Capítulo 33
Oyó el portazo del coche. Hacía dos días que la mujer enmascarada no bajaba para pasarle comida.
Corrió al otro extremo de la habitación y miró por la ranura de la puerta.
Oyó abrirse la puerta principal en el piso de arriba y luego pasos en las escaleras que bajaban al sótano.
Cuando apareció la mujer en su campo de visión, llevaba un pasamontañas negro que le cubría el rostro.
Al verla avanzar hacia ella, soltó la mirilla, que se cerró con estrépito.
Un instante después, la ranura se abrió y cayeron unas esposas al suelo.
—Cógelas y vete al otro lado de la habitación —le ordenó la mujer.
Su tono era tajante. ¿Tenía algún acento?
—¡Hazlo! —añadió, haciendo que la invadiera la angustiosa sensación de que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
Recogió las esposas plateadas del suelo y fue deprisa al otro extremo. La mujer levantó la mirilla y habló a través de la abertura.
—Cierra la puerta del baño.
Obedeció.
—Ahora espósate al pomo de la puerta.
Ella miró las esposas y luego la ranura.
—¡Espósate a la puerta de una vez o esto va a acabar muy mal! —La voz de la mujer subió de tono.
Se obligó a pensar, a ordenar sus opciones. Solo había dos: hacer lo que le decían y asumir las consecuencias de renunciar voluntariamente a la posibilidad de defenderse si la mujer entraba, o negarse y ver qué pasaba.
La mujer volvió a hablar por la ranura, esta vez sin prisa, con voz tranquila.
—Espósate a la puerta o rociaré la habitación con un producto químico que te hará perder el conocimiento. Es la forma difícil de hacerlo, pero no tengo problemas en utilizar ese método.
Vio que por la ranura asomaba una especie de manguera. Se le llenaron los ojos de lágrimas que cayeron por sus mejillas.
—¡Está bien! —gritó, sujetando las esposas y cerrando un extremo alrededor de su muñeca izquierda y el otro en el pomo de la puerta del baño.
La manguera desapareció y la mujer se asomó por la ranura.
—Déjame ver —le ordenó—. Tira del brazo.
Tiró de las esposas para demostrar que estaban bien sujetas.
La mirilla se cerró y una llave tintineó en la cerradura. Luego, por primera vez desde que estaba allí, la puerta se abrió. Entró la mujer. Era alta y delgada.
—Por favor…, no me haga daño.
La mujer le lanzó algo, y ella cerró los ojos y se encogió de manera instintiva. Cuando oyó el golpe sordo contra el suelo, los abrió y vio un periódico frente a ella. Era un ejemplar del Milwaukee Journal Sentinel . Miró la fecha en la portada y comprobó que era de ese mismo día.
—Sujeta el periódico delante de ti —ordenó la mujer.
Había ocultado sus ojos detrás de unas gafas de sol grandes; el pasamontañas negro le cubría el resto del rostro.
—Levántalo.
Se inclinó y cogió el periódico.
—Delante del pecho —indicó la mujer—. Justo debajo de la barbilla.
Lo sostuvo y vio que la mujer alzaba el teléfono.
El destello del flash la deslumbró y casi no alcanzó a ver que le arrojaba algo más antes de darse media vuelta y salir.
La puerta se cerró y volvió a oír el ruido de la cerradura.
Un momento después, oyó pasos en las escaleras y el ruido del cerrojo de la entrada principal.
Cuando el brillo violeta desapareció y recuperó la visión, bajó la mirada hacia los pies para ver qué le había lanzado la mujer.
Era la llave de las esposas.