Capítulo 58
El largo día de verano estaba llegando a su fin cuando arribó al lago Morikawa. El horizonte relucía, teñido de morado. Sobre el lago colgaban nubes cuyas bases ardían en tono rojo sangre. No pudo evitar pensar que aquel espectáculo resultaba apropiado para lo que estaba a punto de suceder.
Rodeó la orilla norte del lago y tomó el camino que descendía por el lado este.
Encontró el acceso a la casa de Hugh y Ruth Winchester y entró con el coche por el camino.
Media hora antes, se había detenido en una zona de descanso para estirar las piernas y recuperar agilidad tras el largo trayecto.
Era un matrimonio de ancianos, pero aun así iba a tener que moverse con rapidez.
A esas alturas no pensaba dar nada por sentado. No podía permitirse errores.
Bajó del coche y comprobó que el cuchillo seguía en el bolso.
El vecino más cercano estaba lejos, pero no podía arriesgarse a usar la Sig Sauer por miedo a que se oyeran los disparos.
El cuchillo sería más sucio y exigiría más esfuerzo, aunque a la larga resultaría más seguro.
Caminó hasta la puerta principal y llamó.
Un momento después, Ruth Winchester abrió.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó la mujer.
—Sí. Me llamo Eugenia Morgan y estoy completamente perdida. Quiero llegar al pueblo, pero no me funciona el GPS y por más que lo intento, no logro salir de esta zona.
—Ay, sí —dijo Ruth con aire comprensivo—, es fácil desorientarse por aquí. Y la cobertura, la señal del móvil o del satélite, lo que sea que haga funcionar esos mapas, siempre falla en esta zona. Llamaré a mi esposo para que le explique cómo llegar al pueblo.
—Gracias. Y disculpe la molestia. Está oscureciendo y me di cuenta de que cuando cayera la noche, ya no tendría forma de llegar por mi cuenta.
—Espere un segundo. Voy a buscar a Hugh.
La mujer se retiró al interior y ella esperó en el porche.
Metió la mano en el bolso, sacó el cuchillo y lo sostuvo contra el muslo.
Al cabo de un minuto, apareció Hugh Winchester.
Era un anciano frágil, las décadas le habían encorvado la espalda y lo obligaban a caminar inclinado. Empujó la puerta mosquitera.
—¿En qué puedo ayu…?
No llegó a terminar la frase. Ella alzó el cuchillo y lo deslizó por el lado izquierdo del cuello.
La cantidad de sangre que brotó y se derramó sobre el hombro y el pecho del anciano le indicó que había seccionado la arteria carótida.
Hugh Winchester, con expresión de desconcierto, se llevó la mano al cuello, vio la sangre y se desplomó.
No perdió tiempo. Pasó por encima del cuerpo y entró en la casa. Encontró a la esposa junto al fregadero de la cocina. Se acercó por detrás y repitió el movimiento. Dos minutos después de su llegada, los Winchester se desangraban en el suelo: Hugh en el pasillo de la entrada, Ruth en la cocina.
El grifo seguía abierto. Enjuagó el cuchillo bajo el chorro y lo guardó en el bolso.
Luego bebió un vaso de agua y comenzó a limpiar.
Una hora más tarde, el pasillo que conducía al garaje estaba surcado de manchas de sangre y los cadáveres yacían apilados en el congelador industrial.
Se aseguró de que la puerta principal quedara bien cerrada y volvió al coche para emprender otro viaje largo. Esta vez, hacia la frontera con México.