Capítulo 4
Maddie Jacobson solo se relajaba cuando ya volaban a dos mil cuatrocientos metros de altura. Y aun así, solo un poco. Durante el despegue y el aterrizaje era un manojo de nervios. Detestaba volar en líneas comerciales; por no hablar de un hidroavión de dos plazas.
Ethan ajustó el micrófono. Cuando habló, su voz resonó en los auriculares de Maddie.
—Esto es pan comido.
Maddie cerró los ojos y asintió.
Rodó con el pequeño avión hasta la pista y esperó la autorización de la torre de control.
Cuando recibió el visto bueno, empujó hacia delante las palancas de potencia y comenzó la carrera de despegue.
Tras alcanzar la velocidad adecuada, tiró suavemente de la palanca y el Husky se elevó.
El traqueteo irregular sobre la pista desapareció, sustituido por la suave transición de estar en el aire.
Era su parte favorita de volar: el instante en que se elevaba.
Siempre le producía una sensación de libertad.
Se inclinó y apretó la mano de su novia.
Maddie mantuvo los ojos cerrados y lo ignoró.
Volaron hacia el norte desde Madison, ascendiendo hasta los ocho mil pies.
Con el plan de vuelo rumbo norte-noroeste ya cargado en el GPS, y la confirmación de cielos despejados durante las siguientes dos horas, activó el piloto automático y puso música.
Jimmy Buffett empezó a sonar en sus auriculares, con la canción A Pirate Looks at Forty .
Maddie por fin abrió los ojos y soltó el aire.
—Tengo buenas y malas noticias —anunció Ethan por el intercomunicador—. Las malas son que nos quedan dos horas más de avión. Las buenas: cuando aterricemos tendremos cinco días para nosotros solos.
Maddie sonrió.
—Disfrutaré de esos días cuando estemos en tierra sanos y salvos.
—Recibido.
Una de las ventajas de la medicina de urgencias era que Ethan organizaba su agenda de modo tal que podía trabajar siete días seguidos de turnos de ocho horas a cambio de siete días libres.
Ese descanso funcionaba como una pausa periódica que evitaba el agotamiento y durante los últimos dos años había seguido ese ritmo sin interrupciones.
Pasaba los días libres en el norte del estado y Maddie se unía a él siempre que su horario se lo permitía.
Ethan era dueño de una cabaña en el lago Morikawa, en el norte de Wisconsin, al este de la ciudad de Duluth en el estado de Minnesota y no muy lejos del lago Superior.
El lago pertenecía a la Reserva Bad River y, en concreto, a la ribera Bad River del lago Superior de la tribu chippewa, una nación indígena reconocida por el Gobierno federal.
La cabaña era una de las únicas ocho viviendas situadas junto al lago.
La había construido su tatarabuelo en la década de 1920, tras la firma de un tratado de cesión de tierras que otorgó esas hectáreas al Gobierno de los Estados Unidos.
Sus antepasados habían sido parte de Hall Copper, una empresa minera que alcanzó notoriedad durante el auge del cobre a finales del siglo xix , antes de quebrar durante la Gran Depresión.
De aquel imperio ya desaparecido, solo quedaba la cabaña de pesca de los Hall, situada a orillas del lago Morikawa.
Un programa gubernamental de recompra a mediados del siglo xx permitió a la tribu chippewa volver a adquirir las tierras a los propietarios por sumas considerables.
El abuelo de Ethan, junto con solo siete residentes más del lago Morikawa, rechazó la generosa oferta y mantuvo la cabaña en el seno de la familia.
El resultado fue que los Hall siguieron siendo dueños de la cabaña, pero el terreno circundante, incluido el propio lago, pasó a ser propiedad de los chippewas.
Ser dueño de esa propiedad implicaba respetar muchas condiciones.
La más importante era que estaba permitido hacer mejoras a la estructura de la cabaña, pero no ampliar su superficie, ya que el terreno de alrededor pertenecía a los indígenas.
Y solo gracias a la generosidad de los chippewas, Ethan podía pescar en el lago.
A pesar de las restricciones, el acuerdo tenía una ventaja: como el lago y las tierras circundantes formaban parte de la reserva, estaba garantizado que no se construirían más casas ni cabañas.
Sin proponérselo, Ethan había conseguido tener el lago Morikawa casi para él solo.
En demostración de agradecimiento, en los últimos años había establecido una especie de trato con la reserva.
Tras graduarse en Medicina y comenzar la residencia en Emergentología, Ethan se ofreció a brindar atención médica gratuita a la tribu chippewa.
Tres veces al año instalaba allí su consulta durante una semana, realizaba chequeos médicos generales, recetaba medicamentos para la diabetes y la hipertensión, diagnosticaba enfermedades y problemas dentales y gestionaba derivaciones cuando era necesario.
A cambio, se había ganado la buena voluntad de la tribu y nadie lo molestaba cuando estaba en la cabaña.
Para los chippewas, era el médico amable y reservado que los atendía tres veces al año.
Tras dos horas y media de vuelo y casi quinientos kilómetros recorridos, Ethan divisó a lo lejos el lago Morikawa e inició el descenso.
La superficie del agua presentaba un oleaje suave que le facilitaba la referencia visual.
Encaró la aproximación en contra del viento, que soplaba del norte.
Pasó por encima de las copas de los altos pinos y redujo la velocidad hasta casi llegar al límite de pérdida de sustentación antes de posarse sobre el lago.
Con el motor al mínimo, avanzó hacia el embarcadero frente a la cabaña.
Esperándolo al final del muelle estaba Kai Benjamin, un anciano jefe chippewa de la zona, que alzó la mano al verlo acercarse.
