La marca del psicópata Capítulo 17
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Capítulo 17

—¿Fue una bola recta o curva? —preguntó Ethan.

—Recta —respondió el chico.

—Eso pensé. Si es una curva mal lanzada, te la mandan al izquierdo. Si es una recta tirada al medio, te vuelve por el centro. A ver, permíteme echar un vistazo.

Ethan bajó la lámpara que colgaba del techo. El chico retiró la bolsa de hielo y dejó al descubierto el ojo derecho, cerrado por completo por la hinchazón y con un corte considerable en la parte superior del pómulo.

—Un golpe feo —dijo Ethan—. Pero la buena noticia es que las radiografías y la tomografía no muestran ninguna fractura. Así que, aunque ahora tengas este aspecto, en poco tiempo estarás como nuevo. No habrá daño permanente.

—¿Y el corte? —preguntó la madre.

Ethan acercó la lámpara para verlo mejor.

—Está limpio. Lo cerraré con suturas subcutáneas. Va a cicatrizar sin dejar marca. Dentro de un año no sabrás ni qué pasó. Eso sí, dale un poco de movimiento a la recta. Si le das efecto lateral, el bateador casi ni te la va a tocar y va a salir débil al campo corto. El chico sonrió.

—Lo voy a practicar.

Cuando Ethan terminó de suturar la herida, se despidió y dejó que la enfermera de altas se encargara del resto.

El turno había terminado y su pantalla de pacientes estaba vacía.

Se dirigió a la sala de médicos para completar las historias clínicas antes de irse.

Cuando empezaba la última, oyó que llamaban a la puerta y vio en el umbral a Chip Carter, el director ejecutivo del hospital.

Chip había comenzado su carrera en Emergentología antes de dar el salto al área de la administración hospitalaria.

Además del título de médico, tenía un posgrado en Administración.

Ethan sospechaba que ganaba más de un millón de dólares al año dirigiendo el hospital más concurrido de Madison.

—Chip —lo saludó Ethan, mirando el reloj—, ¿trabajando hasta tarde?

Ethan tenía el turno de la tarde esa semana, de 15.00 a 23.00.

Chip sonrió.

—Acabo de terminar un evento de recaudación de fondos y pensé en pasar a charlar.

Ethan cerró la sesión del ordenador.

Chip sacó un ejemplar del Milwaukee Journal Sentinel que llevaba doblado bajo el brazo y lo dejó sobre el escritorio, abierto en el artículo sobre Callie Jones.

—“Con la elección del gobernador Jones” —leyó, citando el texto palabra por palabra—, “se pone en marcha una nueva investigación sobre la desaparición de su hija en 2015. Lo que añade aún más intriga a la reapertura del caso es que Ethan Hall, antiguo investigador del Departamento de Investigación Criminal de Wisconsin, convertido en médico de Urgencias, ha sido designado para encabezar la investigación sobre la desaparición de Callie Jones”.

Ethan cerró los ojos. Los del Gobierno eran expertos en apretar las tuercas.

Desde que se había reunido con el gobernador Jones a finales de la primavera, circulaban rumores discretos sobre la reapertura del caso de Callie Jones.

Ethan solo había accedido a revisar el expediente y a dar su opinión, algo que todavía no había hecho.

Estaba postergándolo, dándole vueltas, haciendo todo lo posible para no comprometerse formalmente porque no le agradaba la idea de poner marcha atrás en su vida y volver a interactuar con algo que una vez casi lo había destruido.

Así que para presionarlo y forzarlo a decidir, los peces gordos habían filtrado la historia a la prensa.

Ethan había visto los artículos en el Journal y en el Capital Times .

Las noticias corrían rápido, y Cherryview, el pequeño pueblo del que Callie Jones había desaparecido, hervía de expectativa ante la posible reapertura de un caso sin resolver de hacía diez años que había dejado pasmada a la comunidad.

Uno de los casos más importantes de personas desaparecidas de la región en las últimas dos décadas —amplificado ahora por la elección de Mark Jones— estaba a punto de ocupar el centro de la escena y tenía todos los ingredientes para convertirse en la historia sensacionalista del verano.

El flamante gobernador, con el Departamento de Justicia del Estado a su disposición, estaba desesperado por encontrar respuestas sobre lo que había ocurrido con su hija años atrás.

Y, de algún modo, Ethan se encontraba en medio de todo aquello.

Había pensado comentarlo con la administración del hospital, pero Chip Carter se le adelantó.

—Además, dos párrafos enteros sobre tu trabajo en nuestro servicio de Urgencias, dónde estudiaste Medicina y especulaciones sobre por qué dejaste tu antigua profesión. Y también bastante sobre tu padre.

—Lo he leído —dijo Ethan.

—No debería tener que decírtelo, pero o eres médico en este hospital o eres investigador de la DIC. Ambas cosas, no.

—No estoy investigando nada, Chip. Me pidieron que revisara el expediente, nada más.

—¿Y aceptaste?

—Bueno, cuando el gobernador te pide un favor, por lo general dices que sí.

—No quiero que interfiera con tu trabajo aquí, Ethan.

—No lo hará.

—Hay cuestiones de responsabilidad que debemos considerar.

Si estás distraído con un caso policial, podría nublársete el criterio al tratar una urgencia médica.

Imagina que mandas a alguien a casa y sufre un ictus una hora después porque pasaste algo por alto en los estudios médicos. El hospital tendría que hacerse cargo.

—Es muy probable que mi seguro de mala praxis lo cubra, pero entiendo tu razonamiento, Chip.

—Sea como sea, es una pesadilla en potencia y algunos me están comiendo la cabeza con este asunto.

—Voy a revisar el caso en mi tiempo libre. Nada más, Chip. Eso es todo, a pesar de los titulares sensacionalistas.

Chip lo pensó un momento y luego asintió.

—Asegúrate de que no se interponga con tu trabajo aquí. Si ocurre, tendré que replantearme tu puesto con nosotros.

—Entendido.

Chip asintió antes de darse la vuelta y marcharse. Cuando se fue, Ethan acercó el periódico hacia sí.

Lo que añade aún más intriga a la reapertura del caso es que Ethan Hall —antiguo investigador del Departamento de Investigación Criminal de Wisconsin, convertido en médico de Urgencias— ha sido designado para encabezar la investigación sobre la desaparición de Callie Jones.

Hall procede de una familia vinculada a las fuerzas del orden.

Su padre, Henry Hall, detective del Departamento de Policía de Milwaukee, murió en acto de servicio mientras investigaba la masacre del lago Michigan en 1993.

Arrojó el diario a la papelera. Era extraño, pero el caso de Callie Jones y su regreso a regañadientes a la DIC no eran lo que amenazaba con distraerlo de su trabajo.

Ese lugar lo ocupaban Francis Bernard, el hombre que había matado a su padre, y la idea de que estaba a punto de encontrarse cara a cara con él.