Capítulo 65
El móvil vibró con la canción que había programado como alarma: Goodbye Yellow Brick Road de Elton John.
No pestañeó al abrir los ojos. Tampoco los entrecerró para protegerse de la luz matinal.
Los abrió de golpe, completamente alerta, con la adrenalina corriendo por sus venas.
Era como si hubiera dormido doce horas en vez de cuatro.
Se levantó de un salto, con la sensación liberadora de dejar todo aquello atrás.
El impulso de hacer la cama cedió ante la idea de que después de ese día, jamás volvería a estar en esa casa.
Dejar las sábanas revueltas le hizo sentir un entusiasmo temerario.
Encendió el sistema de sonido de la casa, con altavoces en todas las habitaciones, puso la canción en repetición y subió el volumen; la voz de Elton John sonaba lo bastante alta como para ahogar los susurros de duda y remordimientos que sabía que pronto llegarían desde los rincones oscuros de su mente, pero no tanto como para alertar a los vecinos.
Entró en el baño y se miró en el espejo; la noche anterior se había quitado las lentillas oscuras, devolviendo a sus ojos el tono azul natural.
Sobre el tocador la esperaba el decolorante.
Lo mezcló con bicarbonato hasta llenar el cuenco de una pasta espesa y burbujeante que se masajeó en el cabello color azabache.
La crema crepitaba y le hacía arder el cuero cabelludo, pero siguió hasta que la mezcla empezó a formar espuma con el tinte oscuro.
Se metió en la ducha y puso la cabeza bajo el chorro; vio cómo un reguero de agua negra le corría por el vientre plano y las piernas, arremolinándose luego en el desagüe. Repitió el proceso tres veces, hasta que el color oscuro desapareció y recuperó su rubio natural.
De vuelta frente al espejo, abrió el tinte rubio y siguió las instrucciones.
Sabía que el proceso para devolverle al cabello un tono rubio brillante llevaría una hora.
Colocó las láminas de papel aluminio para mechas tan cerca de las raíces como pudo.
No quedaría perfecto, pero sería mejor que el negro que había soportado el último mes.
Ya en el dormitorio, se puso una camiseta vieja, pero no se molestó en ponerse pantalones ni ropa interior; prefería completar la última tarea que Francis le había encomendado solo con la ropa indispensable, por miedo a mancharla de sangre.
Bajó a la cocina y miró el reloj del microondas.
Tenía el tiempo justo, lo que era bueno.
Demasiado tiempo libre le permitiría reflexionar sobre lo que estaba a punto de hacer.
Demasiado tiempo libre haría que su mente divagara y sus pensamientos se volvieran contra ella.
Si tenía demasiado tiempo, tal vez se echaría atrás y huiría.
Pero no disponía de tiempo para pensar, ni para dudar ni para cambiar de idea.
Si quería una vida con Francis, tenía que moverse, moverse y moverse.
Cogió la bolsa de lona que había preparado la noche anterior y la llevó al garaje para dejarla en el asiento delantero del Ford Focus.
Sacó el cuchillo de la bolsa y volvió a entrar.
Paseó por la cocina de un lado a otro durante unos minutos, dejando que la canción ahogara sus preocupaciones.
Cuando el reloj marcó las 08.45 supo que no podía retrasarse más.
Fue hasta la puerta del sótano y bajó las escaleras haciendo ruido.
Asomó la cabeza para asegurarse de que la mujer siguiera encadenada a la cama.
Mejor aún: dormía. La comida rápida la había sumido en un sopor, y los sedantes ocultos en la hamburguesa la mantenían en ese estado.
Con el cuchillo Victorinox que había comprado en la mano, abrió la puerta y se lanzó hacia la cama.
Con un movimiento rápido, deslizó la hoja por el cuello de la mujer, sin pensar en las vibraciones del mango cuando se hundió en el cartílago y el hueso.
Los ojos de la mujer se abrieron un instante; un chorro de sangre brotó de la herida.
Dejó caer el cuchillo y salió corriendo.
Cerró de un portazo, decidida a dejar allí dentro todos los recuerdos de ese instante.
Subió a toda prisa las escaleras, atravesó la cocina y subió al segundo piso. Al llegar al baño y mirarse en el espejo, se sorprendió al ver la camiseta blanca salpicada de sangre y pecas rojas moteándole el rostro, el último aliento de la mujer.
Se quitó la camiseta, retiró el papel de aluminio del cabello y contempló su imagen.
Ya no veía la sangre que tenía en la cara; lo único que veía era su nuevo yo: la mujer rubia que Francis Bernard amaba, con el tatuaje de la pitón enroscándosele alrededor del muslo; en el lado derecho de las costillas, el corazón negro.
Se apartó del espejo y se metió en la ducha, donde se enjabonó el rostro y el cabello durante varios minutos.
Luego se secó con la toalla, se vistió y salió.
Mientras se alejaba en el Ford Focus, la voz de Elton seguía resonando dentro de la casa.
“¿Cuándo vas a bajar? ¿Cuándo vas a aterrizar?”.