La marca del lobo Capítulo 41 La loba plateada
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Capítulo 41 La loba plateada

Caminaba sin rumbo, la conversación con Padre Bernardino y su cruel indiferencia me había dejado un vacío enorme, una mezcla de rabia y desilusión que me hacía sentir como si estuviera cayendo en un abismo. La oscuridad que me rodeaba era un reflejo de la que tenía en el alma.

Mientras iba sumergida en mis pensamientos oscuros, de pronto, Mendo apareció de la nada, prácticamente tropezando conmigo. Su rostro, que siempre era tan sereno, mostraba ahora una preocupación profunda, casi desesperante.

—¡Victoria, estaba buscándote! Sígueme rápido… —exclamó con urgencia.

Lo seguí en silencio, dejando que me guiase hasta su cuarto.

Al entrar, vi a la anciana esperándonos.

En ella se notaba un alivio mezclado con tristeza al verme.

Nuestras miradas se cruzaron y, antes de que pudiera decir nada, me envolvió en un abrazo cálido.

Sentí cómo su calor iba deshaciendo, poco a poco, las cadenas de mi desconfianza.

—Victoria, qué alivio verte aquí, a salvo. Mendo me ha contado todo lo que pasó. Siento mucho tu pérdida, fue una tragedia terrible.

Aparté la mirada, intentando contener el torrente de emociones que amenazaba con salir. La imagen de Pedro, con esa sonrisa que nunca volvería a ver, cruzó mi mente como un relámpago.

—Mi alma se marchó con Pedro —dije, mientras miraba al suelo—. No hay dolor que pueda superar lo que siento ahora. Aprecio tus condolencias, pero tengo que concentrarme en hacer que aquellos que causaron este sufrimiento afronten sus consecuencias.

—Victoria, ganaste la batalla. Hiciste justicia, el poder de esos nobles ya no existe —proclamó la anciana con voz serena, como quien quiere traer paz.

—Mientras sigan vivos, su poder persistirá. No puedo descansar mientras su aliento siga contaminando esta tierra —respondí con decisión, mi mirada endurecida por la sed de venganza.

—Mendo me contó que tienes a Villar y a los nobles que lo apoyaron capturados. ¿Qué piensas hacer con ellos? —preguntó la anciana, con un tono cargado de preocupación—. ¿Tendrán el mismo destino que los clérigos?

—El pueblo se encargará de los nobles. Les dejaré escoger su destino. Pero Villar… Villar tendrá el mismo final que mi madre.

—¿Qué final, Victoria? —las palabras se le escaparon trémulas, como si le costara afrontarlas.

—Morirá torturado —respondí, con tono firme—. El agua caerá sobre su cabeza constantemente durante meses, privándolo del sueño hasta llevarlo a la locura. Solo entonces podré acabar con él.

—¿Y qué ganas con eso?

—Justicia —dije con ira—. La justicia puede estar vendida, pero yo quiero que él sienta en el cuerpo lo que dejó en los demás. Las leyes… las leyes no llegan hasta donde yo quiero llegar.

La anciana suspiró hondo, con una expresión que mezclaba amor y resignación.

—Parece que no voy a convencerte —murmuró, resignada, pero con ese tono lleno de amor que sonaba a intento de salvarme de mí misma.

—No me vas a convencer…

—Entonces, yo me encargaré de Villar. Lo llevaré conmigo y haré justicia en tu nombre. Necesito que uses tu tiempo para hacer el bien y proteger Galicia. No puedes perderte en este camino de venganza. Mendo me habló de tus poderes…

Su oferta me sorprendió, un alivio inesperado que intentaba abrirse paso entre la penumbra.

—¿Por qué harías eso por mí?

—Porque vi lo que el odio puede hacerle a una persona, Victoria.

Vi cómo consume y destruye, cómo convierte a los justos en sombras de lo que fueron alguna vez.

No quiero que te pierdas en ese abismo. —Hizo una pausa; su mirada se volvió más intensa, casi suplicante—.

Hay más en ti que esta sed de venganza. Tienes un poder que va más allá del dolor y de la furia.

