La marca del psicópata Capítulo 54
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Capítulo 54

—Necesito el nombre de ese cliente —dijo Ethan.

—No puedo dárselo.

—Conseguiré una orden judicial.

—Creo que no me entiende. No puedo darle el nombre del cliente porque no lo tengo. No lo sé ni sé nada de él. O de ella, porque podría ser mujer. Usó el filtro de cifrado de anonimato.

—Vamos, por favor. Todo esto es un montaje. Muy rentable, sin duda. Pero no me creo ni por un segundo que no pueda averiguar la identidad de esta persona. ¿Cómo pagó la sesión? A juzgar por el aspecto de estas oficinas, está claro que no regalan las sesiones.

—Todo en nuestra plataforma anónima está subcontratado, incluidos los pagos. No podría averiguar el nombre de esa persona ni aunque decidiera romper mi compromiso ético para intentarlo.

—En la DIC hay expertos en informática. Ellos lograrían ir más allá de ese cifrado.

—No lo creo. Creé esta empresa con algo así en mente.

Empecé la universidad estudiando Ingeniería Informática antes de cambiarme a Psicología.

Contraté a los mejores para diseñar los sistemas de anonimato del negocio, porque toda la compañía se basa en la promesa de que la privacidad y la seguridad que he implementado protegerán la identidad de los clientes.

Así que no, no creo que unos técnicos del Gobierno que cobran sesenta mil dólares al año logren romper mi cifrado, suponiendo que aceptara que lo intentasen.

—¿Me está diciendo que no lo permitiría?

—No, no voy a permitir que la DIC hackee mi sistema públicamente y exponga a mi cliente.

Mi negocio depende de la reputación de mi empresa como garante del anonimato.

La he levantado en muy pocos años. Su crecimiento exponencial se debe precisamente a que no cedo en mis principios éticos bajo ningún concepto.

—¿Ni siquiera para encontrar al asesino de Callie?

Lindsay inspiró hondo.

—Mire, si intento averiguar en secreto quién es este cliente, abriendo el telón de seguridad que yo misma he levantado, y se corre la voz de que lo hice, mi negocio se vendrá abajo. Nadie volvería a confiar en mi plataforma.

—Entonces, ¿por qué me enseña esto?

—Porque Callie era mi mejor amiga. Y alguien acaba de confesar que la mató.

Ethan rodeó el escritorio y se situó al otro lado.

—Entonces, si no va a permitirme hackear su cifrado, ¿cuál es su plan?

—Quiero seguir viendo al cliente o a la clienta. Creo que puedo conseguir que me diga quién es. Puede llevar tiempo, quizá necesite varias sesiones, pero acabaré consiguiéndolo.

—No lo dudo. Por todo lo que he leído sobre usted, es una psicóloga muy capaz. El problema es que no tenemos ese tiempo.

—¿Qué quiere decir?

—Ha habido novedades en la investigación y vamos contra reloj. Necesito saber quién es esa persona y no tengo tiempo para que le sonsaque la información a lo largo de varias sesiones.

—¿Qué ha descubierto?

Ethan estuvo a punto de hablarle de Portia Vail y de contarle que la vida de ella estaba en sus manos.

Estuvo a punto de hablarle de Francis Bernard y su traslado inminente, que Mark Jones estaba organizando a toda prisa para el lunes.

Un traslado que Ethan quizá podría detener si lograba averiguar la identidad de ese cliente anónimo.

—¿Tiene algo que ver con Callie? —preguntó Lindsay.

—Está relacionado con su caso, sí. Es todo lo que puedo decirle por ahora. Pero la cuestión es que no tenemos tiempo para que siga viendo a esa persona hasta descubrir quién es. Podría llevar varias sesiones y no podemos permitirlo. Tendrá que confiar en mí.

Lindsay se puso de pie y quedaron frente a frente, separados por el escritorio.

—De acuerdo —dijo—. Le daré lo que tengo y veremos si sus hombres logran romper el cifrado. Pero necesito que me dé su palabra de que lo harán con discreción.

—Seremos más que discretos. Seremos invisibles.

—¿Cómo piensa hacerlo?

—Conozco a alguien que puede ayudarnos.

—¿En la DIC?

—No. Es un amigo.