Capítulo 19
Ethan llegó pronto y se sentó en la primera fila, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre el regazo, en actitud serena.
Mientras esperaba, la sala se fue llenando hasta que no quedaron espacios libres, pero él no se giró en ningún momento para ver quiénes estaban allí.
Las audiencias de libertad condicional solían celebrarse en la prisión donde estaba el recluso, pero debido al alto perfil del caso, la de ese día se llevaba a cabo en un juzgado de Madison.
Ethan centró su atención en la puerta lateral de la sala.
Un rato después, cuatro miembros de la Junta de Libertad Condicional entraron con paso cansino, ocuparon la larga mesa dispuesta para ellos y, tras tomar asiento, se pusieron a organizar sus notas.
Las placas con sus nombres informaban al público quién era cada uno.
La puerta lateral se abrió y entraron dos agentes de custodia.
Ethan se irguió en su asiento y respiró hondo.
Los agentes asintieron y luego escoltaron a Francis Bernard hasta la mesa de la defensa, donde se sentó junto a su abogado, a solo tres metros de distancia.
Vestía el mono naranja de la prisión y tenía las manos y los pies encadenados.
Ethan observó cómo el abogado le susurraba algo al oído.
Francis asintió y luego miró por encima del hombro del letrado para abarcar a la concurrencia.
Su mirada se detuvo un instante en Ethan, que disfrutaba imaginando que aquel cruce iba acompañado de una sensación de esperanza perdida.
Un escalofrío helado le subió por la espalda cuando las comisuras de los labios de Francis se curvaron en una sonrisa.
La carrera de Ethan como agente especial de la DIC había durado diez años, período en el que fue responsable de enviar a prisión a muchos individuos profundamente perturbados.
Sin embargo, ninguno de aquellos delincuentes había estado encarcelado el tiempo suficiente para solicitar la libertad condicional, por lo que las audiencias de este tipo eran algo nuevo para él.
No había tenido ningún papel en el encarcelamiento de Francis Bernard.
No obstante, sí había sido una pieza fundamental para que siguiera entre rejas.
Su testimonio había llevado a la Junta a denegarle la libertad condicional por primera vez dos años antes.
Y Ethan pensaba estropearle los planes de nuevo ese día.
Mantuvo la mirada fija en los ojos del hombre, el rostro inexpresivo, hasta que Francis terminó por apartarla.
—Buenos días —dijo la mujer sentada en el centro de la mesa, para dar comienzo a la audiencia.
La sala se sumió en silencio y todos tomaron asiento.
—Me llamo Christine Jackson, soy la presidenta de la Junta de Libertad Condicional de Wisconsin. Nos reunimos aquí hoy, 14 de julio de 2025, para llevar a cabo la audiencia de libertad condicional del señor Francis Bernard.
Bajó la vista hacia sus notas.
—Señor Bernard, en 1993 fue usted condenado por homicidio en segundo grado por la muerte de Henry Hall, detective del Departamento de Policía de Milwaukee.
Fue sentenciado a sesenta años de prisión, con la posibilidad de obtener la libertad condicional tras cumplir la mitad de la sentencia, es decir, treinta años.
Esta es su segunda solicitud, habiendo sido denegada la primera en 2023.
Entre los asistentes de hoy se encuentran Whalen y Ernest Bernard, sus padres, así como su hermana Margaret.
También contamos con la presencia de Clint Dackery, jefe hoy retirado del Departamento de Policía de Milwaukee, y de Ethan Hall, hijo de la víctima.
La audiencia comenzó con la intervención del abogado de Bernard, que durante quince minutos expuso la legislación del estado de Wisconsin, según la cual las personas condenadas antes del 31 de diciembre de 1999 podían acceder a la libertad condicional tras cumplir dos tercios de su condena.
En el caso de Francis, aquello significaba que, independientemente de la decisión que tomara la Junta ese día, quedaría en libertad dentro de ocho años.
A continuación, el letrado hizo un repaso del comportamiento ejemplar de su cliente durante los últimos treinta y dos años.
Francis no solo había evitado sanciones disciplinarias en prisión, sino que, además, se había inscrito en un programa de estudios bíblicos.
El abogado continuó hablando del progreso que había hecho en los últimos años en su fe y en la búsqueda de un ser superior.
Después intervinieron los ancianos padres de Francis, que rompieron en llanto al hablar de la “pérdida” de su hijo y de no haber podido compartir tiempo significativo con él durante tres décadas.
Sí, había cometido un acto terrible, reconocieron, pero ya no era el mismo hombre que en aquel entonces.
Había pagado su deuda, argumentó su madre, y merecía reunirse con su familia.
Durante todo aquello, Ethan permaneció impasible, esperando su turno. Cuando la Junta preguntó si el jefe Dackery deseaba intervenir, este cedió la palabra a Ethan.
—No, señora —dijo Dackery—. Creo que el hijo de Hank habla por todos nosotros.
—¿Señor Hall?
Ethan asintió y se puso de pie.
—Gracias. Mi nombre es Ethan Hall. Henry Hall era mi padre.
Francis Bernard lo mató cuando yo tenía trece años.
