Capítulo 59
Iban a reunirse otra vez en el hotel Edgewater, en la ciudad de Madison. Era viernes por la tarde. Ethan esperaba junto a Pete Kramer cuando se abrió la puerta de la suite y entró Mark Jones con un expediente en la mano.
—Caballeros —dijo—, sentémonos.
Los tres ocuparon sus asientos alrededor de la mesa.
—Ari Cutlass es el director de la prisión de Boscobel. Nos conocemos desde hace tiempo, así que le pedí un favor. Aceptó el traslado para el lunes, pero solo si alguien del servicio de psicología de la prisión lo autorizaba.
—¿Por si hay consecuencias? —preguntó Pete.
—Exacto. A Ari le preocupa que después de tantos años en aislamiento, Bernard pierda el control cuando lo mezclen con la población general de reclusos. Y si mata a alguien, no quiere cargar con la responsabilidad.
—¿Pudieron hacerle la evaluación psicológica? —preguntó Ethan.
—Ayer —respondió Mark Jones—. El muy cabrón no solo la superó, sino que lo hizo con nota.
—Entonces tenemos todo lo necesario para tramitar el traslado —dijo Pete.
El gobernador miró a Ethan.
—Casi.
Ethan asintió, sacó un sobre del bolsillo trasero y lo deslizó por la mesa.
—Mi carta —dijo—. Dirigida a la Junta de Libertad Condicional, al director de la prisión y al Centro Penitenciario de Wisconsin, en la que expreso mi deseo de que Francis Bernard sea trasladado de Boscobel al Centro Penitenciario Columbia para que disponga de mejores condiciones de vida y de más libertades tras treinta y dos años de rehabilitación.
Ethan tragó el ácido que le subía del estómago.
El gobernador cogió el sobre.
—Gracias —dijo—. Sé que escribir esta carta no ha sido fácil.
—En el fondo, ese desgraciado seguirá entre rejas —replicó Ethan—. Y si con esto conseguimos información sobre el asesino de su hija y el paradero de Portia Vail, habrá valido la pena.
No mencionó que, en lo más hondo, albergaba la esperanza de que Christian Malone lograra averiguar antes del lunes la identidad del cliente anónimo de Lindsay Larkin. Aún existía la posibilidad de impedir el traslado de Bernard.
El gobernador guardó la carta en el expediente, junto a la evaluación psicológica y la solicitud oficial de traslado emitida desde su despacho.
El expediente estaba completo y, en cuanto llegara a la prisión, se iniciaría el proceso acelerado para trasladar a Francis Bernard al Centro Penitenciario Columbia.
—¿Y después qué? —preguntó Pete.
Ethan ladeó la cabeza.
—Francis dijo que una vez que se formalice la orden y esté de camino a Columbia, me contará todo lo que sabe sobre el asesino de Callie y el paradero de Portia Vail.
—El muy hijo de puta va a esperar hasta el último momento —dijo Mark Jones—. Y según Ari Cutlass, hará que su abogado revise los documentos para asegurarse de que el traslado es real y no un anzuelo para sacarle información.
—Qué maravilla este sistema judicial nuestro —se quejó Pete—, en el que el hombre que asesinó a un policía puede ejercer tanto poder desde una celda.
Mark miró a Ethan.
—¿Han podido averiguar cómo Francis Bernard puede tener información sobre mi hija o sobre Portia Vail?
Ethan negó con la cabeza.
—De momento, nada. Pete ha estado vigilando a Eugenia Morgan.
—No hay gran cosa —añadió Pete—. Esta semana compró un arma, pero no se ha acercado al almacén al que Francis envió a Ethan. Si esa mujer le pasa información, no hemos logrado descubrir cómo lo hace. Y tampoco hemos encontrado nada que la vincule de forma significativa con Portia Vail.
Se hizo un silencio mientras los tres asimilaban el peso de la situación.
—¿Cómo sigue esta partida, caballeros? —preguntó Ethan.
—Tramitaré oficialmente el traslado —le respondió Mark Jones—. Te necesitaré en Boscobel el lunes por la mañana para hablar con Francis antes de que lo trasladen y obtener la información que está usando como cebo.
Ethan asintió. “Vamos, Christian. Haz tu magia”.