimento de custodia en la parte trasera estaría el hombre al que amaba.

Estaba repasando los pasos en su mente cuando la vio.

Como un carruaje mítico que surge del horizonte, la furgoneta de traslado del Centro Penitenciario de Wisconsin apareció a lo lejos, avanzando a toda velocidad entre el vapor que ondulaba sobre el asfalto.

Corrió de vuelta al coche, encendió el motor y avanzó lentamente por el lateral del camino hasta la curva.

Luego invadió el centro de la calzada, encendió las luces de emergencia y levantó el capó.

Comprobó que en el bolso estaba la pistola que había comprado a principios de la semana y se ajustó el chaleco antibalas que llevaba bajo la camisa.

Ya no había tiempo para repasar los detalles del plan.

En el fondo, la misión era simple: hacer lo que fuera necesario para que Francis lograra salir de la furgoneta.