Capítulo 30
Al día siguiente, Ethan aparcó el coche frente a la mansión junto al lago Okoboji.
No había avisado que pasaría por allí. Con la mochila colgada de un hombro, se dirigió a la enorme puerta principal de madera y tocó el timbre.
Como nadie respondió, volvió a pulsarlo.
Pasó otro minuto hasta que oyó un ruido indefinible procedente de algún lugar lejano.
Se apartó del porche y aguzó el oído. Era un golpeteo rítmico, de ida y vuelta, extrañamente irritante.
Siguió un sendero de piedra que rodeaba la casa.
El sonido se hacía más fuerte con cada paso que daba hacia la parte trasera.
Al salir de entre unos jazmines, el lago Okoboji apareció ante su vista.
El origen del sonido también se reveló. Christian Malone y otros tres hombres estaban jugando al pickleball en lo que parecía una pista recién construida con vistas al agua.
Los cuatro jugadores, situados cerca unos de otros, golpeaban una pelota amarilla de plástico de un lado a otro por encima de la red.
El chasquido de las palas contra la bola era fuerte y molesto y Ethan se preguntó si los vecinos se quejarían.
Pero la mansión de Malone estaba rodeada de suficiente terreno como para que ese ruido, chirriante como uñas sobre pizarra, se disipara antes de llegar a otras casas.
Ethan se acercó justo cuando Christian sacaba, esperaba la devolución y comenzaba una nueva ráfaga de remates de uno y otro lado, hasta que Christian cerró el punto con una volea por encima de la cabeza que lanzó la pelota contra las hortensias y dio fin al juego.
Los jugadores chocaron las palas sobre la red; Christian se volvió y sonrió a Ethan.
—¡Mi médico favorito hace visitas a domicilio! —Levantó las manos como si estuviera bajo arresto—. No se preocupe, doctor. Estoy bebiendo agua, lo prometo.
Corrió hacia el lateral de la pista, se llevó un vaso térmico a los labios y le dio un largo trago.
Ethan se rio.
—No vine a comprobar cuánta agua bebes. Necesito ayuda de mi gurú tecnológico favorito, así que vamos a tutearnos.
Christian miró a sus compañeros de pickleball ; todos aparentaban setenta años o más. Señaló a Ethan.
—Este es el médico que me ayudó con la piedra en el riñón hace unas semanas. Me salvó de la cirugía.
—No fue así. En realidad, la expulsó antes de que yo pudiera hacer gran cosa por él.
—Ah —dijo Christian—, la señal de un buen médico es la humildad. Ni siquiera acepta mi gratitud por ayudarme a esquivar el bisturí en el último momento. —Se volvió hacia sus amigos—. ¿Mañana a la misma hora?
Todos asintieron y se dirigieron hacia la entrada, donde aguardaban sus coches.
Cuando se marcharon, Christian se volvió hacia Ethan.
—Perdona por exagerar lo de la piedra en el riñón. Les dije que estuve a un tris de necesitar cirugía. El pickleball con estos tipos es despiadado. Necesito cualquier ventaja que pueda conseguir. Si creen que me estoy recuperando de alguna dolencia, tendrán piedad.
—Parecían tener todos setenta años, el doble de tu edad.
—La edad no importa en el pickleball. Me despedazarían y me servirían crudo si tuvieran ocasión. Llevo un par de semanas jugando la carta del enfermo, pero supongo que la farsa ya se ha acabado.
—Perdón por dejarte en evidencia.
Christian terminó su agua y agitó la mano.
—No pasa nada. Lo del cálculo me ayudó a ganar unos cuantos partidos. No pasa nada. Y bien, ¿qué te trae por aquí?
—Necesito ayuda con algo en lo que estoy trabajando.
—Ven, pasa.
Ethan siguió a Christian al interior de la casa y dejó la mochila sobre el taburete de la cocina.
Abrió la cremallera superior y sacó una bolsa de plástico de pruebas.
Dentro estaba el móvil de Callie Jones que Pete Kramer había recuperado del depósito donde se conservaban las pruebas. Nadie lo había tocado en diez años.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó Christian, acercándose para verlo mejor—. ¿Es una bolsa para pruebas forenses?
—Así es.
Christian alzó la ceja derecha.
—Es una larga historia.
—Soy todo oídos.
Ethan asintió, consciente de que tendría que sincerarse si quería su ayuda.
