La marca del psicópata Capítulo 14
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Capítulo 14

Superó el primer nivel de seguridad —el cuestionario, los detectores de metales y el registro en busca de armas— y al final, se internó en las entrañas del edificio.

Era allí, en el interior del centro, lejos de los muros exteriores, donde estratégicamente faltaban cámaras de seguridad o estaban fuera de servicio y donde los funcionarios podían hacer y deshacer a su antojo.

En los pasillos en penumbra, mientras la guiaban por puertas y esquinas, ellos la tocaban de manera inapropiada en la parte baja de la espalda.

En esa zona de la prisión no existían leyes.

Si a alguien no le gustaba lo que ocurría allí, la única opción era dejar de ir.

Ella no hizo más que sonreír a los funcionarios zalameros que disfrutaban tocándola.

Cuando por fin llegó a la zona de visitas, el funcionario extendió el brazo por encima de su hombro y ella lo oyó inhalar para olerle el cabello.

Le daba asco, pero lo aceptó porque ya casi estaba.

Por fin se sentó en el cubículo. Un momento después, la puerta del otro lado del vidrio se abrió y apareció Francis.

En persona era aún más atractivo. Sus penetrantes ojos azules eran pequeños oasis en unas cuencas marcadas por ojeras.

Llevaba el cabello muy corto, distinto de como lo había llevado antes de que lo encerraran en prisión.

Atribuyó ese corte a las bandas de reclusos a las que Francis se habría visto obligado a unirse para mantenerse a salvo allí dentro.

A ella le gustaba más con el cabello largo, pero jamás se lo diría.

Tal vez pronto pudiera dejárselo crecer otra vez.

Algún día, cuando estuvieran juntos. Cuando pudieran interactuar directamente y no a través de un grueso panel de vidrio.

Estaba convencida de que ese día llegaría de manera inevitable.

Francis le sonrió al sentarse y se llevó el auricular al oído. Ella hizo lo mismo y durante largos segundos lo oyó respirar.

Había soñado con él la noche anterior. Se le encendieron las mejillas al recordar la fantasía y lo que le había permitido hacerle en su imaginación.

Francis apoyó la palma abierta contra el vidrio. Ella hizo lo mismo.

—¿Eugenia? —preguntó.

Ella asintió.

—La única manera de que esto funcione es que hagas todo lo que te pida y que en ningún momento te apartes del plan.

—Hasta ahora no lo he hecho —dijo ella, hipnotizada por su presencia.

—Aún no te he pedido que hagas las cosas difíciles.

—Haré lo que sea por ti.