La marca del psicópata Capítulo 27
26%

Capítulo 27

Desde que Francis Bernard pronunció el nombre de Callie Jones, Ethan se comprometió por completo con la investigación.

La semana anterior se había dejado la vida en el hospital, encadenando seis turnos de doce horas seguidos.

Pero a cambio había conseguido dos semanas libres, que añadió a dos semanas de vacaciones.

Ahora tenía un mes entero libre de obligaciones en el hospital, y pensaba dedicarle cada minuto al caso de Callie Jones.

Ethan se sirvió una taza de café y se sentó a la mesa de la cocina.

Delante de él tenía el expediente de Callie Jones.

Con sus cinco centímetros de grosor y las hojas dobladas y gastadas, resultaba evidente que lo habían revisado varias veces, probablemente lo hizo Pete Kramer.

Ethan abrió la carpeta por la primera página, donde había una fotografía de Callie: cabello castaño rojizo, ojos color miel y tez trigueña.

Su sonrisa, de dientes blancos y alineados, era embriagadora, de esas, pensó Ethan, que hacen que cualquiera se sienta especial.

Parecía increíblemente joven e inocente.

Contemplar la imagen de la chica desaparecida despertaba en él sentimientos enterrados desde hacía tiempo: desesperanza, impotencia…

Los mismos que años atrás lo habían alejado de esa profesión.

Pasó la página y leyó una breve ficha biográfica.

Callie Jones tenía diecisiete años y estaba a punto de empezar su último año de bachillerato, pero ya había sido admitida anticipadamente en la Universidad de Cincinnati y contaba con una beca deportiva parcial.

Iba a jugar al voleibol en el equipo de las Bearcats de Cincinnati mientras cursaba el exigente programa DIRECTO de ocho años para acceder a la Facultad de Medicina.

En todo el país solo había unas pocas plazas como esa, y una de ellas era para Callie Jones.

Incluso se hablaba de que podría ganarse un puesto en la selección olímpica femenina de voleibol si su desempeño en la universidad seguía siendo destacado.

“Guapa, atlética y brillante”, pensó Ethan. “A punto de comerse el mundo… hasta que desapareció”.

Pasó otra página. La última vez que sus compañeras la vieron fue el sábado 18 de julio de 2015 en la isla Crest, en el lago Okoboji, conocida por sus fiestas nocturnas y su ambiente desenfrenado.

Mientras leía el expediente, Ethan se esforzó por ignorar las voces internas que le susurraban que llevaba demasiado tiempo alejado de aquel tipo de trabajo para aportar algo al caso.

Esos pensamientos no eran más que la forma en que su mente intentaba protegerlo, impedir que se encaminara hacia el abismo, que era exactamente lo que ocurriría si volvía a involucrarse con la DIC.

Pero en el fondo sabía que no podía negarse.

La súplica de Pete Kramer en sus últimos meses de vida lo había puesto todo en marcha.

La promesa del gobernador de cancelar doscientos mil dólares de su deuda estudiantil mantuvo vivo su interés.

Pero el empujón definitivo había venido de la fuente más inesperada.

¿Cómo demonios tenía información Francis Bernard sobre el caso de Callie y por qué se lo ponía delante como cebo?

Era algo que Ethan no alcanzaba a comprender. Pero estaba decidido a averiguarlo.

Cerró el expediente y sacó la cronología que había preparado con los movimientos conocidos de Callie durante la semana previa a su desaparición, que terminaban la noche en que salió con la lancha de sus padres rumbo a la isla Crest. Ethan había concertado una segunda reunión con Lindsay Larkin para el fin de semana siguiente, con la idea de visitar la isla y de reconstruir lo que había hecho Callie esa noche.

De momento, los primeros pasos de su investigación le indicaban que aquel verano Callie Jones había cargado con el mundo a cuestas.

Una madre dominante, un padrastro desagradable, un padre ausente y la noticia de su admisión en un exigente programa universitario se habían combinado para crear la tormenta perfecta de temores, frustración y exigencias.

Mientras encajaba las piezas de la vida de Callie, un pensamiento cruzó por su mente: ¿y si Callie Jones se había escapado?

