La marca del psicópata Capítulo 62
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Capítulo 62

Apagó el motor y las luces, y salió a la noche húmeda; el cielo estaba salpicado de estrellas y las cigarras zumbaban en la oscuridad.

Caminó hasta la valla blanca de madera que cercaba la finca y se extendía hasta donde llegaba la luz de la luna y, tras trepar por ella con rapidez, cruzó una gran pradera hasta encontrar un sendero paralelo al camino por el que él y Maddie habían circulado el lunes.

Anduvo casi un kilómetro hasta que aparecieron los establos; siguió hasta divisar a lo lejos la cabaña de Blake Cordis, de cuyas ventanas se derramaba una cálida luz amarilla.

—¿Está buscando que lo maten? —preguntó.

—Solo vine a hacerle unas preguntas más.

—No me diga. ¿A medianoche? Está invadiendo una propiedad privada.

—Llame a la policía —dijo Ethan.

Blake bajó del todo la escopeta, que quedó colgando de su mano derecha, con el cañón apuntando al suelo.

—Callie Jones compró un móvil de prepago para que pudieran comunicarse.

Blake inclinó la cabeza y sus hombros se aflojaron.

—Recibió un mensaje desde ese teléfono a las nueve de la noche el día en que desapareció.

Blake negó con la cabeza.

—No tuve nada que ver con la desaparición de Callie.

—Las pruebas que he reunido cuentan una historia muy distinta.

—No hay ninguna prueba de que yo le haya hecho nada.

—¿Será porque se deshizo de ellas?

—No, porque nunca hubo nada que encontrar.

—Callie estaba embarazada —dijo Ethan.

Blake no respondió; el zumbido de las cigarras sonó de pronto más fuerte que antes.

—Eras el padre.

Las cigarras siguieron cantando en el silencio.

—Decidió tener el bebé en lugar de abortar en Chicago.

Blake se pasó la mano izquierda por el pelo, sin soltar la escopeta.

—¿Cómo sabe todo eso?

—Me contrataron para investigar el caso de Callie. Es lo que he estado haciendo.

Blake respiró hondo y señaló la puerta de detrás de Ethan.

—Entremos.

Ethan asintió. Blake subió los escalones y abrió la puerta. Ethan lo siguió y sintió el alivio fresco del aire acondicionado al entrar en la cabaña. Tras apoyar la escopeta en la pared, Blake se dirigió a la cocina.

Ethan cogió el arma y abrió el cañón.

—Espero que no le importe.

Blake hizo un gesto con la mano.

—Adelante.

Ethan sacó los dos cartuchos y se los guardó en el bolsillo antes de devolver la escopeta al rincón.

—¿Una cerveza?

—Sí.

Blake sacó dos latas de Coors Light de la nevera y las dejó sobre la mesa. Luego se sentó y Ethan se acomodó frente a él. Abrieron las latas y bebieron un trago.

—Sí —admitió Blake—. Callie estaba embarazada. Y sí, yo era el padre.

—Fue a Chicago con la intención de abortar.

Blake dio otro sorbo y se quedó mirando la lata mientras la hacía girar sobre el círculo de condensación que había dejado en la mesa.

—Fue a la clínica, sí, pero no abortó. Le dije que quería que tuviéramos el bebé, pero que entendería si ella no estaba de acuerdo. Tenía demasiadas cosas con las que lidiar y le dije que la decisión era suya.

—¿Le contó algo de esto a Pete Kramer cuando investigaba el caso?

Blake negó con la cabeza.

—No. En ningún momento me lo preguntó y yo tampoco toqué el tema. Sabía que si salía a la luz mi relación con Callie me convertiría en el principal sospechoso. Y como no tuve nada, pero absolutamente nada que ver con su desaparición, no abrí la boca.

Ethan lo observó mientras bebía. Igual que durante su visita anterior con Maddie, llegó a la conclusión de que o era un actor extraordinario o decía algo bastante parecido a la verdad.

—Vamos a hacer una cosa —propuso—. Yo le digo lo que creo que pasó y usted me dice si acierto o me equivoco.

Blake asintió.

—Tenía una relación sexual con Callie Jones, una de sus jugadoras de voleibol.

