Capítulo 6
—¿ELA? —repitió Ethan, sentado con Pete en la sala de descanso de los médicos. Eso explicaba la cojera y la manera en que arrastraba levemente las palabras al hablar.
—La buena y vieja enfermedad de Lou Gehrig. Todos los especialistas que he visto dicen que es muy hija de puta. La mayoría de la gente no pasa de los tres años después del diagnóstico. ¿Qué sabes tú de esta enfermedad, amigo? Y no me lo endulces.
Ethan sabía demasiado sobre la esclerosis lateral amiotrófica.
Era una enfermedad progresiva del sistema nervioso que no tenía cura; tampoco existían tratamientos realmente eficaces.
Recibir un diagnóstico de ELA era como recibir un certificado de defunción.
La única incógnita era cuánto tardaría en matar al paciente.
La cojera y la manera en que arrastraba las palabras eran, con toda probabilidad, los primeros síntomas visibles de Pete.
Ethan sabía que otros avanzaban en silencio dentro de su cuerpo y no tardarían en asomar.
—No pinta bien —dijo por fin.
—¿Cómo de rápido avanza?
—Depende de cada persona. ¿Respiras bien?
Pete negó con la cabeza.
—Me quedo sin aliento todo el tiempo. Y no porque haga esfuerzos o porque me canse. A veces solo estoy viendo televisión y, de repente, me cuesta respirar.
Ethan pensó en morderse la lengua, pero sabía que su viejo amigo lo regañaría si intentaba andarse con rodeos.
—Eso es mala señal, Pete. Cuando llega a los pulmones… es brutal y avanza rápido. —Hizo una pausa—. Lo siento.
—Bah, no me dices nada que no haya leído ya. Supongo que solo quería oírlo de alguien de confianza.
Si su amigo llegaba al año, Ethan se sorprendería.
—¿No hay nada raro por ahí? —preguntó Pete—. ¿Medicina oriental, células madre, alguno de esos experimentos?
—No es mi especialidad, Pete. Pero puedo ponerte en contacto con algunos especialistas que conozco, para que veas si te dicen algo distinto.
Pete negó con la cabeza.
—He ido a ver a los mejores de Milwaukee, Chicago y Cleveland. Incluso pasé una semana en la Clínica Mayo. Todos me dijeron lo mismo.
—¿Te dieron un plazo?
—Ninguno fue tan directo, pero parece que me queda más o menos un año. Nueve meses para que se vaya todo a la mierda si la respiración sigue empeorando…, ya sabes: respirador y toda esa mierda.
—Lo siento, Pete. No sabía que estabas enfermo. Si lo hubiera sabido, te habría llamado.
Pete dio un sorbo a su café.
—No te pongas sentimental conmigo. No he venido a que llores por mí. Pero espero influir en tu decisión.
Ethan lo miró con atención.
—¿Mi decisión? ¿Sobre qué?
—El favor que necesito que me hagas.