Capítulo 69
Andre Monroe iba al volante de la furgoneta penitenciaria.
Para el traslado de Francis Bernard a Columbia, había solicitado que lo acompañara un funcionario de menos rango que estaba bajo su tutela.
Incomprensiblemente, ese malnacido había logrado superar la evaluación psicológica y convencer al gobernador para que autorizara el traslado.
Debía de tener unos abogados excelentes, pensó Monroe.
Se preguntó quién los estaría pagando. Bernard llevaba más de treinta años tras las rejas y cualquier dinero que hubiese ahorrado antes de terminar en la cárcel seguro que ya habría desaparecido.
De todos modos, la vida estaba a punto de mejorar considerablemente para el bueno de Francis.
Monroe sabía que el aislamiento había empezado a pasarle factura.
Estaba al límite; esos eran los mejores reclusos: sumisos, obedientes, desesperados por cualquier cosa que hiciera su existencia —aunque fuera un poco— más llevadera que la realidad.
Monroe había disfrutado de sus visitas nocturnas a Francis. Era una lástima perderlo.
Echó un vistazo al monitor en blanco y negro instalado en el salpicadero.
Mostraba una imagen en tiempo real de la cámara situada en un rincón del compartimento de custodia.
Francis estaba de pie, pues el traje de traslado le impedía sentarse.
Iba sujeto por una correa anclada al techo y a ambos lados del compartimento.
—¿Qué mierda es eso? —dijo el funcionario sentado junto a Monroe; entornó los ojos para mirar a través del parabrisas—. ¿Lo notifico?
Monroe apartó la vista del monitor y volvió a mirar al frente. Más adelante, un coche averiado bloqueaba la carretera.
—Sí —respondió—. Notifícalo.
Accionó un interruptor junto al volante que activaba la cámara del salpicadero.
Al acercarse, vio a una mujer joven, con pantalones cortos, inclinada sobre el motor del coche con el capó levantado.
Redujo la velocidad y ella salió de debajo del capó con una botella de aceite en una mano y un teléfono móvil pegado a la oreja.
Monroe detuvo la furgoneta junto a ella. Era muy atractiva. Tenía el cabello rubio y luminoso, y estaba empapada de sudor por el calor de la mañana. El tatuaje de una serpiente se le enroscaba alrededor del muslo y desaparecía bajo el borde de los pantalones cortos.
—¿Cuál es el problema, señorita? —preguntó con una sonrisa—. No me diga que ha pinchado un neumático aquí, en medio de la nada.
—No, el motor se ha recalentado —respondió ella, apartándose el teléfono de la oreja—. Acabo de llamar a la grúa, pero dicen que tardarán una hora o más en llegar.
Se acercó a la ventanilla del conductor.
—¿Habría alguna posibilidad de que dos caballeros tan fornidos me echaran una mano?