Capítulo 20
La detective Maddie Jacobson estaba sentada tras su escritorio en el Departamento de Policía de Milwaukee.
Intentaba trabajar, pero esa mañana no lograba avanzar en nada.
El tiempo que había pasado con Ethan en la cabaña del norte le parecía parte de otra vida, y cualquier paz que hubiera logrado en esos días tranquilos había desaparecido hacía mucho.
—Jacobson —dijo otro detective al pasar frente a su escritorio—, ¿no es hoy la audiencia de libertad condicional?
Maddie asintió.
—Sí. —Miró su reloj—. Está celebrándose ahora mismo.
—¿Y cómo es que no estás allí?
Maddie forzó una sonrisa.
—Fui la vez pasada. —Se dio una palmada en el pecho—. No creí que pudiera soportar verlo de nuevo.
—Ánimo. No hay manera de que ese hijo de puta salga en libertad.
Ella alzó la barbilla y sonrió mientras su colega se alejaba.
Maddie Jacobson tenía dieciséis años cuando se salvó por muy poco de ser la siguiente víctima del asesino del lago Michigan.
Durante treinta y dos años, había cargado con el peso de ser la única superviviente, la única mujer que conservó la vida tras ser secuestrada en las cercanías de Milwaukee durante el verano de 1993.
Ahora, a los cuarenta y ocho años, Maddie aún llevaba las heridas de aquel verano.
Una cicatriz le recorría el abdomen desde el ombligo hasta el esternón, donde él le había hundido el cuchillo.
La hemorragia interna y la pérdida de sangre le habían provocado una pérdida temporal de la visión del ojo izquierdo, hoy restablecida al nivel mínimo de agudeza visual necesario para ingresar en la Academia de Policía.
En el espejo y en las fotografías, las secuelas de la parálisis de Bell seguían siendo visibles: un nervio facial paralizado hacía que el lado izquierdo de su rostro cayera ligeramente.
En el seno izquierdo, tenía una cicatriz roja y moteada, donde él le había grabado un corazón negro en la piel.
Ni siquiera la pericia de un cirujano plástico había logrado borrarla por completo.
Los recordatorios físicos, sin embargo, palidecían en comparación con el daño psicológico.
Afortunadamente, con los años, se habían borrado casi todos sus recuerdos sobre el tiempo que pasó en cautiverio, de modo que solo con un gran esfuerzo de concentración recordaba cómo había logrado escapar de las orillas del lago Michigan después de que él la llevara allí para matarla y dejar su cuerpo en la misma pose que el de las otras ocho mujeres que había asesinado ese verano.
Esos recuerdos incluían un cuchillo improvisado que había fabricado con el borde metálico de un marco de fotos y un trozo de madera que encontró en la arena. Maddie había usado ambos para escapar.
Días después de que lograra escapar, detuvieron a Francis Bernard por el asesinato del detective Henry Hall, y dejaron de aparecer cadáveres de mujeres en las orillas del lago Michigan.
Maddie estaba convencida, más allá de toda duda razonable, de que Francis era el hombre que la había secuestrado.
Pero nunca se encontraron pruebas contundentes que lo vincularan con ella, y cualquier prueba que pudiera haber existido desapareció cuando Francis prendió fuego a su casa.
Treinta años después, en la primera audiencia de libertad condicional de Francis, Maddie conoció a Ethan Hall.
Ambos estaban allí para oponerse a que lo liberaran.
Aquel hombre había trastocado sus vidas de formas inimaginables; casi había matado a Maddie y la había condenado a una vida entera de pesadillas cada vez que conciliaba el sueño; y le había arrebatado el padre a Ethan cuando tenía solo trece años.
El dolor los había unido y un compromiso compartido de mantener a Francis entre rejas fortaleció su vínculo.
Ahora, dos años después, Ethan y ella eran más que amantes.
Eran almas gemelas, unidas al principio por circunstancias sombrías, pero ligadas para siempre por la determinación de impedir que las maldades de un hombre dictaran sus vidas o su felicidad.
A pesar de que Francis llevaba más de tres décadas entre rejas, Maddie no podía estar tranquila.
Diez años antes, cuando Bernard había pasado veintidós años preso, llegó la primera carta, una semana después de que la ACLU ganara una batalla legal exigiendo mejores condiciones de vida en la prisión donde él estaba recluido.
Una de las disposiciones concedidas otorgaba a los reclusos en aislamiento acceso al correo de Estados Unidos, lo que les permitía recibir y enviar cartas.
Y, como un reloj, desde entonces, una nueva carta había llegado al buzón de Maddie cada año.
—Hola —oyó la voz suave de Ethan a sus espaldas y giró lentamente la silla para mirarlo.
—¿Y bien?
—Denegada —respondió Ethan.
Maddie dejó escapar un largo suspiro.
—¡Gracias a Dios!