La marca del psicópata Capítulo 37
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Capítulo 37

Ethan pasó por el control de seguridad y se quedó mirando a través del vidrio el asiento vacío frente a él.

Hizo un esfuerzo por disimular la frustración que le producía verse en la situación de necesitar información del asesino de su padre.

Sonó un pitido estridente. La luz sobre la puerta parpadeó, seguida de un zumbido prolongado cuando se liberó la cerradura.

La puerta se abrió y Francis Bernard entró en la sala de visitas arrastrando los pies, con las manos esposadas delante del cuerpo y los tobillos encadenados.

Sus ojos azul hielo parecían fuera de lugar en contraste con su palidez espectral.

Ethan levantó el auricular y se lo llevó al oído. Francis se sentó e hizo lo mismo.

—Necesitas un poco de sol, Francis. Se te ve cadavérico.

—Es porque me dejan encerrado durante días enteros, a pesar de que la ley estatal establece que los reclusos deben pasar dos horas al día fuera de la celda.

Ethan frunció el ceño, desconcertado.

—No esperarás que me conmueva, ¿verdad?

—No. Solo estoy preparando el terreno.

—¿Para qué?

—¿Encontraste mi paquete?

—Sí, y quiero saber cómo sabías que el teléfono estaba allí.

—Entonces supongo que el agente especial Cien por Cien ya ha investigado ese móvil.

Ethan asintió.

—Así que sabes que es el de prepago que tus amigos de la DIC no lograron localizar en 2015 durante la investigación original. Y sabes también que Callie Jones llamó muchas veces a su dueño.

Ethan había hecho cálculos y considerado todas las posibilidades. Francis llevaba treinta y dos años encarcelado, desde 1993. Callie Jones había desaparecido en 2015. Era absolutamente imposible que Bernard hubiera participado directamente en su secuestro.

—Francis, ¿cómo sabes cosas sobre Callie Jones?

—De eso ya hemos hablado.

—¿Cómo sabías dónde estaba ese teléfono?

—Ay, Ethan —dijo él, curvando los labios en una sonrisa—, sé mucho más que dónde estaba el teléfono al que llamaba la chica. Sé quién era el dueño y dónde está ella hoy.

Ethan se obligó a mantener la calma.

—¿Cómo? Llevabas más de veinte años en la cárcel cuando Callie desapareció.

—Cómo sé lo que sé es irrelevante. Lo importante es lo que sé. Y sobre todo, lo que quiero a cambio de esa información.

Ahora fue Ethan quien sonrió.

—No serás tan ingenuo como para pensar que voy a negociar contigo, ¿verdad?

Se inclinó hacia el cristal lo bastante como para ver los pliegues de los iris traslúcidos de Francis.

Daba por hecho que intentaría utilizar cualquier cosa que supiera sobre la desaparición de Callie como moneda de cambio para obtener algún favor.

Pero en poco tiempo Ethan había descubierto suficiente información nueva sobre el caso como para sentirse seguro de que, con más tiempo y perseverancia, terminaría de encajar las piezas por su cuenta: quién era el padre del bebé y si esa persona tenía algo que ver con la desaparición de Callie.

Francis había jugado demasiado pronto sus cartas, y podía meterse en el trasero cualquier petición que estuviera a punto de formular.

—Puedes guardarte toda la información que hayas conseguido vaya uno a saber con qué métodos humillantes, Francis. No voy a darte nada, salvo la promesa de toda una vida en tu pequeña y solitaria celda.

—Vuelve al almacén número nueve, Ethan.

Francis le sostuvo la mirada sin parpadear.

—En lo alto de las vigas hay un baúl —dijo con vehemencia—. Ve a buscarlo, agente especial Hall, y mira qué te espera. Luego vuelve y dime si puedes cumplir la promesa que acabas de hacer.

Francis colgó el auricular y se levantó de la silla sin apartar los ojos de Ethan hasta que el funcionario lo sujetó del brazo y se lo llevó.