La marca del psicópata Capítulo 56
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Capítulo 56

El jueves por la mañana, antes de salir de casa, se puso la peluca rubia.

Salió por la puerta trasera y cruzó la calle de detrás de la vivienda, pulsando el mando a distancia mientras avanzaba.

El Range Rover pitó cuando se desbloquearon las puertas.

Tras sentarse al volante, arrancó y dio una vuelta por el vecindario para asegurarse.

Al pasar de nuevo frente a la casa, no dio la menor señal de haber reparado en el coche policial sin identificación que estaba aparcado calle abajo.

Era otra vez el hombre mayor que cojeaba.

El nombre de Eugenia Morgan había aparecido en el registro de visitas de Francis y no cabía duda de que la DIC intentaba atar cabos.

Tenía que ser prudente. Quedaban solo unos días.

El martes había permitido que el agente encubierto que la vigilaba la siguiera hasta la armería y la tienda táctica de Milwaukee.

No había problema en que la viera comprar un arma y un chaleco de Kevlar.

De hecho, Francis quería que las autoridades conocieran esas compras.

Pero para los últimos detalles que le había encomendado, no podía permitir que la siguieran.

De ahí la peluca rubia y el segundo vehículo.

Buscaban a una mujer alta y delgada, de cabello negro, que conducía un Ford Focus.

El agente que la vigilaba no mostró el menor interés por la rubia que pasó frente a la casa de Eugenia Morgan en un Range Rover.

Encontró un banco cerca del agua, se sentó y fingió mirar el móvil mientras observaba si alguien la había seguido.

No vio a nadie. Por fin volvió al sendero y se dirigió a una pequeña biblioteca gratuita, un punto de intercambio de libros.

Parecía una casita para pájaros: una estructura triangular encaramada a un poste de roble que contenía libros gratuitos para quien quisiera llevarlos.

Se acercó, abrió la puertecilla y sacó del bolso una novela de bolsillo que colocó en el estante.

Con un movimiento rápido, extrajo el sobre que había escondido entre sus páginas y lo fijó al techo de la caseta con cinta adhesiva.

Inspeccionó la colección de libros y, tras vacilar un momento, escogió una novela de Danielle Steel.

Se aseguró de que el sobre quedara plano y bien sujeto.

Satisfecha, cerró la puertecilla y regresó al banco con la novela romántica. Leyó los tres primeros capítulos mientras vigilaba el parque. Cuando estuvo segura de que nadie la había seguido, volvió a cruzar el bosque hasta su coche.

Introdujo la dirección en el GPS y se preparó para las cinco horas y media de viaje hacia el norte, hasta el pueblo de Ashland, situado cerca del lago Superior, junto al límite estatal entre Wisconsin y Minnesota.

Allí, un poco más al este, encontraría el lago Morikawa.

Francis le había dicho que en aquel lago inmenso solo había ocho casas.

Una pertenecía a Hugh y Ruth Winchester, un matrimonio de ancianos.

Tenía previsto visitar a los Winchester más tarde aquella noche, aunque ellos no la esperaban. Era mejor para todos que llegara sin avisar.