Capítulo 53
Ethan dejó a Maddie en su casa y llegó a la sede de Clientes Anónimos cerca de las ocho. Subió en el ascensor hasta la planta treinta. Cuando se abrieron las puertas, Lindsay Larkin estaba esperándolo.
—¡Gracias a Dios! —exclamó ella.
—¿Qué pasa?
—Sígame. Necesito mostrarle algo.
Ethan la siguió por los pasillos vacíos. Los empleados ya se habían marchado. Entró en su despacho y acercó una silla y la colocó detrás del escritorio, junto a la suya.
—Necesito que vea esto —dijo, señalando el monitor.
—¿De qué se trata?
—Siéntese.
Los dos se sentaron y Lindsay movió el ratón hasta que la pantalla se encendió.
—¿Qué es esto? —preguntó Ethan.
Parecía una videollamada pendiente.
—Grabo mis sesiones de terapia —explicó Lindsay—. Con todos mis pacientes. Así, quienes quieren revisar sus sesiones pueden hacerlo. También me permite perfeccionar el enfoque con ciertos pacientes.
—¿Graba las sesiones en línea? —repitió Ethan—. ¿Y es legal?
—Todos firman formularios de consentimiento. Así que sí, es legal. Acabo de terminar una sesión con una persona nueva esta noche y necesito que la vea.
Ethan se quedó mirándola.
—No —dijo ella antes de que él pudiera formular la pregunta—. No es legal. Podría perder la licencia por enseñárselo, pero no sé qué otra cosa hacer.
Ethan miró a Lindsay, luego a la pantalla, y de nuevo a ella.
—¿Qué pasa?
Ella hizo clic y la grabación comenzó a reproducirse. En la esquina superior derecha apareció la imagen de Lindsay esperando a que el cliente se conectara. Luego, la ventana grande del centro se iluminó y mostró la imagen borrosa de una persona con sudadera y capucha, imposible de reconocer.
—¿Qué estoy viendo?
Lindsay pausó el vídeo.
—Esta persona usó nuestro filtro de cifrado para ocultar su imagen y distorsionar la voz. Es lo que hacen quienes quieren permanecer anónimos.
Volvió a hacer clic y el vídeo continuó.
—Buenas tardes. Soy la doctora Larkin.
Ethan observó la pantalla mientras la persona anónima hablaba por primera vez. Su voz distorsionada con un filtro de inteligencia artificial parecía una grabación automática de atención al cliente.
—Necesito su ayuda.
—Por supuesto —dijo Lindsay—. Para eso estoy aquí.
—La conozco, Lindsay. Y usted me conoce a mí. Por eso he venido a pedirle ayuda.
Ethan seguía mirando. En la pantalla vio cómo Lindsay hacía una breve pausa y dirigía una mirada fugaz y cargada de desconcierto a la cámara.
—De acuerdo. ¿En qué puedo ayudarte?
—He hecho algo terrible.
Otra pausa.
—¿Te sientes bien contándomelo?
—Hice que una chica desapareciera.
Ethan seguía mirando la pantalla; volvió a percibir la vacilación en los ojos de Lindsay. La imagen del cliente anónimo, borrosa y distorsionada, no revelaba nada.
—Ella…, ¿la chica tiene nombre?
—Sí. Usted la conoce.
Esta vez el silencio se prolongó lo suficiente para que Ethan apartara los ojos del monitor y mirara a Lindsay.
Vio miedo en sus ojos. Ethan tragó saliva y volvió a fijarse en la pantalla.
Por fin, el cliente anónimo habló: —Se llama Callie Jones y necesito que me ayude a perdonarme por lo que le hice.