Es un poder para curar, para proteger, para guiar. No dejes que se pierda en la oscuridad.

—Tengo algo que confesarte —comencé, con las palabras temblando mientras el corazón me pesaba como una losa—.

Cuando mataron a Anxo y Villar me secuestró, llegué a creer que me habías robado mis poderes.

Me atormentaba la idea de que mi piedra no me avisara del peligro, y empecé a dudar de ti.

No entendía por qué había permanecido inerte cuando Villar estuvo a punto de matarme.

Sin embargo, en la celda, se activó de pronto y mis poderes surgieron, sorprendentes y repentinos, justo cuando uno de sus hombres entró con intenciones dudosas.

—Victoria, no deberías tener poderes. Deberías haber pasado la noche de bodas con Pedro para recibirlos. ¿Cómo es posible que los tengas ahora?

—¿Qué tiene que ver la noche de bodas con mis poderes? —pregunté, confundida.

—Tus poderes solo deberían manifestarse si hubieras pasado esa noche con Pedro —respondió la anciana, con la preocupación dibujada en el rostro.

—Pero no entiendo cómo eso se relaciona con mis poderes —repliqué, sin comprender el vínculo.

—Los poderes de una Hija de la Luna solo se revelan cuando conciben un hijo.

—Pero yo no soy madre, anciana —protesté, sintiéndome desorientada.

—Si la profecía es correcta, solo al convertirte en madre podrás manifestar plenamente tus poderes. Algo está fuera de lugar aquí.

—No puedo ser madre, anciana —repetí, incapaz de aceptar la posibilidad.

—Entonces, ¿qué ocurrió? —preguntó la anciana, intentando comprender la situación.

—No lo recuerdo claramente —admití, sintiendo un nudo en el estómago. Los recuerdos eran sombras, pedazos rotos que se negaban a unirse.

—¿No recuerdas o no quieres recordar? —insistió—. Recuerda que el pasado tiene un poder sobre el presente que no podemos ignorar. Dale importancia a cada detalle y cuéntame lo que pasó.

El peso de sus palabras me obligó a adentrarme en la oscuridad de mi memoria, allí donde los miedos se esconden.

Hablamos durante horas. Le conté a la anciana cada detalle de lo ocurrido: desde el terror que sentí hasta la agonía que soporté.

Le narré cómo Villar me golpeó hasta hacerme perder el conocimiento.

Aunque no recordaba los detalles precisos, desperté desnuda, con el cuerpo dolorido y ensangrentado, y el dolor al respirar era insoportable.

Las risas y los comentarios de los hombres de Villar confirmaron lo que más temía.

El dolor de aquella revelación era una herida abierta que nunca cerraría. Con una expresión de profunda preocupación, la anciana me puso una mano en el hombro, intentando ofrecer consuelo ante mi desgarradora confesión.

—Victoria, es muy probable que estés embarazada. En el caso de las Almas de la Luna, los poderes se manifiestan desde el momento de la concepción. Esto podría explicar la repentina aparición de tus habilidades.

—¿Cómo puede ser? ¡Es imposible, no puedo ser madre, no puedo estar embarazada, no puedo esperar un hijo de Villar, no puede ser!

—Lo siento mucho, Victoria, me gustaría darte otra noticia. Pero esta es la única explicación.

En este caso, es probable que lo que llevas en el vientre sea parte de un destino más grande.

La realidad se estrelló contra mí como una ola incontrolable. La crueldad del destino…

—¿Qué haré ahora? —pregunté, sintiendo cómo el abismo se abría bajo mis pies.

—Lo que siempre has hecho, Victoria —la anciana habló con una suavidad inesperada—: luchar.

Pero ahora no será solo por ti, sino por la vida que crece en ti y por el futuro de esta tierra.

Tendrás que decidir si el odio ha de consumirte o si este sufrimiento puede transformarse en algo más grande, en algo más poderoso.

El terror me apretaba el pecho, empujándome a correr como si todo dependiera de aquel instante. Necesitaba aire, huir de la opresión que me aplastaba por dentro.

