La marca del psicópata Verano de 2015
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Verano de 2015

Cherryview, Wisconsin Aún faltaba un mes para que empezaran las clases, pero los entrenamientos de verano estaban en pleno apogeo y el de ese día se alargó más de lo habitual.

Callie, que estaba al mando, siempre se empeñaba en prolongar la sesión más allá de la hora prevista.

Era su manera de demostrarle al nuevo entrenador que tanto ella como el equipo iban en serio y estaban preparadas para ganar otro campeonato estatal.

Y cuando animaba a sus compañeras a seguir adelante pese a las ganas de abandonar, dejaba clara su capacidad de liderazgo.

Lindsay hacía lo mismo cuando dirigía los entrenamientos, pero en su caso era más evidente, menos auténtico, y el equipo sabía que solo intentaba impresionar al entrenador Cordis. Callie tenía más picardía.

Esa tarde, comenzó la última parte del entrenamiento, destinada a la preparación física, diez minutos más tarde de lo normal.

Y, tras consensuarlo con sus compañeras, decidió extender la carrera de cierre de casi cuatro kilómetros a cinco.

Debido al inicio tardío y al kilómetro adicional, incluso las integrantes más rápidas, fuertes y mejor preparadas terminarían el entrenamiento más tarde de lo previsto.

Callie corrió desde la calle hasta la pista que rodeaba el campo de fútbol de la escuela y cruzó la meta en un esprint final, con cincuenta metros de ventaja sobre su rival más cercana.

Después esperó unos minutos a que el resto de las corredoras más rápidas llegaran a la meta.

Cuando la pista estuvo lo bastante concurrida como para que su ausencia pasara desapercibida, se escabulló y volvió a correr calle arriba con cautela, procurando que sus compañeras no se dieran cuenta de que regresaba sobre sus pasos, por miedo a que alguna decidiera acompañarla.

Solo tardó un minuto en toparse con la primera compañera de equipo.

—¡Vamos, Molly! ¡Tú puedes! —la animó Callie al pasar corriendo junto a ella.

Unos metros más adelante se cruzó con otras dos compañeras.

—¡Vamos, chicas! ¡Ya casi estamos!

Y así fue hasta que llegó a la última chica, que iba sufriendo con el kilómetro adicional. Cuando Callie la alcanzó, se giró y empezó a correr a su lado.

—¿Cómo vas?

—Mal —respondió la chica—. Creo que voy a vomitar.

—¿Y qué más da? —dijo Callie—. Vomitas y ya está. No te vas a morir. Y si vomitas y sigues, el entrenador se dará cuenta de tu esfuerzo.

—Creo que soy la última.

—Sí. Pero, aun así, vas a terminar. Y vas a terminar bien. ¿Lista?

—¿Para qué?

—Vamos a darlo todo en este último tramo, hasta entrar en la pista.

—No sé si puedo.

—Yo sí lo sé.

—¿El qué?

—Sé que puedes, claro. ¡Vamos!

Callie salió disparada y su compañera la siguió de cerca.

Pronto corrían una al lado de la otra. Cuando se acercaban a la pista, Callie apoyó la mano en la espalda de la chica y la impulsó en los últimos metros, ayudándola a cruzar la línea de meta.

Chocó la mano con ella y luego miró de reojo para asegurarse de que el entrenador Cordis había visto su esfuerzo.

Diez minutos después, el equipo de voleibol se dirigía a los vestuarios y la pista quedaba despejada.

Callie se quedó atrás. Como líder del equipo ese día, le correspondía recoger los elementos de entrenamiento.

Arrastró una bolsa de malla llena de balones de voleibol hasta el contenedor grande que había junto a una de las pistas.

—Oye —dijo el entrenador Cordis, yendo hacia ella—. Has trabajado muy bien hoy.

Callie sonrió.

—Gracias.

—A Gracie le cuesta mucho el entrenamiento físico. Has hecho un gran trabajo ayudándola a llegar a la meta.

—Habría llegado igual sin mí. Solo la he animado.

—Le exigiste. Tal vez más de lo que se habría exigido ella misma. Eres una capitana estupenda, Callie. Si sigues así y consigues que el resto del equipo trabaje tan duro como tú, vamos a tener una muy buena temporada.

—Lo intentaré.

Blake Cordis entrenaba un equipo por primera vez.

Se había graduado en la Universidad de Wisconsin en mayo y estaba a punto de empezar su primer año como profesor de Historia.

Consiguió el puesto de entrenador principal casi por casualidad, cuando la veterana entrenadora de voleibol femenino se jubiló de forma inesperada por problemas de salud.

Blake fue un reemplazo de última hora, pero las chicas conectaron con él enseguida.

El año anterior, por esas mismas fechas, aún era alumno universitario, y Callie sabía que no estaba tan lejos de donde ella se encontraba ahora, a punto de empezar el último curso del bachillerato, lidiando con todo lo que eso significaba.

Pensaba en ello cada vez que se quedaba a solas con el profesor Cordis, algo que últimamente parecía ocurrir cada vez con más frecuencia.

