La marca del psicópata Capítulo 11
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Capítulo 11

El reloj se acercaba a la medianoche, y el centro penitenciario de máxima seguridad de Wisconsin, una de las prisiones más seguras del estado, estaba en completo silencio.

Francis Bernard yacía en su cama, mirando el techo.

Su celda no tenía barrotes, sino una puerta gruesa e impenetrable con una pequeña ventana rectangular y una ranura por donde le pasaban la comida.

Así era la vida de aislamiento en la cárcel.

Deprimente. Brutal. Y para la mayoría era imposible escapar de allí.

Pero Francis Bernard creía haber encontrado una salida.

Había sido un recluso ejemplar y su buen comportamiento le había granjeado ciertos privilegios con los que otros presos ni soñaban; entre ellos, una vieja novela de bolsillo de Howard Fast, con la tapa raída y el lomo deshecho.

A pesar de su aspecto deteriorado, las palabras seguían ahí, cumpliendo su función: lo ayudaban a matar el tiempo.

El otro lujo eran los periódicos, que le permitían mantenerse al tanto del mundo fuera de la prisión.

Los libros eran una recompensa por buena conducta. Los diarios había que ganárselos.

Estaba despierto porque esa noche buscaba algo específico.

Necesitaba saber si la historia era cierta.

Para que su plan tuviera alguna posibilidad de funcionar, tenía que ser cierta.

De hecho, toda su vida y su existencia dependían de ello.

Cuando oyó que el mecanismo de la cerradura de su celda se liberaba, se incorporó, en estado de máxima alerta.

La puerta se abrió y el señor Monroe apareció en el umbral.

Andre Monroe era el jefe de los funcionarios de prisiones del centro penitenciario, un hombre inflexible que hacía cumplir las reglas con autoridad brutal.

Hacerlo enfadar significaba entrar en un mundo de dolor que ningún preso deseaba y solo unos pocos podían soportar.

Al verlo en la puerta, Francis Bernard supo que se había metido en un problema.

El trato lo había hecho con Craig Norton, un funcionario de menor rango.

Pero, de algún modo, Monroe había descubierto el arreglo.

Francis respiró hondo y se preparó para el castigo: por lo general, una paliza con la porra.

—Señor Monroe —lo saludó con un leve asentimiento.

—Francis —respondió Monroe con voz serena, casi jovial—. ¿Cómo estamos en esta agradable velada?

La mente obsesiva de Francis quería señalar que rozando la medianoche ya no era velada, sino noche cerrada. Y que la presencia de Monroe en su celda auguraba que sería cualquier cosa menos agradable.

—Bien —se limitó a decir.

Monroe mantenía las manos detrás de la espalda, como si estuviera de pie en misa. Francis supuso que ocultaba la porra y que el primer golpe, tal vez en la sien, llegaría sin previo aviso.

—He oído noticias inquietantes —dijo Monroe—. ¿Acordaste una especie de intercambio con Craig Norton?

Francis tragó saliva, pero no respondió.

—El contrabando de cualquier tipo está prohibido en esta cárcel.

—Sí, señor. Pero no era contrabando. Era…

Monroe sacó una mano de detrás de la espalda. Sostenía una carpeta de cartón de la que sobresalían varios papeles.

—Sí —continuó—. Nunca has sido de meterte con drogas. Te he vigilado de cerca. Pero, aun así, ofrecer favores a los funcionarios a cambio de información del exterior no está permitido.

Francis asintió.

—Sí, señor.

—Sin embargo —añadió Monroe, acercándose a la litera—, si a partir de ahora me dices qué necesitas, tal vez tú y yo podamos llegar al mismo tipo de acuerdo que tenías con Norton.

En ese instante, Francis comprendió que Andre Monroe no iba a molerlo a golpes hasta dejarlo al borde de la muerte, como había hecho con otros reclusos a lo largo de los años.

Su trato con Craig Norton había quedado al descubierto y ahora tendría a Monroe como visitante habitual, esperando lo mismo que Francis le daba a Norton a cambio de algún pequeño lujo del exterior.

Su mente metódica se puso a calcular lo que eso implicaba y concluyó que tendría que encontrar la manera de acelerar su plan.

—¿Y bien? —quiso saber Monroe—. ¿Trato hecho?

Francis asintió. Negarse sería una sentencia de muerte.

Monroe dejó caer los papeles sobre la cama.

Francis los hojeó rápidamente y vio que estaba todo lo que le había pedido a Norton que le consiguiera.

Sobre la pila, un ejemplar del Milwaukee Journal Sentinel , abierto en un artículo sobre Callie Jones.

Francis se tomó un momento para leer la historia por encima.

Era cierto. Con la elección del gobernador Jones se reabría la investigación para encontrar a su hija y, para encabezarla, el gobernador había designado a Ethan Hall, un antiguo investigador inconformista del Departamento de Investigación Criminal de Wisconsin, como lo describía el artículo.

Francis cerró los ojos. Por primera vez en muchos años, se permitió creer que los muros que lo mantenían cautivo pronto se derrumbarían.

Cuando abrió los ojos, vio que Andre Monroe se había acercado y que su figura se cernía sobre él.

—Todo lo que Norton dijo que necesitabas está ahí —afirmó Monroe.

Hablaba con un tono menos autoritario, casi esperanzado. En el túnel de la existencia, la naturaleza acababa conduciendo a todos al mismo punto. Sin dejar de mirarlo, Francis asintió. La realidad dictaba que no tenía otra opción.

Monroe sonrió, se llevó la mano a la parte delantera de los pantalones y se bajó la cremallera.