La marca del psicópata Capítulo 55
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Capítulo 55

Eran casi las diez de la noche cuando Ethan se detuvo frente a la mansión a orillas del lago Okoboji. Pulsó el timbre, que sabía que hacía sonar un tono suave por toda la casa. Un instante después, Christian Malone abrió la puerta.

—Perdona que venga tan tarde, pero estoy en un aprieto y necesito ayuda.

—Sigo en horario de California. Las diez no es tarde. ¿Qué pasa?

—Ha surgido otra cosa en la que necesitaría que me echaras una mano.

—Pasa.

Ethan siguió a Christian hasta la cocina, donde se sentaron frente a la isla. Christian abrió dos cervezas y le pasó una.

—Gracias —dijo Ethan.

—Sigo intentando recuperar los mensajes de la tarjeta SIM de la chica.

Encontré los rastros, pero los mensajes en sí siguen distorsionados por un tipo de antiguo, de primera generación.

Parece que utilizaba una aplicación para cifrar mensajes cuando los enviaba al Samsung de prepago o recibía mensajes de él.

Luego los borraba. La aplicación tenía un sello de fecha y hora que eliminaba las conversaciones de forma permanente después de los siete días, así que es poco probable que pueda recuperar todos los mensajes.

Lo máximo que puedo hacer es intentar recuperar los últimos textos enviados antes de que se agotara la batería del teléfono, lo que habría detenido el temporizador.

Si logro romper el cifrado, debería recuperar unos cuantos días de mensajes.

—Te lo agradezco, Christian. Estoy buscando las conversaciones del sábado en que desapareció. Fue el 18 de julio de 2015.

—Solo lo conseguiré si la batería se agotó y no volvió a cargarse.

Si ocurrió, digamos, dentro de las veinticuatro horas posteriores a la desaparición, la aplicación de cifrado no habría podido borrar los últimos mensajes que envió.

Seguiré trabajando en ello. ¿Dices que también ha surgido otra cosa?

Ethan asintió.

—¿Has oído hablar de Clientes Anónimos?

Christian negó con la cabeza mientras daba un trago a su bebida.

—No.

—Es una plataforma de asesoramiento psicológico en línea con sede en Milwaukee que ofrece consultas y sesiones virtuales.

—O sea, ¿hablas con tu terapeuta por Zoom?

—Algo así.

—¿Quieres que hable con alguien por el estrés postraumático que tuve después de expulsar una piedra del riñón?

Ethan sonrió.

—Una de las funciones de la plataforma, que la ha hecho crecer exponencialmente, es que los pacientes pueden elegir hablar con su terapeuta en forma anónima. El concepto ha eliminado el estigma que impide a la mayoría ir al psicólogo.

—¿Y cómo se mantiene el anonimato?

—Con un filtro de cifrado que oculta el rostro y distorsiona la voz. Hablé con la fundadora de la empresa y me dijo que lo subcontratan todo: los pagos, los registros y demás. Así que si alguien quiere permanecer anónimo, ella dice que puede hacerlo.

—Es un concepto interesante. ¿Por qué me lo cuentas?

—Tiene que ver con el caso en el que estoy trabajando.

La fundadora de Clientes Anónimos era amiga de la infancia de la víctima.

Se llama Lindsay Larkin y ha estado colaborando en el caso de Callie Jones.

Hoy mismo se registró una persona nueva y entró en su portal para una sesión usando el filtro de cifrado.

—¿Y?

—Durante la sesión, esa persona confesó haber matado a Callie Jones.

Christian arqueó las cejas.

—Existen leyes bastante estrictas sobre la confidencialidad médico-paciente. Pero si un paciente confiesa un crimen, esas reglas se esfuman. Podría seguir los canales legales y conseguir una orden judicial. Y luego dejar que los técnicos de la DIC intentaran romper el cifrado.

—Pero…

—Pero a Lindsay Larkin le preocupa su empresa, que se enorgullece de proteger la privacidad de quienes se conectan en forma anónima. Si se supiera que la DIC hackeó su portal para identificar a ese cliente, su modelo empresarial se vendría abajo.

—¿Y? Dudo mucho que tu preocupación principal sea el modelo de negocio de una psicóloga.

—No, mi preocupación principal es que voy contrarreloj. Tengo una fecha límite el lunes y, francamente, no estoy seguro de que los muchachos de la DIC puedan hacerlo tan rápido. Pero pensé que si tú le echabas un vistazo, quizá podrías romper el cifrado antes y averiguar quién es ese cliente.

Christian sonrió y se apartó un mechón rubio de la frente.

—¿Cifrado, dices? Entonces, ¿qué quieres? ¿Que hackee el sistema en línea de su empresa?

—¿Es posible?

—¿Hackear el sistema de esa compañía? Claro que es posible.

—¿Entonces, lo harías? ¿Puedes hacerlo?

—Son dos preguntas distintas. ¿Puedo hacerlo? —Christian hizo una mueca sarcástica—. Por favor. Yo escribí el código de cifrado de CramCase y jamás nos han hackeado. Sé más de ciberseguridad que los frikis que se dedican a eso. ¡Claro que puedo! ¿Si lo haría? Bueno, depende.

—¿De qué?

—Tienes que prometerme formalmente que no me meteré en problemas.

Mira, no me importa hacerte el favor de buscar información en el teléfono de una chica muerta, pero me mudé a Cherryview para alejarme de los problemas, no para meterme en ellos.

Disfruto de mi anonimato. Aquí nadie me conoce salvo unos cuantos compañeros de pickleball , y lo que menos necesito es que una demanda judicial me saque del rincón oscuro en el que me gusta esconderme.

Y eso es lo que me espera si me pillan hackeando el portal en línea de una empresa.

—La presidenta y fundadora está de acuerdo en hacerlo.

—Lo quiero por escrito y también quiero algo firmado por los peces gordos de más arriba. No lo tomes como algo personal, Ethan. Solo te advierto lo que me dirán mis abogados.

Ethan asintió.

—¿O sea, que quieres protección real?

—Quiero algún tipo de inmunidad formal para que nada de lo que encuentre me salpique.

Ethan sacó el móvil , marcó y activó el altavoz.

—¿Sí? —dijo una voz al otro lado.

—Gobernador Jones, soy Ethan Hall. Creo que estoy cerca de resolver el caso de Callie, pero necesito un favor.