La marca del psicópata Capítulo 12
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Capítulo 12

Eugenia Morgan llegó a casa y fue directa al baño.

Se tomó su tiempo bajo el agua de la ducha.

Había tenido una noche ajetreada y un fin de semana igual de movido.

Sentía que estaba soñando. De hecho, desde que la carta de él llegó a su buzón, se despertaba cada mañana con el temor de que su mente la hubiera engañado, haciéndole creer que todo aquello era real.

La carta manuscrita de Francis Bernard había llegado la semana anterior.

Ella le había escrito muchas veces a lo largo de los años, pero nunca recibió respuesta.

Hasta la semana pasada. Aquella carta era la primera pieza auténtica de él que poseía.

Todo lo demás que había reunido eran recuerdos y objetos relacionados con él de forma indirecta: fotos, vídeos, anuarios escolares, gorras y prendas que otros le habían dicho que alguna vez le pertenecieron.

Pero la carta era la primera posesión creada por su propia mano.

La había olido y acariciado, absorbiendo todo lo que esa única página podía ofrecerle de él.

La había leído cientos de veces, hasta que las frases quedaron grabadas en su mente. Podía recitarla de memoria.

En la carta, Francis le explicaba por qué no había respondido a las muchas cartas que ella le había enviado durante años.

Tenía permitido recibir correspondencia, pero le habían negado el derecho a responder cartas.

Solo hacía poco, tras años de buena conducta y gracias al impulso de la ACLU, la Unión Estadounidense de Libertades Civiles, le habían concedido el derecho a enviar cartas por correo dentro del país.

La primera carta que escribía era para ella.

Y las noticias que le transmitía la tenían absolutamente eufórica.

La había incluido en su lista de visitas autorizadas y había solicitado que fuera a verlo a Boscobel. Era un sueño hecho realidad.

Al terminar de ducharse, giró el grifo hacia el agua fría y permaneció un minuto más bajo el chorro helado.

Al salir, dejó que el agua se evaporara en su piel mientras se pasaba un cepillo por el cabello negro azabache y admiraba su cuerpo en el espejo.

Tenía treinta y dos años, era alta y con el cuerpo tonificado.

Anhelaba el día en que pudiera entregarse por completo a él.

Se puso unos pantalones cortos de seda para dormir y una camiseta de tirantes antes de bajar a la cocina, donde sacó una botella de agua de la nevera y luego abrió la puerta del sótano.

Encendió la luz de la escalera y bajó; los peldaños de madera crujieron bajo sus pies.

Cuando compró la casa, la agente inmobiliaria había querido evitar que viera el sótano, que consistía en una amplia zona sin terminar de acondicionar y un pequeño dormitorio contiguo.

Pero Eugenia había visto enseguida su potencial.

Había colocado una alfombra mullida sobre el suelo de hormigón en la zona principal y había colgado una manta de colores sobre una de las paredes de bloques de hormigón.

Una bandera enorme cubría la segunda pared.

La había mandado a hacer en blanco, con un único corazón negro en el centro como complemento perfecto para su santuario.

Sin embargo, la tercera pared siempre había sido el centro de su atención cuando bajaba al sótano.

Estaba cubierta de cientos de fotos de Francis Bernard, junto con artículos de prensa de décadas atrás sobre los asesinatos del lago Michigan.

Entre las fotos de Francis también aparecían los rostros de las mujeres que habían sido asesinadas.

Había incluso una foto de Henry Hall, el detective de la policía por cuyo asesinato Francis había sido condenado.

Frente a la pared había un escritorio con un ordenador. Eugenia se sentó y movió el ratón para activar la pantalla.

—Hola, guapo —dijo cuando apareció el fondo de pantalla: una imagen en primer plano de Francis—. No veo la hora de que nos conozcamos.

Movió el cursor hasta una carpeta y abrió el documento para completar los formularios del Departamento de Prisiones de Wisconsin necesarios para visitar a reclusos en prisiones estatales.

Ahora que Francis la había añadido a la lista de visitas autorizadas, no debería de tener problemas.

Aun así, fue meticulosa al completar los formularios.

Las prisiones eran conocidas por denegar las visitas por infracciones insignificantes y ella iba a asegurarse de que nada le impidiera verlo.

Cuando terminó, imprimió los formularios y los colocó en una carpeta sobre el escritorio.

Con el papeleo completado, la emoción se apoderó de ella, concentrada en una oleada que nacía cerca de su ombligo y descendía.

Se levantó de la silla para admirar el mural que había creado con imágenes del apuesto y encantador Francis Bernard.

Con los años había encontrado fotos de él en todas las etapas de su vida.

Las había ordenado cronológicamente, comenzando con su infancia y avanzando por sus años escolares. Incluso entonces ya era guapo.

El siguiente grupo de fotos correspondía a su época en la Universidad de Chicago, donde jugaba al rugby y participaba activamente en foros de debate.

Le encantaban las imágenes de Francis sobre el escenario, de pie detrás de un atril, vestido con traje y corbata.

Contrastaban con fotos suyas en pantalones cortos y una camiseta de rugby ajustada que intensificaban el cosquilleo en su vientre.

Después venían las fotos de Francis en la Facultad de Derecho y en su trabajo en el mundo empresarial.

Por último, el lado derecho de la pared contenía imágenes del juicio por el asesinato de Henry Hall, que culminaban con su ficha policial después de que lo detuvieran.

Las fotos con el mono naranja en el momento de dictarse la sentencia eran las imágenes finales del mural.

La vida entera de ese hombre estaba desplegada ante ella.

Su terapeuta lo llamaba obsesión. El término médico era hibristofilia.

Pero Eugenia sabía que no padecía ningún trastorno ni obsesión. Estaba enamorada.

Volvió a sentarse frente al ordenador y abrió unos vídeos del archivo. El que eligió esa noche era uno en el que Francis Bernard se dirigía al juez antes de su sentencia. Pulsó Reproducir y la voz de Francis resonó en el sótano oscuro, defendiendo su caso. Hasta su voz era hermosa.

Mientras miraba al hombre guapo al que amaba, se tocó el punto cercano al ombligo que ahora estaba en llamas. Deslizó la mano dentro de la cintura de sus pantalones cortos de seda mientras el vídeo seguía reproduciéndose. Un gemido suave brotó de su garganta.