La marca del psicópata Verano de 2015
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Verano de 2015

Cherryview, Wisconsin El lago era un espejo.

Callie surcó la superficie en la lancha Malibu Crossover de sus padres bajo el resplandor color lavanda del horizonte; el último aliento de aquel largo día de verano.

Pasó por su casa, un breve desvío para coger una sudadera por si ella y Blake decidían dar una vuelta por el lago mientras hablaban.

No estaban ni su madre ni Damien, así que solo tuvo que quitarse de encima a su hermana.

Jaycee quiso saber adónde iba, ya que no pensaba regresar a la fiesta en la isla.

—A dar una vuelta por ahí —dijo Callie.

—¿Por ahí dónde?

—Por ahí.

El intercambio fue breve; Callie sabía que ser tan cortante con Jaycee podía volverse en su contra.

Si estaba de mal humor, llamaría a su madre para decirle que Callie andaba metida en algo raro.

Entonces su madre la acribillaría a llamadas.

Pero no tenía tiempo de darle explicaciones a su hermana.

Y una parte de ella ya ni temía que su madre supiera qué estaba haciendo o con quién iba a verse.

Condujo la lancha por el lago, sintiéndose libre y ligera.

El desdén de sus padres parecía ahogarse en la estela que dejaba a su paso.

De pronto no le importaba lo que dijera su madre cuando se enterara del embarazo o de su decisión de tener al bebé.

Ni lo que su nueva vida pudiera significar para la carrera política de su padre.

Ni la universidad, ni la carrera de Medicina, ni la beca, ni ganar el campeonato estatal por tercer año consecutivo.

Todo aquello quedaba atrás en la oscuridad, eclipsado por la alegría de un hijo y de la vida que tendría con Blake.

Divisó el muelle de North Point. El resplandor del horizonte bastaba para guiarla. Apagó el motor de la lancha; la estela chapoteó mientras metía la marcha atrás para frenar el impulso y maniobraba junto al embarcadero. Estaba vacío.

—¿Dónde estás? —susurró en la noche.

Subió al muelle largo, que brillaba a la luz de la luna.

El resplandor empañado se extendía sobre la superficie del lago Okoboji.

Las luces de la isla se veían en el centro del lago, y el eco de la música jugueteaba sobre el agua inmóvil.

Amarró la lancha, al tiempo que recorría el aparcamiento con la mirada.

No vio ningún automóvil. Echó a andar por el muelle, esperando encontrar a Blake en su coche.

Se llevó una mano al vientre y cerró los ojos, imaginando al niño que crecía en su interior.

Solo habían pasado dos días desde la visita a la clínica de Planned Parenthood, donde Cheryl, la enfermera, la convenció de reflexionar antes de tomar una decisión irreversible.

El plan era pensar uno o dos días, y volver si seguía decidida a abortar. Cheryl le había dicho que la ayudaría.

Pero desde el instante en que salió de la clínica supo que jamás podría hacerlo.

Entre ella y su hijo se había formado un vínculo extraño y mágico.

Algo que no entendía ni sabría explicar, pero que la había llevado hasta el muelle de North Point para encontrarse con la persona con la que quería empezar una nueva vida.

¿Estarían todos de acuerdo con su decisión?

Seguro que no. Pero la decisión era suya y solo suya.

No de su madre ni de su padre ni de ninguno de sus amigos.

Era su vida, y nadie volvería a decirle cómo vivirla.

Había pasado años escuchando los planes que otros trazaban para ella: empezando con el voleibol y cómo debía ocupar el tiempo que pasaba despierta —en el gimnasio o en la pista— y terminando con sus estudios y su futuro.

Pero ahora que dentro de ella se gestaba una vida, estaba lista para dejar todo aquello en el pasado.

Sus padres dirían que estaba tirando por la borda la oportunidad de su vida.

Pero en realidad, solo elegía otro camino: el de la maternidad.

Y se sentía increíblemente bien. El peso de los últimos años empezaba a desprenderse de sus hombros y por primera vez en mucho tiempo Callie Jones se ilusionó con el futuro.

Caminó hasta el extremo del muelle y bajó a tierra.

Las cigarras zumbaban en la noche. Un perro ladró a lo lejos.

Detrás de ella, crujió una ramita. Antes de que pudiera volverse sintió un golpe seco en la parte posterior del cráneo.

El impacto la sacudió, la dejó aturdida.

Aun así, logró girarse, los ojos muy abiertos, sin parpadear.

Llegó otro golpe, esta vez en la coronilla.

Un chorro tibio brotó del nacimiento del cabello y cayó por su mejilla.

Se llevó la mano a la cara. Cuando la apartó, vio sus dedos cubiertos de sangre espesa y roja.

Un tercer golpe cayó sobre ella, sumiendo su mundo en la oscuridad.