La marca del psicópata Capítulo 47
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Capítulo 47

La doctora Lindsay Larkin terminó las reuniones de la mañana, se saltó el almuerzo y cogió la taza de café que le llevó su asistente.

—¿Cómo tengo la tarde? —preguntó.

—Ajetreada —respondió Beth—. Tiene seis clientes programados entre las doce y las seis. Luego la reunión de la junta directiva hasta las siete. Y después el evento de recaudación de fondos en The Box.

—¿Es hoy?

—Sí. ¿Quiere que avise que no asistirá?

—No. Tengo que hacer acto de presencia.

Lindsay entró en su despacho y se sentó detrás del escritorio. Levantó la taza.

—Tráeme más café esta tarde. Estoy agotada.

—De acuerdo. Avíseme si necesita algo más.

Cuando Beth cerró la puerta, Lindsay encendió el ordenador y abrió el expediente de su primera sesión de la tarde.

Se desplazó por la pantalla y clicó en los menús cifrados hasta obtener acceso a la sala virtual, donde esperó a que llegara su clienta.

Al cabo de un rato, el enlace se activó y el rostro de esta apareció en la pantalla. Lindsay encendió el micrófono.

—Eugenia, me alegro de verte.

Lindsay observó cómo Eugenia Morgan sonreía a la cámara y supo de inmediato que algo no iba bien.

Eugenia era una paciente asignada que Lindsay atendía gratis para colaborar con el Departamento Penitenciario de Wisconsin.

La organización Clientes Anónimos tenía una larga trayectoria de trabajo con reclusos para mejorar su salud mental.

De vez en cuando, un caso como el de Eugenia llegaba a sus manos y Lindsay lo aceptaba.

Eugenia Morgan padecía hibristofilia, definida como un fenómeno psicológico por el cual una persona siente atracción sexual hacia un delincuente.

Años atrás, Eugenia había caído bajo el hechizo de un hombre condenado por secuestrar y violar a una adolescente.

Había iniciado una relación con él en prisión, escribiéndole cartas y visitándolo con frecuencia.

Incluso llegó a aceptar casarse con él. Cuando el convicto le envió una carta en la que le ordenaba secuestrar a una chica y compartir fotos con él, Eugenia logró liberarse del hechizo el tiempo suficiente como para acudir a las autoridades.

El hombre fue acusado de conspirar para cometer secuestro y trata sexual; tras un juicio fue declarado culpable y condenado a dos décadas adicionales de prisión.

A cambio de su colaboración, Eugenia recibió inmunidad, pero se le exigió completar ciento veinte horas de terapia supervisada por orden judicial para tratar su hibristofilia. Llevaba meses acudiendo a sesiones virtuales con Lindsay.

Mientras observaba a su paciente, Lindsay tuvo la sensación de que Eugenia había sufrido una recaída.

—¿Cómo has estado desde la última vez que hablamos, Eugenia?

—No lo sé. Bien, supongo.

—No lo dices con demasiada convicción. Cuéntame.

Eugenia respiró hondo y apartó la mirada de la cámara.

—No quiero meterme en líos.

—Eugenia, todo lo que hablemos en una sesión está protegido por el secreto profesional. Nada de lo que me digas te causará problemas.

—Ya, pero el juez que me obliga a tener estas sesiones con usted… ¿no se enterará de lo que hablamos?

—De ninguna manera. No tengo contacto con el juez más allá de rellenar los formularios que certifican que estás cumpliendo con la terapia obligatoria.

—¿No habla nunca con él?

—No, nunca. Y aunque se pusiera en contacto conmigo, tampoco hablaría. Por ley no puedo revelar nada de lo que tratamos en nuestras sesiones.

Siguió un largo silencio. Lindsay se cuidó de no interrumpirlo. Era importante permitir que Eugenia iniciara la conversación.

—Fui a verlo.

Lindsay asintió despacio.

—¿A Francis Bernard?

Eugenia asintió.

—Sí. Fui a visitarlo.

—¿Cuándo?

—Hace unas semanas. Justo después del Cuatro de Julio.

Lindsay se cuidó de no reaccionar. Asintió y mantuvo un tono de voz sereno.

—Las recaídas ocurren. No hay que avergonzarse por ello. En cuanto te conectaste, me di cuenta de que algo te preocupaba. —Hizo una pausa—. ¿Cómo te sentiste al verlo?

Se produjo otra pausa prolongada.

—No habría ido si no me produjera emoción.

—Sentir emoción al visitar a Francis Bernard es una cosa —dijo Lindsay—. Visitar a un recluso no es un delito, Eugenia. Lo que te metió en problemas la última vez fue hasta dónde dejaste llegar esa relación. Estuviste a punto de convertirte en cómplice de un crimen.

Eugenia asintió.

—Lo sé. Pero no lo hice. Fui a la policía.

—¿Qué ocurrió cuando visitaste a Francis?

—Solo hablamos. Ya sabe, no se puede establecer contacto físico ni nada allí. Está detrás de un cristal todo el tiempo.

—¿Te pidió algún favor? ¿Te pidió que hicieras algo que pudiera ponerte en riesgo de infringir la ley?

Un silencio largo, más largo que los anteriores.

—No.

Lindsay supo que mentía.