La marca del psicópata Capítulo 16
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Capítulo 16

A mediados del siglo xix, se construyeron corrales ganaderos en el valle del río Menomonee, en el lado oeste de Milwaukee, para albergar las cabezas de ganado que llegaban de a miles a la ciudad en tren y que luego eran enviadas a los mataderos y a las plantas de procesamiento.

Abandonados desde hacía mucho tiempo, nadie supo al principio qué hacer con aquellos terrenos, así que permanecieron vacíos y aislados durante años.

Aunque el valle —que se extendía desde el estadio de béisbol American Family Field, al oeste, hasta el Museo Harley-Davidson, al este— había sido reconstruido en las últimas décadas, todavía albergaba varios almacenes abandonados del antiguo distrito que no habían caído en manos de constructores y promotores inmobiliarios.

La mayoría de esas estructuras se levantaban junto a las vías del tren y temblaban cada vez que pasaba un tren de carga, lo que hacía que fuera casi imposible transformarlas en viviendas.

Mientras conducía por el antiguo recinto de corrales, el corazón le golpeaba en el pecho como un animal rabioso intentando salir.

Francis la había enviado allí y ella estaba ansiosa por complacerlo siguiendo sus instrucciones al pie de la letra.

Un relámpago rasgó el cielo, seguido de un trueno feroz.

La lluvia caía a cántaros y los limpiaparabrisas casi no daban abasto.

Entornó los ojos en la oscuridad mientras los faros le marcaban el camino.

Buscó a lo lejos las luces del estadio, con la esperanza de sentir cierto consuelo porque miles de personas estuvieran cerca.

Pero el techo retráctil estaba cerrado y no se veía ninguna luz, lo que aumentaba la inquietante sensación de soledad.

Después de que Francis le indicara el lugar durante la visita del día anterior, ella había repetido la dirección una y otra vez al salir de la prisión.

Al llegar al coche, anotó en su libreta todo lo que él le había pedido.

Se quedó una hora en el aparcamiento repasando las instrucciones, reconstruyendo con cuidado la conversación para no olvidar ni el más mínimo detalle.

Lo más importante era el número del almacén.

“Nueve. Almacén número nueve”.

Cruzó las vías y giró hacia un camino estrecho y mal pavimentado.

El agua de lluvia llenaba los baches y el coche rebotaba mientras avanzaba despacio.

A la derecha quedaban las vías; a la izquierda, una hilera de almacenes abandonados.

Condujo hasta que lo vio. Años de sol habían desteñido la puerta orientada al este, borrando la pintura hasta dejar casi invisible un número 9 de un color blanco sucio.

Milagrosamente, pese al estado ruinoso del edificio y a su ubicación poco digna, había logrado encontrarlo.

Y con el hallazgo llegó una descarga de adrenalina por lo que la esperaba dentro.

Detuvo el coche cerca de la entrada y dejó el motor en marcha.

Abrió la puerta del conductor y sacó un paraguas, pulsó el botón del mango y lo abrió.

Salió del coche; la lluvia repiqueteaba contra la tela del paraguas.

La habitual bajada de temperatura que acompaña a las tormentas de verano no había llegado, y el calor se mezclaba con la lluvia, haciendo que pareciese que estaba bajo una ducha caliente.

Se dirigió a la puerta del almacén y accionó el picaporte de la puerta, que no estaba cerrada con llave, tal como Francis había dicho.

La puerta se abrió con un chirrido y entró.

El aguacero retumbaba sobre el techo de chapa.

Cerró el paraguas y sacó una linterna, que encendió y usó para iluminar el interior, a fin de orientarse.

El almacén estaba vacío salvo por restos de basura y objetos dispersos.

Era evidente que el lugar servía de refugio ocasional para personas sin hogar.

Había agujas y jeringas en el suelo y camas improvisadas junto a las paredes.

Siguiendo las indicaciones de Francis, se dirigió con paso rápido hacia el lado sureste del almacén, guiada por la linterna.

Al llegar a la esquina, apuntó hacia arriba y encontró la escalera metálica retráctil a unos tres metros de altura.

Con el mango curvo del paraguas enganchó el peldaño inferior.

Al tirar, la escalera descendió con estrépito hasta quedar a casi un metro del suelo.

Dejó caer el paraguas, se puso la linterna entre los dientes y empezó a subir.

Un relámpago iluminó fugazmente su destino: una pasarela enrejada y un altillo.

Al llegar arriba, se quitó la linterna de la boca y alumbró el rellano.

El baúl de metal oscuro estaba exactamente donde Francis le había asegurado que estaría.

Se arrastró por el altillo y avanzó hacia él.

Otro relámpago le permitió ver a través del enrejado el suelo del almacén, muy abajo, y tomar conciencia de la altura a la que se encontraba.

Respiró hondo para calmar los nervios. Cuando llegó al baúl, vio el gran candado de combinación que cerraba la tapa.

Recordaba los números que Francis le había dado: 21-4-36.

Giró la rueda a la derecha hasta el veintiuno, luego a la izquierda hasta el cuatro y finalmente otra vez a la derecha hasta el treinta y seis. Cerró los ojos y tiró. El candado cedió. Abrió la tapa del baúl.

Dentro había decenas de viejas cintas de audio y de vídeo, además de montones de fotografías apiladas.

No sabía qué contenían las cintas, pero por lo que mostraban las imágenes no era difícil hacerse una idea.

Miró las fotos durante unos segundos: copias en papel brillante de 20 x 25 centímetros.

Eran de las ocho mujeres que habían muerto en el verano de 1993, víctimas de los asesinatos del lago Michigan.

Todas habían sido halladas en la orilla, con la garganta cortada y un corazón negro tatuado en el pecho.

Sostuvo una de las fotos, sin poder creer lo que veía.

—Ah, Francis, ¡eres un demonio!