Usted era mayor de edad, tenía veintiún años en julio de 2015, cerca de cumplir los veintidós en septiembre.

Callie tenía diecisiete. La dejó embarazada y el aborto era la única forma de mantener la relación en secreto.

Pero después de pensarlo, Callie decidió tener el bebé.

El sábado por la noche, 18 de julio de 2015, le escribió para contárselo.

Intercambiaron mensajes con el móvil Samsung de prepago y ella le dijo que quería tener el niño y empezar una vida juntos.

Sin salida posible, tomó cartas en el asunto: le dijo que se reuniera con usted en el muelle de North Point, donde la mató.

Blake sonrió y terminó su cerveza de un trago largo. Luego ladeó la cabeza.

—Frío, frío y… déjeme ver… sí, frío otra vez.

—Usted y Callie usaban una aplicación de cifrado para escribirse mensajes y luego borraban las conversaciones. Fue listo y cuidadoso, pero conseguí recuperarlos, Blake. Vi la conversación de la noche en que Callie desapareció.

—Puede que sí. Y eso seguramente explica muchas cosas. Pero no significa que yo la haya matado.

—Entonces explíqueme en qué me equivoco.

—Acierta en casi todo. Estaba enamorado de Callie Jones, sin duda.

Todavía la quiero. La convencí de que no abortara, no de que lo hiciera.

Quería empezar una vida con ella. Pero Callie tenía toda la vida por delante, la universidad, la carrera de Medicina, y cargaba con muchas responsabilidades.

Sus padres estaban más locos que una cabra.

Su padre, nuestro gran gobernador de Wisconsin, brilló por su ausencia durante sus años escolares, más interesado en su carrera que en ella.

Su madre era bipolar y vivía a través de ella, sentía como propios los logros de su hija.

Si no destacaba en todo (estudios, deportes, vida social), su madre caía en pozos depresivos.

Y Callie cargaba con todo eso. Así que le dije que lo entendería si no quería lo mismo que yo.

—Pero, Blake, las pruebas apuntan a lo contrario. Callie le escribió aquella noche. Le dijo que quería empezar una vida con usted. Le dijo que se encontrarían en el muelle. ¿Qué pasó después?

Blake negó con la cabeza.

—¿Lo ve? Ahí es donde se equivoca.

—Explíquemelo.

Blake tiró la lata vacía a la basura y sacó otra de la nevera.

—Perdí el móvil de prepago. El viernes por la noche, cuando Callie y yo nos escribimos, lo tenía.

Pero en algún momento del sábado, desapareció.

Quería contárselo, pero no podía arriesgarme a escribirle desde mi teléfono.

Sabía que iría a una fiesta con sus amigos en la isla el sábado por la noche y teníamos planes para vernos el domingo.

Pensé que si para entonces no lo encontraba, se lo diría y compraríamos otro.

Ethan entornó los ojos, intentando descifrar al hombre que tenía delante. Aunque había pasado una década, en sus años como investigador había interrogado a muchos asesinos de menores y ninguno fue tan convincente como Blake Cordis.

—¿No tenía el teléfono el sábado? ¿El día en que Callie desapareció?

—No, no lo tenía. Y si dice que alguien le escribió aquella noche para hacerla ir al muelle de North Point, le creo. Pero no fui yo.

Blake dio un sorbo a su bebida.

—Se lo juro por Dios. No fui yo.

Ethan saltó la valla y se dirigió al Jeep.

Subió y arranco el motor. Los faros iluminaban la gravilla del camino y los insectos que revoloteaban en la noche.

El canto de las cigarras se oía hasta dentro del vehículo.

Pero él no percibía nada. La mente le galopaba, y su instinto le decía que se equivocaba, que Blake Cordis no era el hombre que buscaba y que otro rompecabezas más siniestro se desplegaba ante él.

Sabía que el tiempo que necesitaba para desentrañar el misterio se había agotado.

Trasladarían a Francis Bernard por la mañana y él no estaba más cerca de encontrar a Callie Jones ni a Portia Vail que cuando empezó.

No tenía opción: tendría que ir a Boscobel y arrastrarse para conseguir respuestas.