Los susurros que surgían de los rincones oscuros de su mente se hacían más intensos y le decían que para responder a esa pregunta y a todas las demás que empezaban a formarse, iba a necesitar ayuda. Inexplicablemente, esa ayuda la encontraría en la persona a la que menos quería consultar.

Recogió el expediente y se dirigió a la puerta.

—Tome asiento —dijo el funcionario.

Cuatro horas después, con la ayuda de la DIC y un empujón desde la oficina del gobernador, Ethan había conseguido una visita en tiempo récord al centro penitenciario de máxima seguridad de Wisconsin, en Boscobel.

Se sentó en la cabina de visitas y, un minuto más tarde, se abrió la puerta al otro lado del cristal y apareció Francis Bernard, con las manos esposadas delante.

Los grilletes en los tobillos lo obligaban a avanzar con pasos cortos y controlados.

Francis miró hacia el cubículo número cuatro y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

Nada exagerado. Solo una ligera tensión en la comisura de los labios.

Aun así, era imposible no notar la satisfacción que sentía al ver que Ethan había vuelto tan pronto.

Durante años, sus visitas habían tenido un único propósito: recordarle que sus apelaciones eran inútiles y que jamás volvería a ver un día de libertad. Aunque Ethan había logrado su cometido en los últimos años, Francis siempre se mostraba complacido, como si supiera algo que Ethan desconocía.

Francis se sentó frente a él y levantó las manos esposadas hacia el teléfono, descolgó el auricular y se lo llevó al oído mientras Ethan hacía lo mismo al otro lado del cristal. La sonrisa de Francis se ensanchó.

—Vaya, qué rapidez en volver.

—Dijiste que sabías algo sobre Callie Jones. ¿Qué es?

La expresión jubilosa desapareció, sustituida por una decepción fingida.

—¿De eso se trata? ¿No vamos a hablar de tu padre?

—¿Qué sabes sobre Callie Jones?

—Veamos —dijo Francis, frunciendo el ceño con falsa perplejidad—: sé muchas cosas sobre Callie.

—No es cierto.

Francis volvió a sonreír.

—¿Quieres jugar, Ethan?

Ethan guardó silencio.

—Si pensaras que no sé nada, no estarías aquí.

Crees…, no, en realidad estás seguro de que sé algo.

Y desde que los peces gordos te reclutaron de nuevo, estás bajo presión para obtener resultados.

Así que vas olfateando información donde crees que puedes encontrarla.

Incluso te humillas viniendo hasta aquí para preguntarme por Callie Jones.

Qué triste. Estás tan perdido que tienes que pedirle información al asesino de tu padre.

—Francis alzó la vista hacia el techo, como si lo estuviera grabando una cámara—.

Presunto asesino, para quien esté escuchando.

—Sí —asintió Ethan—, es lo que pensaba. No sabes una mierda. Te sientes tan solo que dices cualquier cosa con tal de que alguien venga a verte. Incluso yo, el tipo que jura que te mantendrá aquí dentro para siempre. Eso sí que es triste.

—Ya conoces la cita de Tolkien, ¿no? “No todos los que vagan están perdidos” —dijo Francis, retomando el hilo como si Ethan no hubiera hablado—.

Pero la parte no dicha de esa frase, la suposición natural, la auténtica verdad, es que todos los que están perdidos vagan, de eso no hay duda.

Y tú estás tan perdido como un cachorro en la noche, Ethan.

Así que voy a ayudarte. Voy a ayudarte a dejar de vagar en la oscuridad.

Te daré un rumbo. ¿Quieres un rumbo para tu vida, Ethan?

Ethan no respondió, dejó que pasaran los segundos.

—No voy a obligarte a suplicar, no es mi estilo. ¿Estás listo?

Ethan lo miraba sin parpadear.

—Ve al valle del río Menomonee, en Milwaukee, a la zona de los antiguos mataderos abandonados.

Busca un almacén en ruinas. El número nueve, Ethan.

¿Estás prestando atención? Almacén número nueve, en el valle del Menomonee.

En lo alto de una de las paredes hay un sobre con algo para ti.

Anda, Ethan, ve. Búscalo. Haz tu magia, señor Cien por Cien de Casos Resueltos. Y luego, vuelve y seguiremos hablando.

Francis sonrió, colgó el teléfono y abandonó la cabina.