Verano de 2015
Callie estaba en el borde de la pista de vóley-playa, intentando seguir el partido.
Los clientes del restaurante aplaudieron cuando uno de los jugadores remató el balón contra la arena y se llevó el punto.
Callie sabía que no celebraban tanto el punto en sí como el hecho de que se acercaba el final del partido.
Y en cuanto terminara, Lindsay y ella entrarían a la pista para enfrentarse a dos jugadores de fútbol americano que no paraban de provocarlas.
Callie y Lindsay estaban invictas en los partidos en la isla, y todos los jugadores querían acabar con su racha.
Cada vez había más espectadores, pero Callie tenía la mente en otro lado.
Había ido a la isla solo para complacer a sus amigos, que la habían atosigado sin piedad cuando dijo que no tenía ganas de salir el sábado por la noche.
En realidad, deseaba estar en otro sitio.
Miró el teléfono y esperó la respuesta de Blake.
Llevaba intentando contactar con él desde el entrenamiento de la mañana, pero no había respondido ni a sus mensajes ni a sus llamadas en todo el día. Por fin, el móvil vibró con un mensaje.
¿Qué pasa?
Callie tecleó deprisa.
Necesito verte.
¿Dónde estás?
En la isla.
¿Todo bien?
Necesito hablar contigo del bebé.
Hubo una pausa sin respuesta. Callie sentía una urgencia creciente por decírselo. Prefería llamarlo en vez de escribir, pero en la isla había demasiado ruido y temía que alguien la oyera. Miró alrededor para asegurarse de que nadie estuviera prestándole atención.
Lo voy a tener.
La respuesta esta vez fue instantánea.
¿No seguiste adelante?
No. Quiero tener este bebé CONTIGO. Quiero empezar una vida juntos. Necesito verte esta noche.
¿Tienes la lancha de tus padres?
Sí.
Nos vemos en el muelle North Point. Estaré esperándote en el embarcadero.
Te quiero, Blake.
Yo también te quiero.
Callie se quedó mirando el teléfono unos segundos.
Su vida estaba a punto de cambiar; sentía cómo el peso del último año se desprendía de sus hombros.
Estaba preparada para todo lo que vendría.
Respiró hondo y se secó una lágrima mientras una sonrisa se le dibujaba en el rostro.
Deslizó el dedo sobre la conversación para borrarla del teléfono.
La aplicación de mensajería cifrada que usaban prometía que las conversaciones desaparecerían para siempre.
La idea había sido de Blake. Siempre le insistía con que no dejara rastros en el móvil.
Se apartó de las pistas de arena, dispuesta a correr hacia la lancha.
—¿Quién era?
Callie levantó la vista del teléfono. Lindsay estaba detrás de ella.
—Ah…, mi madre —dijo Callie—. Quiere que vuelva a casa.
Lindsay entornó los ojos e hizo una mueca de disgusto.
—Son las nueve de la noche de un sábado.
—Así comienza la canción Piano Man —rio Callie, tratando de desviar la atención de Lindsay—. “Son las nueve de la noche de un sábado, la muchedumbre habitual entra al bar…” ¿La cantamos? —Arrugó la nariz—. ¿No?
—Nos toca jugar ahora.
—No puedo, Linds. Mi madre me está volviendo loca.
—¿Por qué es tan aguafiestas?
—Nada de lo que hace mi madre tiene sentido alguno. —Negó con la cabeza—. Seguro está montando un drama por algo. Me voy en la lancha a casa. Vuelvo en una hora. Y entonces jugaremos contra esos chicos y les daremos una paliza.
—¿Seguro que estás bien?
Callie sintió que le caía otra lágrima por la mejilla. Se la secó de inmediato.
—Sí, todo bien. Nos vemos luego.
Y se alejó deprisa hacia su lancha.