Capítulo 35
—No soy ningún inválido, joder —gruñó Pete.
Ethan no protestó ni mencionó que Pete era, de hecho, la viva imagen de un inválido.
Se limitó a hacerse a un lado mientras Pete arrojaba al interior el bastón que había empezado a usar hacía poco, y descendía a la cabina sin ayuda, dejándose caer bruscamente y sin elegancia en el asiento.
Un agente de la policía de Madison puso en marcha el motor y se alejaron del muelle de North Point.
La humedad era densa, y la temperatura de la tarde rozaba los treinta y ocho grados.
Ethan vestía pantalón de tela y camisa de manga corta.
Lindsay llevaba una blusa de seda y vaqueros.
Pete, por suerte, se había quitado la chaqueta de deporte al sentarse.
Cuando la lancha aceleró, la brisa les brindó alivio.
—¿Tú estabas allí? —preguntó Ethan a Lindsay—. ¿Aquella noche en la isla?
—Sí, éramos muchos. Nuestros amigos y casi todo el equipo de voleibol.
—¿Y viste a Callie?
Lindsay asintió.
—Sí, claro. Fuimos hasta la isla en la lancha de sus padres. Estuve con ella toda la noche, hasta que se fue.
La lancha viró a la izquierda mientras surcaba el lago Okoboji.
Una fina bruma de gotas se levantó en la proa y salpicó el rostro de Ethan, aliviando el calor.
Navegaron unos quince minutos hasta que los motores redujeron la marcha y apareció la isla.
Era un pequeño montículo de tierra, de solo unos cientos de metros de ancho, que asomaba sobre la superficie del lago.
Un largo muelle, ya muy deteriorado, se extendía desde la orilla como un dedo artrítico.
El piloto acercó la lancha y Ethan amarró la proa.
—En aquella época —explicó Pete—, esto era un restaurante y bar muy concurrido. El único del lago.
Ethan miró hacia el lago. En todas las direcciones, la orilla estaba salpicada de casas. Un camino de acceso sin pavimentar serpenteaba desde tierra firme hacia el otro extremo de la pequeña isla.
—¿Y Callie vivía sobre el lago?
—Sí —respondió Lindsay—. Tenía una casa enorme en la bahía Harmony. —Señaló hacia donde había estado la residencia de Callie.
Ethan recordó que en la bahía Harmony también estaba la mansión de Christian Malone.
Se preguntó si habría logrado algo con la recuperación de los mensajes borrados de la tarjeta SIM de Callie.
Francis Bernard y la visita a la prisión que tenía programada el domingo por la mañana también se colaron en sus pensamientos, pero los apartó con un parpadeo.
Se recordó su viejo lema de cuando era investigador: “Una cosa cada vez, Ethan”.
Bajaron de la lancha y se dirigieron a un edificio abandonado que estaba a pocos metros del muelle.
—Uno diría que este sitio sería una mina de oro —comentó Ethan—. El único restaurante en un lago lleno de casas.
—Lo era —dijo Lindsay—. En mi adolescencia estaba muy concurrido, pero todos dejaron de venir después de que Callie desapareció. El ambiente enrarecido y los rumores sobre lo que pasó espantaron a los residentes.
—¿Qué hacíais vosotras aquí aquella noche? —quiso saber Ethan.
—Jugábamos al vóley-playa en las pistas de arena. Venid, os las enseñaré.
Rodearon el antiguo restaurante y llegaron a las pistas: ahora no eran más que rectángulos cubiertos de maleza, con postes desnudos donde antes colgaban las redes.
—Eran muy populares —explicó Lindsay—. Siempre estaban ocupadas. Y cuando veían que Callie y yo íbamos a jugar…, bueno, muchos venían a vernos.
Ethan imaginó a la bonita rubia de diecisiete años que atraía a multitudes para verla competir y que también arrastraba seguidores hasta la isla cuando jugaba partidos informales sobre la arena.
Imaginó a hombres de mediana edad observando a Callie Jones desde las gradas y pensó en las malas intenciones que podían nacer de una admiración secreta.
—Teníais… ¿cómo llamarlo? ¿Seguidores? ¿Eso existía?
—Puede ser, pero ninguno que conociéramos. En general, todo Cherryview nos seguía.
Ethan sacó del bolsillo una libreta nueva y anotó algo.
—Entonces esa noche jugasteis al vóley-playa.
—Sí. Y estábamos a punto de jugar contra dos chicos del equipo de fútbol americano que nos habían desafiado.
Era muy habitual. Los chicos siempre querían jugar contra nosotras porque nunca nos ganaban en un dos contra dos.
Se corrió la voz de que íbamos a jugar, y la gente empezó a salir del restaurante y a reunirse alrededor de la pista.
Estábamos esperando que terminara el partido que iba antes. Pero al final no jugamos.
—¿Por qué?
Lindsay se encogió de hombros.
—Callie recibió un mensaje y tuvo que irse.
—¿Quién se lo envió?
—Su madre. Callie dijo que ella necesitaba que volviera a casa.
—¿A qué hora fue eso?
—A las nueve. Se marchó y fue la última vez que la vi.
—La última vez que alguien la vio —añadió Pete—. Y el mensaje no era de su madre. Los registros del teléfono muestran que provenía del Samsung de prepago.
Ethan avanzó hasta el centro de la pista de voleibol cubierta de maleza. Sus pies se hundieron en la poca arena que quedaba. Miró a su alrededor y se imaginó a Callie Jones en ese mismo lugar diez años atrás.