—Tú y yo tenemos mucho en común.
—Ah, ¿sí? ¿Tienes cálculos renales recurrentes y te gusta el pickleball ?
—No. Cambiaste de vida para hacer algo distinto. Yo también lo hice.
—Yo me fui de Silicon Valley porque si me quedaba, ese sitio me iba a matar.
Ethan asintió.
—Yo antes era detective y dejé ese mundo por.
Vio cómo Christian alzaba ligeramente la barbilla, dando a entender que comprendía y quería saber más.
—Fui agente especial de la División de Investigación Criminal de Wisconsin.
Christian ladeó la cabeza mientras asimilaba la información.
—¿Dejaste las fuerzas del orden… para ser médico?
—Sí. Porque si me quedaba, ese mundo me iba a matar.
Investigaba delitos contra menores y vi demasiada violencia contra niños y adolescentes.
Cosas que nunca pude impedir. Lo único que podía hacer era ir detrás de los culpables y llevarlos ante la justicia.
Con el tiempo, dejó de satisfacerme, porque tras esa pequeña victoria seguía habiendo un niño muerto.
Así que me fui, estudié Medicina y ahora intento ayudar a la gente antes de que muera.
Christian frunció los labios.
—¿Y qué haces con un teléfono en una bolsa sellada?
—Le estoy haciendo un favor a un viejo amigo. Hace diez años, mi antiguo compañero llevó adelante un caso que quedó sin resolver. Como último recurso para encontrar respuestas, él y el gobernador me han pedido que lo revise y vea si encuentro algo.
—¿Y lo has encontrado?
—Espero que puedas decírmelo tú. —Ethan señaló la bolsa—.
En 2015, aquí mismo en Cherryview, Wisconsin, desapareció una chica llamada Callie Jones.
La última vez que la vieron fue cuando abandonaba la isla Crest. —Señaló el lago a través de los grandes ventanales—.
Los investigadores encontraron su móvil y su lancha, junto con gotas de sangre que pertenecían a Callie, en el muelle de North Point, a la mañana siguiente. Este es el teléfono de esa chica.
Christian juntó las puntas de los dedos y las flexionó, entusiasmado ante la idea de entrar en juego con sus habilidades informáticas.
—¿Qué necesitas?
—Los agentes de la DIC lo revisaron y encontraron llamadas entrantes y salientes registradas a un móvil de prepago. Esa pista no llevó a ninguna parte, salvo para sugerir que Callie Jones estaba en contacto con alguien que quería permanecer en el anonimato.
—Suena turbio.
—Lo es. Y necesito tu ayuda con un par de cosas.
Primero: Callie hizo un montón de llamadas y envió mensajes a ese número de prepago.
Los técnicos pudieron ver rastros de los hilos de mensajes y saben que existieron, pero no lograron recuperar los textos.
Creen que usó una aplicación que los borraba automáticamente al cabo de cierto tiempo. Necesito saber si puedes recuperarlos.
—¿Los mensajes?
—Sí.
—Puede ser. Si logro meterme en las tripas del teléfono. ¿Cuál es el segundo asunto?
—Anoche estuve investigando y revisé la ubicación desde donde se originaron las llamadas durante los seis meses previos a su desaparición.
Nada llamaba la atención salvo una llamada que se conectó a una antena de Chicago.
La hizo dos días antes de desaparecer y quiero saber si hay alguna manera de averiguar dónde estaba exactamente cuando llamó.
Christian entornó los ojos y se tomó un momento para procesar la pregunta. Estaba claro que se movía en su terreno.
—Debería poder acceder a la tarjeta SIM.
—No hay problema. Solo tienes que usar guantes.
Christian señaló el teléfono.
—Tráelo y ven a mi despacho.
Ethan cogió la bolsa con el móvil y lo siguió por la planta baja hasta el final de un pasillo.
Christian abrió la puerta de una estancia llena de pantallas, un escritorio y un televisor de ochenta y cinco pulgadas montado en la pared.
En cuanto entró, todas las pantallas parpadearon y se encendieron a la vez.
Christian se encogió de hombros y se llevó un largo mechón de pelo rubio detrás de la oreja.
—Me fui de Silicon Valley, pero Silicon Valley se quedó conmigo. —Alzó las cejas y abrió mucho los ojos—. Veamos ese teléfono.