Capítulo 36
Regresaron a la lancha patrullera y se alejaron de la isla. Ethan seguía escribiendo en su libreta, reconstruyendo la cronología de la última noche de Callie.
—¿Dijiste que eran las nueve cuando Callie se marchó? —preguntó por encima del zumbido de los motores.
—Sí. Me acuerdo de la hora porque hizo una broma sobre la letra de la canción Piano Man cuando le comenté que se marchaba a las nueve en punto de un sábado.
—“Son las nueve de la noche de un sábado, la muchedumbre habitual entra al bar…” —dijo Pete.
—Sí. —Lindsay asintió —. Algo así.
—Y la hermana menor de Callie dijo que pasó por la casa cerca de las nueve y cuarto —añadió Pete—. Recogió una sudadera y volvió a salir en la lancha.
Ethan había leído en el expediente que Jaycee Jones había encubierto a su hermana unas cuantas veces aquel verano, cuando se escapaba de la casa de noche. Jaycee no sabía con quién se veía Callie; solo que su hermana le había pedido que la cubriera si su madre preguntaba dónde estaba.
—Ahí está —dijo Lindsay, señalando a la derecha—. Esa era la casa de Callie.
El agente de policía giró la embarcación y puso rumbo a la orilla. Cortó los motores al acercarse al embarcadero. Ethan miró su reloj.
—Todo encaja si salió de la isla a las nueve: hemos tardado quince minutos en llegar. Su hermana dijo que solo pasó a buscar una sudadera y volvió a salir enseguida. ¿Cinco minutos, digamos?
Lindsay y Pete estuvieron de acuerdo, y Ethan anotó algo en su libreta. Luego se dirigió al piloto.
—Llévanos nuevamente al muelle de North Point, por favor.
La proa de la Defiant se alzó cuando los motores aceleraron. Tardaron seis minutos en regresar al embarcadero.
—La lancha de Callie apareció amarrada al muelle el domingo por la mañana —dijo Pete.
—Si salió de su casa a las nueve y veinte y vino directo hasta aquí, la podemos situar en este punto antes de las nueve y media. ¿Dónde encontraron el móvil y los restos de sangre?
Bajaron de la lancha y caminaron hasta el extremo del embarcadero, donde terminaba el sendero que conducía al aparcamiento.
—Aquí mismo —dijo Pete—. El móvil estaba en el suelo y las manchas de sangre estaban más o menos por aquí. —Señaló la grava.
Ethan recordó las fotos de la escena del crimen que estaban en el expediente.
—Así que Callie estaba en la isla a las nueve, preparándose para jugar un partido de vóley-playa, cuando recibió un mensaje. Le dice a su mejor amiga que es de su madre. Pero sabemos que en realidad provenía de un Samsung de prepago.
Ethan miró alrededor del muelle.
—Hace una breve parada en su casa y luego vuelve a salir en la lancha. La siguiente vez que alguien la ve es el domingo por la mañana cuando un pescador no puede botar su lancha porque la de Callie bloquea la rampa.
—Correcto —dijo Pete—. La policía apareció para remolcarla.
Comprobaron la matrícula y llamaron a los Jones.
Es entonces cuando la madre de Callie alega haberse dado cuenta de que Callie no había vuelto a casa la noche anterior.
Y eso nos deja con una gran pregunta —añadió—.
La que llevo diez años intentando responder.
Ethan ladeó la cabeza.
—¿Quién le envió el mensaje cuando estaba en la isla?
—Exacto —dijo Pete.
Ethan aún no le había contado que había descubierto que Callie Jones estaba embarazada cuando desapareció.
Ni tampoco que, solo un día antes, había decidido seguir adelante con el embarazo en lugar de abortar.
Tenía la firme sospecha de que el mensaje que Callie había recibido procedía del padre del bebé.
Miró hacia el lago. La mansión de Christian Malone casi no se distinguía a lo lejos. Esperaba que estuviera avanzando en la recuperación de los mensajes.