Capítulo 13
Eran las diez cuando sonó el timbre. Eugenia llevaba un rato caminando de un lado a otro por la casa, demasiado nerviosa por su visita a la cárcel al día siguiente como para ver la televisión, leer un libro o hacer cualquier cosa que no fuera pensar que por fin lo vería.
Se había obligado a salir del sótano porque sabía que, si no, podía pasarse toda la noche mirando fotos y viendo vídeos de él, y necesitaba dormir bien para estar fresca y despejada a la mañana siguiente.
Pero temía no poder dormirse. Estaba, sencillamente, demasiado alterada.
Y no se atrevía a tomar un sedante por miedo a dormir de más.
Para pasar el tiempo, se había puesto a limpiar la casa, y estaba de rodillas fregando el suelo del baño cuando sonó el timbre. Se quedó escuchando un instante. El timbre volvió a sonar.
—Ay, por Dios —murmuró mientras se incorporaba.
Llevaba el cabello negro recogido en un moño y unos guantes de goma amarillos. Con el rostro enrojecido por el esfuerzo, se dirigió a la puerta principal.
Apartó la cortina y se asomó por la ventana. Parpadeó, sorprendida, al ver a la mujer que estaba en el porche. Luego abrió la puerta despacio. Era como mirarse en un espejo, o contemplar a una hermana gemela que no tenía.
—¿Necesitas algo? —preguntó Eugenia, desconcertada.
La mujer sonrió.
—Sí. Me envía Francis.