La marca del psicópata Capítulo 31
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Capítulo 31

Ethan llegó a ese cruce y se detuvo en el semáforo en rojo, observando los negocios.

En la esquina suroeste, había una tienda polaca de comestibles; al otro lado de la calle, una tintorería y, junto a esta, una clínica veterinaria.

El semáforo cambió a verde y Ethan cruzó la intersección.

Avanzó por la avenida y, al llegar a la dirección que Christian le había indicado, vio a su derecha una clínica de Planned Parenthood, la ONG dedicada a la atención sanitaria sexual y reproductiva.

Una manzana más abajo, encontró un sitio para aparcar en una calle lateral y tras dejar el Wrangler allí, regresó a pie hasta la clínica y entró. La mujer de detrás del mostrador de recepción lo miró con expresión desconcertada.

—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó.

Ethan sacó su placa de la DIC y se la enseñó.

—Me llamo Ethan Hall. Soy agente de la División de Investigación Criminal de Wisconsin. Necesito hacer unas preguntas sobre un caso de desaparición de hace unos años para comprobar si hay alguna manera de confirmar que la víctima visitó esta clínica.

La mujer no parecía saber cómo manejar la situación.

—Creo que tendría que hablar con mi supervisora.

—Perfecto.

Un momento después salió una mujer de la parte de atrás.

—Hola. Soy Cheryl Stowe.

Ethan se presentó de nuevo.

—Me encantaría ayudar —dijo Cheryl—, pero las pacientes que visitan la clínica están protegidas por la ley de protección de datos médicos, así que no podría decirle si la persona que busca estuvo aquí o no.

Ethan asintió.

—Lo entiendo. La chica que me interesa se llama Callie Jones.

Desapareció en 2015 en un pequeño pueblo cerca de Madison.

Tengo pruebas forenses del teléfono móvil que la sitúan aquí a las diez de la mañana del jueves 16 de julio de 2015, dos días antes de desaparecer.

La única razón que se me ocurre para que una chica de diecisiete años que vivía en el estado de Wisconsin estuviera frente a este edificio en Chicago es que viniera a esta clínica.

Tal vez porque estaba embarazada y quería abortar.

Las pruebas forenses que la sitúan aquí son lo bastante sólidas como para que un juez haya emitido una orden que me permite revisar sus registros.

Ethan mostró la orden de registro, pero no mencionó que el juez que la había firmado a las ocho de la noche del día anterior era muy buen amigo personal del gobernador Mark Jones.

La supervisora tragó saliva y asintió.

—Por supuesto. Le enseñaré lo que necesite. Solo tengo que hacer una llamada y consultarlo con mi jefe.

—Claro.

Treinta minutos después, Ethan estaba sentado en el despacho de Cheryl Stowe mientras ella tecleaba en el ordenador.

—Ahora dirijo la clínica como supervisora, pero en 2015 era enfermera.

Nuestros registros digitales se remontan a 2008, así que deberíamos poder acceder a julio de 2015 a través del sistema de historias clínicas electrónicas.

Si vino aquí, lo sabré enseguida. ¿Ha dicho que se llamaba Callie Jones?

—preguntó—. ¿Tiene la fecha de nacimiento?

—7 de agosto de 1997.

Cheryl terminó de teclear y negó con la cabeza.

—No consta que nos haya visitado ninguna Callie Jones. ¿Callie es el nombre completo?

—Sí —respondió Ethan con la voz cargada de decepción.

—¿Esta chica desapareció?

Ethan asintió.

—Dos días después de hacer una llamada desde delante de esta clínica, desapareció.

—¿Y tiene la certeza de que estuvo aquí?

—No, pero sí sé que una chica de diecisiete años, de un pequeño pueblo de Wisconsin a doscientos cuarenta kilómetros de aquí, hizo una llamada desde la esquina de este edificio.

Dos días después desapareció. Mi intuición me dice que estaba embarazada y viajó a Chicago para abortar.

Y que ese embarazo puede estar directamente relacionado con su desaparición.

—Muchas pacientes que vienen a la clínica no usan sus verdaderos nombres. Muchas mujeres, sobre todo adolescentes, tienen miedo de que sus padres se enteren. Así que utilizan nombres falsos. Puede que la chica que busca hiciera lo mismo.

—¿Entonces Callie pudo viajar a Chicago, usar un nombre falso y abortar sin que sus padres tuvieran que intervenir?

—Sí —respondió Cheryl—. En el estado de Illinois la ley no exige consentimiento paterno para abortar. En cambio, si esta chica era menor de edad, es decir, menor de dieciocho años, en aquella época en Wisconsin habría necesitado el consentimiento de sus padres para someterse a un aborto.

—¿Pero aquí no?

Cheryl negó con la cabeza.

—Aquí en Illinois, no.

Las primeras piezas del rompecabezas que Ethan estaba armando empezaban a encajar.

Callie Jones estaba embarazada y había acudido a esa clínica para abortar, pues allí no se lo notificarían a sus padres.

Había viajado hasta Chicago para que su padre metido en política y su madre controladora no se enteraran.

Después, hizo una llamada, quizá desde la misma clínica, al teléfono de prepago que había comprado en efectivo.

El que ahora estaba en casa de Ethan. El teléfono al que Francis Bernard lo había conducido de forma inexplicable.

—Ha dicho que en 2015 trabajaba como enfermera.

—Sí, hace casi veinte años. En 2015 era la jefa de enfermería.

—Y como tal, ¿cuál era su función?

—A la jefa de enfermería también la llaman Mamá Osa. La mayoría de las mujeres que vienen aquí están luchando con su decisión por lo estigmatizado que está el aborto en nuestra sociedad. Yo ayudaba a las mujeres, sobre todo a las más jóvenes, a atravesar el proceso.

Ethan se quitó la mochila del hombro, abrió la cremallera superior y sacó una carpeta. La abrió y deslizó una foto de Callie sobre el escritorio.

—Sé que ha pasado mucho tiempo, pero ¿ha visto alguna vez a esta chica?

Cheryl acercó la foto y se llevó una mano al pecho.

—¡Dios mío! Es ella.