Él apoyó la mano en la parte baja de su espalda, por encima de la cintura del pantalón corto y por debajo del borde inferior del top de deporte. El contacto piel con piel le provocó un escalofrío en el pecho.

—Cuento contigo este año, Callie. Es mi primer año aquí y necesito que me hagas quedar bien para que me vuelvan a contratar el año que viene —le susurró al oído, inclinándose hacia ella.

Callie soltó una risa incómoda y se sonrojó. Sintió algo en el estómago. ¿Emoción, quizá? ¿O los vestigios de adrenalina de la carrera?

Blake Cordis se enderezó, pero mantuvo la mano apoyada en su espalda. A ella no le molestaba. Si hubiera sido un chico del bachillerato, habría pensado en besarlo. Pero no lo era. Era su entrenador.

Aun así, no podía dejar de pensar en ello.

La carta la esperaba sobre el escritorio de su dormitorio, con el sello de la Universidad de Cincinnati estampado en el anverso.

Aunque iba dirigida a ella, Callie vio que el sobre ya estaba abierto.

Su madre había reconocido el sello y sabía que la carta contenía o bien la noticia de su admisión en el programa altamente competitivo de ocho años con acceso directo a Medicina, o bien una negativa cortés, y no había podido contenerse.

Callie desdobló la hoja y leyó la primera línea:

¡Enhorabuena! Nos complace informarte que has sido admitida en el programa DIRECTO de la Universidad de Cincinnati.

Como un fantasma que se materializa de la nada, su madre apareció en el vano de la puerta.

—¿Y bien? —preguntó, como si Callie no tuviera por qué haber notado que el sobre ya estaba abierto. Como si su madre no hubiera leído ya la carta y trazado ya los próximos ocho años de la vida de su hija como si fueran la trama de una novela romántica melodramática.

Callie le siguió la corriente, porque así era su madre.

Esperaba que su hija ignorase ciertas verdades: que había engañado a su padre y se había vuelto a casar con un hombre que a Callie le provocaba un rechazo profundo, que la utilizaba para llenar algún vacío de su juventud, o que había abierto la carta de admisión y leído cada palabra mientras ella estaba en el instituto, todo para que la existencia perfecta que estaba construyendo pudiera seguir siendo un cuento de hadas sin mácula.

Callie había aprendido hacía mucho tiempo a no cuestionar esa anomalía.

Hacerlo provocaba en su madre una reacción exagerada y teatral, con días enteros de sentirse traicionada y abatida.

Ese dramatismo le resultaba insoportable, así que Callie eligió sonreír y levantar la carta como si estuviera a punto de anunciar una primicia.

—¡Me han admitido!

—¡Ay, cariño, es fantástico!

Su madre irrumpió en el dormitorio y la estrechó en un abrazo apretado.

—¡Damien! —gritó—. ¡Damien, sube! Callie tiene una noticia maravillosa.

También esto era un reto que Callie sabía que no debía cuestionar. Habría preferido contarle la noticia a su padre antes que compartirla con su padrastro, pero expresar ese deseo —o mencionar siquiera a su padre— habría desatado una semana de discusiones, silencios y fingidos sentimientos heridos.

Su padrastro entró en el dormitorio, algo que Callie solo permitía porque su madre estaba presente.

Damien le producía rechazo por la forma en que las miraba a ella y a sus amigas.

Desde que se había mudado a vivir con ellas aquel verano, Callie había empezado a cerrar con llave la puerta por las noches.

—¡Han admitido a Callie en el programa DIRECTO! —anunció su madre.

—¡Eso sí que es fantástico! —comentó Damien, siguiendo la farsa.

—Tendrás que comunicarles esta misma semana que aceptas —añadió su madre.

Callie arqueó las cejas, miró al final de la carta, donde se indicaba ese detalle y sonrió ante lo ridículo de la situación.

—Voy a llamar a papá para contárselo.

Como el glaseado de un muffin demasiado caliente, la sonrisa se derritió del rostro de su madre. Callie quería que ambos se fueran de su habitación, y sabía que mencionar a su padre era la mejor manera de lograrlo.

—Adelante —dijo su madre antes de darse la vuelta y salir.

Cuando su madre se marchó, se quedaron solo Callie y Damien. Ella sobre la cama, Damien a unos pasos de distancia.

—¿Por qué haces eso? —preguntó Damien.

—¿El qué?

—Restregarle a tu padre en la cara.

—Acaban de admitirme en la universidad y en Medicina al mismo tiempo. Creo que es bastante normal querer contárselo a mi padre. Además, él va a pagar la matrícula. Porque tú no puedes pagarla, ¿no es así, Damien?

—Tu madre solo quería un momento para celebrarlo contigo. Está orgullosa de ti.

—No tienes permitido entrar en mi dormitorio. Esa es la única norma sobre la que mi padre aún tiene voz, aunque mi madre haya destrozado su matrimonio engañándolo contigo.