Capítulo 15
Seguía en Wisconsin, en algún sitio cerca de Madison.
No muy lejos de casa, pero al mismo tiempo, a un millón de kilómetros.
Lo sabía por las noticias locales. Su celda —o calabozo, o zona de reclusión o cómo diablos se llamara el lugar donde la tenían cautiva— tenía un televisor de pantalla plana colgado en la pared que le permitía matar el tiempo viendo cualquier canal disponible.
La mejor señal era la de las noticias locales, una emisora afiliada de Madison.
La sofocante ola de calor que azotaba el Medio Oeste dominaba el ciclo informativo.
Pero también había algo nuevo. Las autoridades de Wisconsin, por orden del nuevo gobernador, habían reabierto el caso de la desaparición de Callie Jones.
Subió el volumen para escuchar la información más reciente.
En la habitación había un sofá que se convertía en cama, una mesa de centro y un pequeño refrigerador con botellas de agua.
Al otro lado, frente a la puerta cerrada con llave que había pasado horas examinando en busca de algún modo de abrirla, atravesarla o llegar de alguna forma adonde la esperaba la libertad, había un baño con ducha.
Hasta el momento no había encontrado ningún punto débil en la puerta, salvo la ranura por donde su captor le pasaba comida diariamente o cada dos días.
Se había asomado y había visto que del otro lado había una habitación que parecía un sótano sin terminar.
La presentadora acababa de comenzar el informe sobre la reapertura del caso de la hija del gobernador Jones cuando oyó que fuera se cerraba la puerta de un coche.
Silenció el televisor y se levantó del sofá.
La primera vez que una bolsa de comida rápida había caído por la ranura se sorprendió.
Desde entonces, la comida llegaba como un reloj y muchas veces pensó en tender una emboscada.
En sujetar la mano que se colaba por la abertura para dejar la comida.
Pero qué haría después, una vez que tuviera sujeto el brazo de su captor, era un misterio.
Así que decidió que lo mejor era observar.
Corrió hacia la puerta, levantó la compuerta y se asomó.
Miró el descansillo de la escalera del sótano y esperó a que se iluminara cuando se abriera la puerta de arriba.
Así ocurrió, y oyó pasos que bajaban deprisa los peldaños.
Lo que vio a continuación la dejó atónita.
Siempre había imaginado a su captor como un hombre grande, tosco y desaliñado.
En cambio, vio a una mujer con una máscara negra que se acercaba a la puerta.
Bajó la mirilla rápidamente y se hizo a un lado para observar cómo empujaba la bolsa de Culver’s por la ranura y esta caía al suelo.
En cuanto la bolsa tocó el suelo, volvió a levantar la abertura.
Vio que la mujer caminaba hasta el descansillo y desaparecía escaleras arriba, dejándola sola con la comida rápida.
Desde arriba llegó el tintineo de unas llaves y el giro del cerrojo de la puerta principal al cerrarse.