La marca del psicópata Capítulo 45
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Capítulo 45

La reunión se llevó a cabo al día siguiente en el hotel Edgewater de Madison.

Era la segunda vez que se daban cita allí.

Ethan y Pete llegaron primero y pasaron por un control de seguridad antes de entrar en la suite.

Desde el sábado por la tarde, cuando ambos habían ido a la isla Crest con Lindsay Larkin, habían ocurrido demasiadas cosas.

Y ahora el reloj corría. Pete se acercó a la ventana y miró hacia el lago Mendota.

—Ya están aquí —anunció.

Ethan se acercó y miró hacia la entrada circular, donde se detuvieron tres todoterrenos negros.

Vio salir a los miembros de la Unidad de Protección de Dignatarios de Wisconsin del primero y del tercero, para despejar el acceso hasta la puerta principal.

Por último, el gobernador Jones descendió del vehículo central y entró en el hotel.

Unos minutos después, Pete abrió la puerta de la suite y el gobernador pasó al interior, mientras uno de los agentes de seguridad esperaba en el pasillo.

—Gobernador —saludó Pete, estrechándole la mano.

—Señor Jones —dijo Ethan, e hizo lo mismo.

—¿Qué han averiguado? —quiso saber Mark Jones; había urgencia en su voz. Incluso diez años después de la desaparición de su hija, parecía desesperado por obtener respuestas.

—No sé si hemos averiguado gran cosa, pero sí tengo algunas novedades —respondió Ethan; señaló la mesa de reuniones y los tres se sentaron.

—Voy a ir directo al grano —continuó—, porque el tiempo apremia a partir de unos acontecimientos recientes.

Mark Jones asintió.

—Como sabrá, mi padre era detective del Departamento de Policía de Milwaukee.

—Conozco su historia.

—Murió en cumplimiento de sus funciones en 1993. El hombre que lo mató de un disparo se llama Francis Bernard.

El gobernador asintió.

—Bernard está actualmente en la prisión de máxima seguridad de Boscobel.

—Así es. Lleva allí treinta y dos años, y hace poco tuvo revisión de libertad condicional, que le fue denegada. Fui a verlo después. Digamos que en estos años hemos mantenido una relación con muchos chispazos.

—Es comprensible. —Mark Jones frunció los labios—. Pero con todo respeto, Ethan, ¿qué tiene que ver Francis Bernard con el caso de mi hija?

—Es lo que estoy tratando de averiguar. Fui a verlo después de la audiencia por la libertad condicional. Estaba al tanto de que me habían asignado para reabrir el caso de Callie.

—¿Cómo demonios alguien que está en aislamiento puede saber que hemos reabierto la investigación de mi hija?

—Buena pregunta —respondió Ethan—. Sospecho que la información, que apareció en la prensa local, se la filtró un funcionario. Es la hipótesis más lógica.

—De acuerdo. Pero ¿por qué es importante?

—Bernard me dijo que tenía información sobre el caso de su hija.

El gobernador entornó los ojos, apoyó los codos en la mesa y entrelazó lentamente los dedos.

—¿Qué clase de información?

—Me indicó que fuera a un almacén abandonado en el valle del río Menomonee.

Allí, pegado en lo alto de una pared, había un sobre que contenía un teléfono móvil antiguo, de esos que se vendían en los noventa.

Pete y yo le hicimos un análisis forense y descubrimos que era el móvil prepago que figuraba en el registro de llamadas realizadas desde el teléfono de Callie.

El gobernador se puso de pie y empezó a caminar por la habitación.

—Explícame cómo un hombre que en cualquier otro estado que no fuera Wisconsin estaría esperando la pena de muerte sabe dónde está el móvil prepago al que mi hija llamaba antes de desaparecer.

Un teléfono que todo el mundo cree que pertenecía a su secuestrador, pero que nadie pudo encontrar durante la investigación original.

—Estoy trabajando en eso, señor. Francis Bernard ya estaba en prisión en 2015, cuando Callie desapareció, así que sabemos que no participó directamente en su secuestro. La información sobre ese teléfono tuvo que venir de fuera.

—¿Cómo? ¿De quién?

—Hay varias posibilidades —dijo Ethan—. La primera son los funcionarios de la prisión.

Son su única fuente real de información y es posible que alguno sepa algo sobre el caso de su hija.

Puede que uno o más le estén pasando datos.

Seguir esa pista exigiría crear un grupo de trabajo para investigar a cada funcionario, a sus familiares y conocidos, para ver si encontramos algún vínculo con su hija.

La segunda posibilidad que barajamos es que un antiguo compañero de celda le proporcionara información, pero hasta donde sabemos, Francis no ha tenido compañero en los últimos diez años, desde que Callie desapareció.

Y su contacto con otros presos ha sido extremadamente limitado.

Ha estado en régimen de aislamiento, salvo en contadas ocasiones.

—O sea que no tienen ni idea —dijo el gobernador.

—Sí, tenemos una idea —intervino Pete—. De hecho, creemos haberlo resuelto. —Hizo un gesto con la cabeza en dirección a Ethan.

—Creemos que la información que posee Francis Bernard procede de alguien que lo ha visitado recientemente.

Pete hizo unas gestiones a través de la DIC y consiguió el registro de visitantes de los últimos años.

La lista es corta. Me incluye a mí y a una mujer llamada Eugenia Morgan. Pete se está encargando de vigilarla.

—¿Quién es?

—Aún no sabemos gran cosa, salvo que vive en Nekoosa. Estamos intentando averiguar quién es y qué relación tiene con Bernard.

—¿Dónde está ahora el teléfono? —preguntó Mark.

—En manos del equipo forense de la DIC, que lo está analizando. En cuanto tengamos resultados, se lo comunicaré.

Ethan evitó mencionar que había puesto a Christian Malone a trabajar en la recuperación de los mensajes borrados del teléfono de Callie. Sabía que Christian se había mudado a Cherryview para alejarse del estrés y de la vida de tensión: mencionarlo ante el gobernador no era prudente.

—Quiero ver a ese hijo de puta —dijo Mark Jones—. Quiero ver a Francis Bernard.

—No es una buena idea —respondió Ethan.

—Ese cabrón está agitando información sobre mi hija delante de nuestras narices como si fuera una zanahoria. Quiero hablar con él.

—Mark, escuche a Ethan.

El gobernador miró a Pete un instante, luego volvió la vista hacia Ethan y asintió.

—Francis ha conseguido situarse en una posición de poder —explicó Ethan—.

Además del teléfono, me condujo hasta una foto de una mujer llamada Portia Vail.

Desapareció de Milwaukee hace aproximadamente un mes.

Bernard sabe que si sus exigencias están ligadas a otra chica desaparecida recientemente, tendremos que actuar deprisa.

—¿Para qué? —quiso saber Mark.

—Para cumplir su exigencia de que lo trasladen al Centro Penitenciario Columbia, donde la seguridad es más laxa y ya no estará en aislamiento.

El gobernador seguía paseándose por la habitación.

—Bernard también promete otra cosa —continuó Ethan, haciendo una pausa antes de lo que tenía que decir—: revelar dónde está el cuerpo de su hija a cambio del traslado. Y según él, junto a sus restos hay pistas sobre quién la mató.

El gobernador se pasó las manos por el pelo. Ethan comprendió que incluso una década después, Mark Jones había albergado la esperanza de que su hija apareciera con vida.

—Lamento ser tan directo, señor. Pero Francis Bernard sabe que usted tiene autoridad como para hacer posible el traslado, y le da una semana para lograrlo. Quiere que lo trasladen el próximo lunes.

—¿Y si no accedo?

—Portia Vail morirá.