Verano de 2015 #3
—Hace lo que mi madre dice. Están divorciados.
Él paga las facturas, pero no mucho más.
Lo veo dos veces al mes. Además, está metido hasta la coronilla en la política y ha dejado muy claro que yo soy un reflejo directo de él y que cualquier problema en el que me meta arruinará su carrera política.
No soy una chica problemática, por suerte para él.
Pero también quiere que destaque para quedar bien.
Es la promesa política en ascenso, con la hija perfecta que pronto salvará al mundo como médica.
Nadie está entusiasmado ni emocionado por mí, solo por lo que mi posible éxito puede hacer por ellos.
Blake se inclinó un poco hacia ella. Callie percibió el aroma de su loción y sintió el aleteo de mariposas en el pecho.
—Es algo estupendo, Callie. Es una oportunidad enorme, pero tienes que estar segura de que sea lo adecuado para ti.
Ella se volvió hacia él y fue como si el coche se hubiera encogido a la mitad.
Quedaron frente a frente, mirándose como nunca lo habían hecho.
El resplandor de la luna iluminaba la mitad del rostro de él, y a Callie le parecía más maduro que cualquiera de los chicos de su curso, y a la vez, no mucho mayor que ella.
Sin pensarlo más, se inclinó hacia él. Tras unos segundos de vacilación, él se acercó y sus labios se encontraron. Se besaron con suavidad al principio, luego con ardor, hasta que Blake se apartó.
—¡Eh! —dijo, echándose hacia atrás en el asiento—. No nos precipitemos.
—¿Qué pasa?
—Eh…, bueno, veamos. Eres una de mis futuras alumnas, para empezar. También eres una de mis jugadoras, y soy tu entrenador y estoy seguro de que eres menor de edad.
—Cumpliré dieciocho dentro de unas semanas. Y tú acabas de terminar la universidad. Tienes ¿qué? ¿Veintidós años?
Blake negó con la cabeza, todavía tratando de serenarse.
—Veintiuno. Cumplo veintidós en septiembre.
—Pues ahí lo tienes —prosiguió Callie—. Me llevas menos de cuatro años. Si tuvieras veinticinco y yo tuviera veintiuno, ¿dirías que esto es un problema?
—No tengo veinticinco y tú desde luego no tienes veintiuno. Y la ley es la ley.
—No me importa la ley —dijo Callie, mientras se desabrochaba el cinturón para pasar entre los asientos delanteros.
Lo besó otra vez y sintió que él oponía resistencia por un momento. Pero persistió, y poco después sintió que las manos de él subían por sus muslos cuando la levantaba y la sentaba en su regazo.
Callie iba en el asiento del copiloto. Eran casi las diez de la noche y se había escapado para estar con Blake otra vez. Últimamente pasaban cada vez más tiempo juntos, y Blake le había advertido que debían tener cuidado.
—¿Y cuando cumpla dieciocho? —dijo Callie—. ¿Seguiremos escondiéndonos?
—Sí —respondió Blake—. Quizá cuando estés en la universidad y ya no seas una de mis alumnas podamos relajarnos un poco.
—Seré mayor de edad en agosto.
—A ojos de la ley, sí. Pero aun así se vería mal. Y desde luego, en la escuela nadie puede saber nada de esto.
Blake entró en la gasolinera y aparcó lejos de los surtidores, fuera del alcance de las cámaras de seguridad.
—Si seguimos juntos cuando tenga, no sé, veinte años…, ¿seguiremos escondiéndonos?
—No así. Pero llegado ese momento tendríamos que sentarnos a hablar con tus padres.
—¡Ja! —exclamó Callie—. ¿De verdad crees que les pediría permiso para verte?
—Ahora no. Digo que cuando los dos seamos un poco mayores y tú ya no vivas en casa y estés en la universidad, muchas cosas pueden cambiar con tus padres.
Pero por ahora, durante tu último año escolar, y cuando yo empiece a dar clase en otoño, debemos mantener esto en secreto. Muy en secreto. ¿Lo entiendes?
Callie lo miró en la oscuridad.
—Sí, lo entiendo.
—No se lo has contado a ninguna de tus amigas, ¿verdad?
—¿Lo nuestro? Ni de broma. Se volverían locas. Y seguro que ninguna guardaría el secreto.
—Ni siquiera a Lindsay, ¿no?
—¿Por qué preguntas por ella?
—Porque es tu mejor amiga.
—No le he dicho ni una palabra y no pienso hacerlo.
Blake asintió.
—Entonces explícame otra vez qué hacemos en esta gasolinera —dijo Callie.
—Necesito un móvil de prepago.
—¿Qué tiene de malo tu teléfono?
—Ya no puedes llamarme ni escribirme al mío. Necesitamos uno de prepago para hablar, para que nadie pueda rastrearlo.
—¿Rastrearlo?
—Por si tus padres algún día revisan tu teléfono.
—Mis padres nunca revisan mi teléfono.
—Pero por si acaso sucede. Mi número no debe aparecer en tu registro de llamadas, Callie.
El colegio tiene una política muy estricta sobre la comunicación directa de alumnos con profesores.
Si compramos un móvil de prepago, podremos mandarnos mensajes sin preocuparnos de que alguien lo descubra.
Sigue usando esa app para borrar nuestras conversaciones.
—Estás paranoico.
Blake le tendió unos billetes.
—Los teléfonos están junto a la caja. Compra un Samsung. Son los que traen más minutos. Y paga en efectivo.
Callie tomó el dinero y se quedó mirándolo.
—Confía en mí —dijo él—. Esto es lo más seguro por ahora.
—Odio tener que esconderme así.
—No será para siempre. Pero de momento, es lo que tenemos que hacer.
Blake se inclinó y la besó; Callie salió del coche y cruzó el oscuro aparcamiento de la gasolinera.