Capítulo 44
Por cuarta vez en dos semanas, Ethan se sentó en el locutorio de visitas del centro penitenciario de máxima seguridad de Wisconsin.
No habían pasado ni veinticuatro horas desde la última vez que se encontró cara a cara con el asesino de su padre.
Ocupaba una ventanilla central en una larga fila de cabinas separadas por tabiques de madera atornillados al muro de bloques de hormigón.
Francis estaba tardando más de lo habitual en aparecer.
Ethan temía que rechazara su solicitud de visita justo cuando más necesitaba hablar con él.
Por fin, la luz de la pared empezó a parpadear.
Un instante después zumbó la cerradura y la puerta se abrió.
El asesino de su padre avanzó arrastrando los pies hasta la cabina y se sentó frente a él.
Pero en los últimos días Francis Bernard había pasado a ser algo más que el hombre que había matado a su padre.
En un giro desconcertante, se había convertido en una fuente de información de la que Ethan dependía. Y parecía saberlo.
Ambos levantaron los auriculares.
—Vas a decirme dónde tienen retenida a Portia Vail —dijo Ethan—. Y después, cuando nos aseguremos de que está a salvo, me contarás todo lo que sabes sobre Callie Jones.
—Por supuesto —respondió Francis, como si se sintiera ofendido—. ¿Qué crees que soy, un animal?
—Habla.
—¿Hablar? —Sonrió—. Mi información no es gratis.
Ethan se inclinó hacia el cristal.
—O me dices dónde tienen a esa chica o tu miserable vida en este sitio se volverá mucho, muchísimo peor.
—Vamos, Ethan, establezcamos un par de reglas básicas antes de empezar la negociación.
Primera: deja de hacer amenazas vacías. No tienes ni idea de cómo es mi vida aquí dentro y por eso crees que puedes empeorarla; qué ingenuo.
No puedes, y por eso estoy en una posición de poder.
Ya me han quitado todo lo que legalmente podían quitarme y alguna cosa más cuando han tenido ocasión.
Las pequeñas concesiones que se me permiten existen solo porque la ACLU ha obligado a la prisión a concederlas, y el director no tiene más remedio que aceptarlas si no quiere perder financiación.
Así que he tocado fondo, como se suele decir, y no hay manera de que puedas hacer que esto empeore.
—Francis —dijo Ethan, con el mismo tono sereno de su interlocutor—. Dime dónde tienen a Portia Vail.
—Segunda regla —continuó Francis—. Llamo a esto una negociación solo porque voy a darte algo a cambio de que tú me des algo.
Pero no es una negociación en el sentido de que vayamos a regatear de un lado y del otro.
Te diré dónde está Portia Vail. Te diré dónde encontrar el cuerpo de Callie Jones. A cambio, tú me darás lo que quiero.
Ethan guardó silencio unos instantes y sopesó sus opciones.
Podía colgar el teléfono, salir de la prisión y desvivirse por descubrir la conexión entre Francis Bernard y Portia Vail.
Con suerte y dedicación, quizá la encontrara con vida.
Pero la verdad era que Francis lo había acorralado, y ambos lo sabían.
La sonrisa de Francis se ensanchó.
—Ya lo has entendido, ¿verdad, Ethan? Has comprendido que, desde el encierro de mi celda aislada, te he tendido una trampa.
Acabas de darte cuenta de que no tienes más remedio que aceptar mis condiciones.
Callie Jones lleva mucho tiempo muerta. Los gusanos se están dando un festín con sus huesos.
Sabía que no sentirías urgencia alguna por satisfacer mis exigencias solo por lo que pudiera contarte sobre ella.
Pero Portia Vail es otra historia. Ella sigue viva.
El tiempo que continúe así depende de ti, Ethan.
—¿Qué quieres?
La respuesta de Francis llegó sin vacilar.
—Que me trasladen de este sitio inhumano al Centro Penitenciario Columbia, en la ciudad de Portage, en el estado de Wisconsin. Si esa prisión fue lo suficientemente buena para el asesino en serie Jeffrey Dahmer, desde luego lo es para Francis Bernard.
—¿Quieres que te trasladen?
—Sí.
—¿Y cómo crees que podría conseguirlo?
—Quiero formar parte de la población general de reclusos, Ethan.
Quiero una celda con barrotes, no la habitación sin ventanas que ha sido mi hogar durante tantos años.
Quiero comer en un comedor con otros seres humanos, no dentro de mi celda.
Quiero tomar aire en el patio de la prisión y volver a ver el sol.
Quiero acceso a libros y revistas. Ninguna de estas exigencias es negociable y tienes exactamente una semana para cumplirlas.
—Te lo pregunto de nuevo, Francis: ¿cómo crees que podría hacer lo que me pides? ¿Y en ese plazo?
—Porque tienes acceso al gobernador y le interesará saber dónde están los restos de su hija.
Allí hay pruebas que revelarán quién la mató.
Y estoy seguro de que el gobernador no querrá la sangre de Portia Vail en sus manos.
Tiene la autoridad para conseguir mi traslado de inmediato.
Hoy es lunes. Quiero salir de esta ratonera infernal dentro de una semana, el próximo lunes.
Si no estoy de camino a Columbia ese día, la chica morirá.
No me pongas a prueba. El tiempo que creías tener para averiguar qué le ocurrió a Callie Jones se ha terminado.
La vida de la pobre Portia Vail está ahora en tus manos.
—Francis bajó la voz—. No hay tiempo para pensar, Ethan. Solo hay tiempo para actuar.
Francis colgó el auricular y se levantó. Un funcionario apareció a su lado un instante después y lo llevó de vuelta a su celda de aislamiento con puerta ciega, de la que Ethan sabía que lo liberarían.