Capítulo 18
La empresa Trasteros Lakeside estaba situada en Maple Bluff, un pequeño suburbio de Madison, en la orilla noroeste del lago Mendota. A primera hora del viernes por la mañana, entró en la casa prefabricada que hacía las veces de oficina y sonrió a la mujer que estaba detrás del mostrador.
—Hola —dijo—. Necesito alquilar un trastero individual.
—¿De qué tamaño, cariño? —preguntó la mujer.
—Eh…, mediano, supongo.
—Los más pequeños que tenemos son de tres por tres metros. Son bastante compactos. Luego tenemos dos medianos: de seis por seis y de nueve por nueve metros. El más grande es…
—El de seis metros debería de valer.
La mujer tomó los papeles y empezó a escribir.
—¿Para qué vas a utilizar el trastero?
—Hum…, estoy vaciando el sótano, pero todavía no estoy lista para deshacerme de todo lo que hay allí.
La mujer levantó la vista del formulario.
—Necesito un nombre y una tarjeta de crédito.
—Eugenia Morgan —dijo ella, entregándole la tarjeta.
—Todos los meses, se te carga el importe a la tarjeta de crédito. Si se cancela o vence, te damos noventa días para presentar otro medio de pago. Pasado ese tiempo, vaciamos el trastero. Todo va al contenedor de basura: nada de subastar los objetos como en la televisión.
—Entendido.
Sabía que, tarde o temprano, la tarjeta de crédito quedaría al descubierto, pero eso llevaría un par de meses. Para entonces, ella ya se habría marchado, y las personas a las que Francis quería mostrar las fotos habrían descubierto el trastero.
—El trastero de seis por seis cuesta ochenta y nueve dólares. Se paga el día quince de cada mes. Necesito que completes la parte superior con tus datos personales: nombre, dirección y teléfono. Luego firma abajo.
Ella obedeció y garabateó una firma.
La mujer le pasó un sobre pequeño por sobre el mostrador.
—Trastero 223. La llave está dentro del sobre y abre la puerta lateral. La cortina metálica frontal se controla con un teclado; el código está en el frente del sobre. Toda tuya.
—Gracias —dijo ella; cogió el sobre y salió a toda prisa de la oficina.
Unos minutos después conducía el Ford Focus por el camino de grava frente a los trasteros para ver si encontraba el número 223.
Sospechaba que las cámaras de seguridad estaban registrando cada uno de sus movimientos, lo que le parecía perfecto.
Bajó del coche y caminó hasta la gran puerta metálica.
Los trasteros eran independientes y estaban dispuestos en una larga hilera.
Al fondo, entre los trasteros, se alcanzaba a ver el lago Mendota.
Tecleó el código de cuatro dígitos y la puerta se levantó con un traqueteo.
Accionó un interruptor en la pared y encendió las luces fluorescentes del techo.
Volvió a subir al coche, giró el volante y dio marcha atrás hasta que la parte trasera quedó dentro del trastero.
Tardó diez minutos en descargar el contenido del maletero.
Era todo lo que había recogido del baúl en el almacén abandonado dos noches antes.
Tocar aquellos objetos —sobre todo las fotografías de las mujeres muertas— le daba escalofríos.
Dispuso las fotos tal como Francis le había indicado y supo que estaría satisfecho con su trabajo.
Tras cerrar el trastero, salió del lugar y condujo una hora y media hasta Boscobel.
Le dolía sentir que estaba tan cerca de Francis y que no podía verlo.
Pero no había ido de visita a la cárcel.
Ese día, el viaje a Boscobel tenía otro propósito.
Buscó la oficina de correos, entró en el carril de autoservicio y se detuvo frente al buzón.
Del compartimento bajo el tablero sacó un par de guantes de látex y se los puso.
Después sacó un sobre de la guantera, dirigido a Maddie Jacobson.
Lo dejó caer por la ranura del buzón, asegurándose de que la carta —como todas las demás— llevara el matasellos de Boscobel, y se marchó.
Hasta el momento, había cumplido todas las tareas que Francis le había encomendado.