Ethan acercó la avioneta al muelle y puso el motor en punto muerto.
Al salir de la cabina, lanzó una cuerda a Kai, que la enrolló alrededor de un pilote para inmovilizar el hidroavión.
Ethan se inclinó de nuevo hacia el interior y apagó el motor.
Ayudó a Maddie a salir del asiento del pasajero y ambos se quedaron unos instantes sobre el flotador, disfrutando de los sonidos de la naturaleza que los rodeaba.
La cabaña de Ethan estaba construida en la desembocadura del río Heaven, donde los rápidos rugían al precipitarse hacia el lago.
Podían oír cómo el agua corría entre las piedras y resonaba entre los pinos que los rodeaban.
Un colimbo dejaba oír su canto desde el centro del lago; los pájaros trinaban entre el follaje espeso que los envolvía.
Kai guardaba silencio y dejaba que sus amigos saborearan el momento apacible de su llegada a aquel lugar majestuoso.
Ethan sonrió y se llenó los pulmones de aire fresco.
—¡No se puede estar mejor que aquí!
—Este sitio es aún más hermoso cuando traes a tu media naranja. Es más guapa que tú y, desde luego, más entretenida.
Maddie sonrió y saltó al muelle.
—Me alegra verte, Kai.
Se abrazaron con cariño.
—Dejadme ayudaros con el equipaje —dijo Kai.
—Gracias.
Ethan abrió el compartimento de carga. Tuvieron que hacer tres viajes para subir todo hasta la cabaña por la larga escalera que llevaba a ella: dos neveras portátiles, bolsas de viaje, varios bidones de gasolina, comida y agua.
Kai rondaba los setenta años, y tenía la piel oscurecida y curtida por el sol.
Ethan hacía tiempo que había dejado de protestar cuando le ofrecía ayuda.
Kai era fuerte como un roble y siempre estaba dispuesto a echar una mano.
Mientras Ethan y Maddie guardaban las cosas, Kai se dirigió a su camioneta.
—Tengo algo para ti —dijo cuando regresó. Sostenía una larga lanza de pesca—. La afilé y le ajusté la punta para que quede firme y resistente.
—Kai, no hacía falta.
—Ha sido un placer hacerlo.
La primera semana que Ethan instaló su consultorio improvisado para la tribu chippewa, detectó resultados anómalos en los análisis de sangre de Kai.
Estudios posteriores revelaron un tumor en el intestino.
De no haberse diagnosticado a tiempo, habría sido mortal.
Ethan coordinó la operación con un colega gastroenterólogo en Madison.
Ahora Kai estaba sano y fuerte y, con los años, se habían hecho muy amigos.
En señal de gratitud, Kai le había regalado una antigua lanza de pesca que había pasado por tres generaciones de chippewas.
La larga vara de bambú terminaba en un arpón hecho con un colmillo de morsa.
Conmovido por el gesto, Ethan la había colgado como adorno en la pared principal de la cabaña, donde la veía cada vez que entraba.
En su última visita al lago, Kai había notado que el colmillo estaba flojo.
—¿Me permites? —preguntó ahora.
—Claro.
Kai levantó la lanza y la colocó de nuevo en los soportes de la pared, también hechos de colmillos, otro regalo suyo.
—Quizás este fin de semana por fin la uses.
—¡La he usado! —se defendió Ethan—. A lo único que pude darle fue al fondo del lago. Por eso la punta estaba tan floja.
—Hace falta paciencia y práctica. Pero al final verás que la lanza es más eficaz que esas cañas tramposas que usas. Y no hace falta que te recuerde que, hasta hoy, nunca has pescado más que yo.
—¿Es un desafío? —preguntó Ethan.
Ambos miraron a Maddie, que puso los ojos en blanco.
—Ay, marchaos de una vez.
—¿Seguro? —dijo Ethan.
—Con la condición de que traigáis lucios para la cena.
Ethan salió disparado hacia la puerta.
Como dos niños que salen corriendo antes de que suene la campana, Kai descolgó la lanza de la pared mientras Ethan descolgaba su caña Loomis del soporte junto a la entrada.
Minutos después, el motor fueraborda de cincuenta caballos de la lancha Crestliner de Ethan los lanzaba a toda velocidad sobre el agua.
Se dirigieron a su bahía preferida, donde solían abundar los lucios del norte y las luciopercas.
Ethan ocupó su lugar en la plataforma de pesca de proa y montó en la caña una cucharilla giratoria Mepps n.º 5 con faldilla de plumas.
Kai se ubicó en la popa para observar el agua con la lanza ancestral apoyada en el hombro.
Minutos después, Ethan sintió una picada poderosa que agitó la caña y dio un tirón para asegurarse de que se clavara el anzuelo.
Miró hacia la popa, dispuesto a dedicarle a Kai una sonrisa triunfal, pero vio que su amigo seguía la sombra de un lucio bajo el agua.
Justo cuando Kai arrojó la lanza, el carrete de Ethan empezó a chirriar: su pez emprendía una larga carrera que exigía toda su atención.
Volvió a concentrarse y levantó la punta de la caña para acercar la captura; luego volvió a bajarla mientras recogía hilo para recuperar la línea que el pez había ganado.
Y así, casi sin darse cuenta, Ethan se relajó. Tras unos minutos en el agua, en plan pesca, el temor a la próxima audiencia de libertad condicional del hombre que había matado a su padre y había estado a punto de acabar con la vida de Maddie se desvaneció.
Al menos durante ese fin de semana largo del Día de los Caídos, Ethan Hall era un hombre libre de toda preocupación.