Capítulo 32
—Reconozco a esta chica —dijo Cheryl cogiendo la foto de Callie—. Vino a la clínica. Fue hace años, pero la recuerdo.
—¿Por qué? —preguntó Ethan.
—Porque… —Cheryl se esforzó por contener las lágrimas— volvió para darme las gracias.
—¿Darle las gracias? ¿Por qué?
Cheryl respiró hondo mientras miraba la fotografía.
—Llegó hecha un manojo de nervios. Me dijo que no quería que sus padres supieran que estaba embarazada ni que pensaba abortar. Se notaba que tenía miedo y que no estaba segura de su decisión.
—¿Se refiere a su decisión de abortar?
—Sí. Me contó que era una deportista destacada.
—Voleibol.
Cheryl asintió.
—Sí, eso. Y que acababan de aceptarla en la universidad. Un programa combinado de grado y Medicina, de esos de élite de ocho años. Y con todo eso encima, sentía que tenía una carga enorme sobre los hombros.
—Mire, Cheryl, la creo porque todo coincide con el caso de Callie Jones. Pero ¿cómo puede recordar todo eso con tanta claridad después de diez años?
—Por algo que me dijo. Una cita, y nunca la olvidé. Dijo: “La tragedia de la vida no es perder, sino estar a punto de ganar”.
Ethan recordó su conversación con Lindsay Larkin, que había mencionado la misma frase; la usaban como motivación después de perder el campeonato estatal en su primer año.
—Se me quedó grabada —dijo Cheryl—. Nunca la he olvidado.
Y malinterpreté lo que intentaba decirme.
Pensé que insinuaba que su embarazo iba a hacerla perder todo aquello por lo que había trabajado tanto: su admisión en la universidad, la posibilidad de estudiar Medicina, su relación con sus padres, sus amigos, todo.
Pero no era eso. Quería decir que el bebé que llevaba dentro era su oportunidad de conseguir lo que de verdad deseaba en la vida.
Que estaba a punto de lograrlo… y al mismo tiempo, de perderlo.
—¿Perderlo porque iba a abortar, quiere decir?
—Sí. Después de que me lo explicó, le dije que esperara.
La gente piensa que aquí solo animamos a las mujeres a abortar, pero no es así.
Ofrecemos ayuda a quienes la necesitan. Y esta chica necesitaba ayuda desesperadamente.
Le dije que pospusiera el aborto y lo pensara bien. Que hablara con el padre.
—¿Y lo hizo?
—Sí. Decidió esperar y se fue. Pero volvió al día siguiente.
Cuando la vi otra vez, pensé que había decidido seguir adelante con el aborto.
Pero no había vuelto por eso, sino para darme las gracias por ayudarla a aclarar sus ideas.
Me dijo que iba a tener al bebé y se notaba, solo por su actitud, que ya era una persona diferente de la que había venido el día anterior.
Más feliz. Más tranquila. Me dio un abrazo fuerte, me dijo que le había cambiado la vida…
y eso fue todo. Se marchó y no volví a saber de ella.
Hasta ahora. —Cheryl se quedó mirando la foto de Callie Jones—.
Pero nunca la olvidé. De algún modo, ella cambió mi vida como decía que yo había cambiado la suya.
Ethan se pasó una mano por el pelo mientras asimilaba la revelación.
—¿Aceptaría hacer una declaración formal explicando todo lo que acaba de contarme?
Cheryl levantó la vista de la fotografía.
—¿Ella está bien?
Ethan negó con la cabeza.
—Lleva diez años desaparecida. Pero lo que acaba de decirme puede ayudarme a averiguar qué le ocurrió.
—Lo ayudaré en todo lo que pueda.
Ethan tomó los datos de contacto de Cheryl Stowe y salió de la clínica. Acababa de lograr el primer avance en un caso de hacía diez años. Y todo había empezado gracias a Francis Bernard.