La marca del psicópata Verano de 2015 #2
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Verano de 2015 #2

—Callie, no hubo ninguna aventura. Eso es otra mentira que te contó tu padre.

Y si tu padre te parece tan maravilloso, ¿por qué no te vas a vivir con él?

—Dio un paso hacia ella—. Porque no tiene tiempo para ti, por eso.

Está demasiado ocupado con su empresa y con su incipiente carrera política.

Un fin de semana de cada dos le basta, porque lo único que quiere de verdad es ser candidato a gobernador y alimentar su ego.

Y si algún día llega a ser elegido y consigue el apoyo que necesita para postularse, lo verás aún menos que ahora.

Así que más te vale empezar a tratar mejor a tu madre. Es ella quien vela por ti.

Damien se giró y salió de la habitación. Callie saltó de la cama y cerró la puerta con fuerza, aún con la carta en la mano temblorosa.

Se sentó en la cama. Pasaban unos minutos de las diez de la noche.

No había salido de la habitación desde que abrió la carta.

Tampoco había llamado a su padre. Le molestaba la actitud asfixiante de su madre, sí, pero su padre no era mejor.

Nunca les habían contado a ella y a su hermana los detalles del divorcio, pero corrían rumores e insinuaciones de que no había sido su madre la que había cometido la primera infidelidad.

Y su padre había preferido resolver todo en silencio, sin escándalos, y seguir adelante.

Su carrera política era demasiado reciente y frágil para resistir un divorcio turbio que sacara a la luz todos los trapos sucios.

Por mucho que Callie detestara a Damien, en eso tenía razón: Mark Jones era un hombre entregado a su objetivo.

Cuando no estaba trabajando, asistía a actos benéficos y se codeaba con la flor y nata de la política de Wisconsin.

Aunque lo llamara ahora, no cogería el teléfono.

Y si le dejaba un mensaje, no recibiría respuesta hasta dentro de dos o tres días.

Se sentía sola y aislada en lo que se suponía que debía ser un gran momento en su vida.

Pensó por un instante en llamar a Lindsay.

Pero en vez de eso encendió el teléfono y recorrió la lista de contactos hasta encontrar el número.

Le ponía nerviosa marcarlo, pero él le había dicho que llamara a cualquier hora y por cualquier motivo.

Formaban un equipo, les había dicho a todas, y estaría a disposición de cualquiera de ellas si lo necesitaban.

Antes de arrepentirse, escribió un mensaje de texto:

Profe, tengo algunos problemas en casa. ¿Podrías venir a buscarme?

La respuesta fue instantánea.

Por supuesto. ¿Estás en tu casa?

Callie sintió que se le revolvía el estómago de nervios y emoción.

No. Estaré en el parque calle abajo.

Envíame la ubicación. ¿En diez minutos?

Sí.

Callie guardó el móvil en el bolsillo trasero de sus vaqueros y giró el picaporte de la puerta sin hacer ruido. La puerta del dormitorio de su madre estaba cerrada; por la ranura de debajo, vio la luz azul del televisor. Su madre y Damien estaban viendo la televisión en la cama: su ritual nocturno.

Cerró la puerta y bajó sigilosamente por la escalera.

Intentó ir más allá de la sala de estar sin que su hermana la viera, pero no lo logró.

Su hermana menor era una promesa del voleibol.

Jaycee Jones estaba a punto de entrar en el equipo femenino como novata y corría el rumor de que su nivel rivalizaba con el de Callie.

Siempre había existido una cierta dosis de celos entre ellas, disfrazada de competitividad, y su relación tenía altibajos.

—¿Adónde vas? —preguntó Jaycee.

—Salgo.

—¿A dónde?

—Por ahí. Necesito un rato de aire fuera de casa.

—Mamá dijo que te han aceptado en el programa DIRECTO.

—Sí. La carta llegó hoy.

—¡Qué bien!

—Gracias —respondió Callie.

Ese día, la rivalidad entre hermanas quedó en segundo plano y el entusiasmo de Jaycee fue la primera emoción sincera que Callie percibió en un miembro de su familia.

—Si mamá se despierta o baja, no le digas que he salido, ¿de acuerdo?

Jaycee se despidió con la mano.

—Si te pillan, a mí no me metas.

Callie no dijo nada más y salió sin hacer ruido por la puerta trasera. Avanzó en la oscuridad, con el corazón a punto de estallarle en el pecho. Cuando llegó al parque al final de la calle, vio un coche en el aparcamiento con los faros encendidos. Se acercó y subió al asiento del copiloto.

—Gracias por venir, profe.

Blake Cordis sonrió.

—Cuando una de mis jugadoras me necesita, siempre estoy disponible para ella. Sobre todo para ti, Callie.

Condujeron por las calles silenciosas de Cherryview durante media hora y luego subieron la cuesta hasta el promontorio que se elevaba sobre el extremo sur del lago Okoboji, sobre cuya orilla estaba emplazada la casa de Callie.

Blake detuvo el coche en un lugar apartado, pero dejó el motor encendido para que el aire acondicionado combatiera la sofocante noche de verano.

Una luna casi llena derramaba un resplandor plateado sobre la superficie del lago.

A lo lejos, en el medio del lago, se distinguía la isla Crest, donde había un restaurante para navegantes muy conocido y dos pistas de vóley-playa donde Callie y Lindsay solían jugar.

—He recibido una carta de la Universidad de Cincinnati —dijo Callie por fin.

—Ah, ¿sí? ¿Y?

Forzó una sonrisa.

—Me han aceptado.

—¿En el programa doble?

Callie asintió.

—¡Te felicito! Es un gran logro.

—Sí, supongo que sí.

—Explícame bien de qué se trata. Es ese programa de ingreso directo a la facultad de Medicina, ¿verdad?

Ella asintió.

—Cursaría los cuatro años de una carrera de grado, pero muy centrados en asignaturas científicas.

Ya sabes, Biología, Química, Fisiología.

No tendría materias optativas. Y después de esos cuatro años pasaría directamente a la Facultad de Medicina en Cincinnati.

Los próximos ocho años de mi vida, perfectamente planificados y empaquetados como un bonito regalo bajo el árbol de Navidad.

—Vaya, Callie. Es impresionante.

—Sí, es…, bueno, es lo que es.

Blake ladeó la cabeza.

—No pareces tan entusiasmada como cabría esperar.

—Sé que es algo enorme y muy demandado, y que hay poquísimas plazas en todo el país, por lo que debería estar superemocionada, pero…

—Pero ¿qué?

—Pero todo fue idea de mi madre. Creo que lo desea más que yo. Y no por mí, sino para poder…, no lo sé, presumir ante sus amigas de los logros de su hija.

—¿No es algo que quieras hacer?

—Quiero ser médica. Quiero estudiar medicina.

Es solo que quiero hacerlo como lo hacen todos.

Quiero tener una experiencia universitaria normal, no esta cosa limitada y superconcentrada en la que me inscribió mi madre.

Voy a ser la única chica de la escuela en este programa acelerado.

¿Te parece que es receta para la diversión?

¿Te parece que es la mejor manera de hacer nuevos amigos?

—¿Has hablado con tus padres sobre tomar el camino más tradicional? ¿Hacer los cuatro años de grado y luego presentarte a Medicina?

Callie se rio.

—Para tener esa conversación, mi madre debería ser una persona racional. Y no lo es.

—¿Y tu padre?