Francis Bernard no solo me arrebató a mi padre; también se lo arrebató a mi hermana, que entonces tenía diez años.
Cuando mató a mi padre, le quitó a mi madre a su esposo.
Les quitó a mis abuelos a su hijo. Le quitó a mi tía a su hermano.
Así que, encontrándome hoy en esta sala, me resulta casi irónico que el abogado de Francis Bernard presuma del recluso ejemplar que ha sido durante los últimos treinta años y de todo lo que ha logrado en prisión, incluido, según hemos sabido esta mañana, haber encontrado a Jesús.
”Pero creo que conviene señalar que, durante esos mismos treinta años, mi padre también podría haber hecho grandes cosas.
Podría haber seguido entregado a su vocación como detective y ayudado a muchas familias más.
Podría haber criado a sus dos hijos. Podría haber acompañado a su hija hasta el altar el día de su boda.
Podría haber visto nacer a su nieto. Podría haber cuidado de su esposa cuando enfermó de cáncer.
Podría haber enterrado a sus padres cuando fallecieron.
Así que los treinta años en los que el señor Bernard supuestamente ha trabajado para convertirse en una mejor persona son los mismos treinta años que le quitó a mi padre, que nunca tuvo la oportunidad de ser más de lo que era el día en que llamó a la puerta de Francis Bernard.
Ethan hizo una pausa. La sala estaba sumida en un silencio sepulcral.
—Y esta mañana considero importante que la Junta de Libertad Condicional entienda por qué mi padre llamó a la puerta de Francis Bernard aquel día.
Como detective del Departamento de Policía de Milwaukee, mi padre acudió al domicilio de Bernard para interrogarlo sobre una serie de asesinatos ocurridos en la zona de Milwaukee aquel verano.
Mi padre era el investigador principal de los llamados “asesinatos del lago Michigan”.
Verán —dijo Ethan, dirigiendo la mirada a los miembros de la Junta—, durante el verano de 1993 alguien asesinó a varias mujeres y dejó sus cadáveres a orillas del lago Michigan, después de degollarlas y de tatuarles un corazón negro en el pecho.
—Señora Jackson —intervino el abogado de Francis, poniéndose de pie—, lamento la interrupción, pero es fundamental señalar que mi cliente fue acusado y condenado por un único delito, que ha reconocido y del que ha expresado un profundo arrepentimiento.
A Francis Bernard nunca, repito, nunca, se lo acusó de los crímenes que acaba de mencionar el señor Hall ni se lo vinculó con ellos.
—Nunca se lo acusó, pero sí fue sospechoso en ese caso —replicó Ethan—.
Y por eso mi padre acudió a su casa aquel día: para interrogarlo sobre los asesinatos del lago Michigan.
Es importante tener en cuenta, a la hora de valorar si se le concede la libertad, que aquel verano fue sospechoso de la muerte de ocho mujeres.
Y cuando mi padre llegó a su domicilio para preguntarle por esos crímenes, Bernard le disparó en el rostro.
”¿Y qué hizo Francis Bernard después de dispararle a un detective de la policía de Milwaukee?
¿Huyó? No. ¿Llamó a una ambulancia? No. Volvió a entrar en su casa y le prendió fuego.
Inició un incendio en el sótano que arrasó toda la zona.
Los bomberos solo recibieron el aviso cuando las llamas y el humo se volvieron lo bastante intensos como para que los vecinos lo advirtieran.
Cuando llegaron, encontraron a mi padre muerto en el vestíbulo y el sótano completamente destruido.
Así que, mientras la Junta evalúa las súplicas de Francis Bernard para quedar en libertad, yo les pregunto: ¿por qué creen que mató a mi padre?
¿Y por qué creen que lo primero que hizo después fue incendiar el sótano?
De nuevo, un silencio inquietante acompañó la pausa de Ethan.
—Francis Bernard hizo todo eso para ocultar pruebas que lo habrían identificado como el asesino del lago Michigan.
—Una vez más —replicó el abogado de Francis, aún en pie—, insto a la Junta a ignorar las conjeturas del señor Hall, que vinculan a mi cliente con delitos distintos de aquel por el que fue condenado.
—Sí —respondió Ethan—. Les ruego que hagan exactamente eso: ignoren mis conjeturas, si así lo desean.
Pero también les pido que no le pregunten a Francis Bernard si se arrepiente de haber matado a mi padre, sino por qué lo mató.
Pregúntenle por qué asesinó a un detective que acudió a su casa con el único propósito de preguntarle por ocho mujeres asesinadas aquel verano.
Luego pregúntenle por qué, minutos después, incendió su vivienda.
Y, si responde a esas preguntas, por favor, háganle una más.
En el silencio ensordecedor que envolvía la sala, Ethan apartó la mirada de la Junta y la fijó en Francis Bernard.
—Pregúntenle por qué, después de que lo arrestaran por el asesinato de mi padre, dejaron de aparecer mujeres muertas en las orillas del lago Michigan.
Ethan volvió a sentarse y entrelazó las manos sobre el regazo. La audiencia se prolongó otros treinta minutos y concluyó con la decisión unánime de la Junta de denegar la solicitud de libertad condicional de Francis Bernard.