Empujé la puerta y, al salir a la calle, la realidad me golpeó con tal violencia que las piernas cedieron.

Caí de rodillas sobre la piedra fría. Un grito se me escapó de la garganta y destrozó el silencio de la noche.

Lo que tenía delante era tan imposible, tan brutal, que la mente se negaba a aceptarlo.

El pánico me desbordó, convirtiendo el mundo en un torbellino de sombras y sonidos desgarrados. Sentía las miradas clavadas en mí: gente que se detenía, testigos mudos de mi hundimiento.

Traté de sostenerme. Cerré los ojos con fuerza, buscando en el aire frío un aliento que me devolviera la cordura. Inspiré, larga y dolorosamente, como quien intenta detener una tormenta con un solo gesto.

Cuando volví a mirar, las personas ya se apartaban, asustadas. Solo una anciana se acercó con cautela. Sus ojos mezclaban compasión y miedo.

—¿Estás bien, muchacha?

Hice un esfuerzo por mantener la calma, pero mis palabras salieron entrecortadas.

—Sí, solo necesito un momento —respondí.

La mujer me observó con una mirada comprensiva, como si pudiera intuir la profundidad de mi angustia. Sentí la necesidad de alejarme, de encontrar un refugio donde pudiera recuperar la calma sin ser molestada.

Me metí por las calles estrechas, sumergida en la penumbra de la noche, mientras mis pensamientos giraban en un caos indescifrable. ¿Cómo era posible que estuviera embarazada de Villar? ¿Qué clase de destino se estaba revelando ante mí?

Me refugié en un callejón sombrío, apartado del bullicio de la ciudad, me senté en el suelo y abracé mis piernas con desesperación, murmurando una y otra vez: «Un hijo… un hijo…». La luna, en su esplendor plateado, vertió su luz sobre mí, envolviéndome en un aura etérea.

Un dolor penetrante se apoderó de cada fibra de mi ser, como si mis huesos estuvieran siendo fracturados y remodelados por una fuerza invisible y avasalladora. Era un sufrimiento punzante, una presión insoportable que me aplastaba la cabeza. ¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Qué era ese dolor?

Mis manos comenzaron a temblar violentamente.

Las miré… algo estaba pasando… ¡No eran mis manos!

Estaban transformándose ante mis ojos, tal y como en aquel inquietante sueño.

Sentía mis dedos alargarse y curvarse, convirtiéndose en garras afiladas.

El sufrimiento era tan intenso que parecía estar desgarrándome desde dentro, como si una fuerza primigenia estuviera reescribiendo mi ser a su antojo.

En medio de la desesperación, una voz dulce y alentadora llenó mi mente. Era la Luna, murmurándome palabras de calma y consuelo.

—Tranquila, hija mía…

Mis sentidos se agudizaron de pronto, como si despertaran de un largo letargo.

El olor de la tierra mojada, el murmullo del viento entre los árboles, el latido del mundo a mi alrededor…

todo cobraba una nitidez inesperada. La luna me guiaba a través de este proceso, cada etapa de la transformación iluminada por su luz suave, ofreciéndome claridad en la oscuridad de lo desconocido.

Con un aullido que se alzó en la noche, mi forma humana se desvaneció poco a poco, dando paso a la majestuosidad de una loba plateada. Mis ojos contemplaban ahora el mundo con una nueva claridad.

Mi mente se llenaba de asombro y poder. La transformación no era solo física, sino también espiritual. Me sentía en armonía con la naturaleza, conectada con las fuerzas que siempre habían estado presentes, pero que ahora fluían a través de mí de forma palpable.

Necesitaba volver a mi estado natural. Intenté concentrarme, pero no lo conseguía. El tiempo pasaba, y cada intento era en vano.

De pronto, un hombre me vio y gritó con pavor.

—¡Un lobo! ¡Hay un lobo en la ciudad!

Salí corriendo, muerta de miedo. No quería hacerle daño a nadie, pero a cada paso la gente huía asustada o intentaba darme caza.