Capítulo 64
Tumbado en la cama, con las manos detrás de la cabeza y las piernas cruzadas, Francis llevaba despierto desde las cuatro de la madrugada.
Recorrió la celda con la mirada e hizo un inventario de sus escasas pertenencias.
Su vida entera reducida a una novela de bolsillo deshecha, un periódico de la semana anterior y tres hojas de papel del centro penitenciario. Pero todo estaba a punto de cambiar…
El zumbido amortiguado de la puerta al desbloquearse resonó en la ratonera donde había pasado tantos años. Se incorporó de inmediato en la cama.
—¡Arriba! —le ordenó un funcionario por el intercomunicador—. Arrodíllate en el rincón, con las manos detrás de la espalda.
Por primera vez, Francis se alegró de seguir el protocolo.
Sabía que sería el último día en que tendría que soportar una humillación como esa.
Obedeció y llevó las manos a la espalda.
Un funcionario entró en la celda y le puso las esposas.
Luego se inclinó sobre su hombro y le susurró al oído: —No sé a quién has tenido que recurrir para conseguirlo, pero, vete a saber por qué, te han concedido el traslado a Columbia.
El funcionario lo sujetó del codo y lo levantó.
—Vamos. Tienes que ponerte la ropa de traslado.
Francis se dejó conducir fuera de la celda y a través de la prisión. Sentía las miradas de los demás reclusos, que observaban desde las ventanillas enrejadas de las puertas.
“Pobres desgraciados”, pensó. Sin libertad y sin esperanza de lograrla.
La esperanza lo había mantenido vivo todos esos años.
La esperanza y la determinación de salir de allí a fuerza de cerebro.
Boscobel estaba ideada para someter tanto la mente como el espíritu, pero Francis había encontrado la manera de mantenerse lúcido y activo.
La esperanza había sido su salvación hasta ese momento.
Confiaba en que la única persona en quien creía lo llevaría a transitar ese día y los que siguieran.
Cuando llegaron a la zona de preparación, lo esperaban otros tres funcionarios.
La ropa roja de traslado colgaba de un perchero reforzado.
Fabricada en neopreno endurecido y acolchado, protegía tanto al preso trasladado como a los funcionarios que lo custodiaban.
Una vez que lo tuvo puesto, Francis casi no podía moverse.
Constaba de varias piezas, cada una asegurada con un mecanismo de cierre independiente.
Un manguito acolchado se ajustaba alrededor de los brazos y las piernas.
Alrededor del pecho, un chaleco apretado le dificultaba la respiración.
Y, por último, un casco rojo acolchado con una sola ranura horizontal a la altura de los ojos.
—Parece el muñeco de Michelin —comentó uno de los funcionarios y todos estallaron en risas.
Francis oyó el susurro de una puerta que se abría; los funcionarios enmudecieron al instante. No podía moverse y el casco limitaba su campo visual, así que lo único que podía hacer era esperar. Finalmente, apareció un rostro en el extremo derecho de su campo de visión. Era Andre Monroe.
El jefe de los funcionarios lo miró y sonrió.
—Hora de salir de viaje, grandullón. Me han puesto a cargo de tu traslado a Columbia. —Bajó la voz—: Pero no te preocupes. Les he contado a mis colegas de Portage lo bien que te portas con los funcionarios, sobre todo por las noches. Vas a causar sensación; mis amigos están deseando que llegues.
Francis no respondió. No pensaba darle ningún motivo que obstaculizara el traslado.
—Tengo a un pez gordo aquí que dice que necesita hablar contigo antes del traslado. Es de la oficina del gobernador o algo así. Hablas con él aquí y luego nos vamos.
Monroe giró la cabeza y silbó. Francis oyó de nuevo el sonido de la puerta al abrirse, seguido de unos pasos lentos y firmes; el rostro de Ethan Hall apareció del otro lado de la ranura del casco de traslado.
Por primera vez en varios días, Francis sonrió.