Capítulo 40 Sin alma #2
—Atad a Villar y a los demás y llevadlos hasta Santiago, aprisionadlos en el pazo. Allí decidiremos qué hacer con ellos.
—De acuerdo, Victoria. Allí nos veremos —contestaron Mendo y don Rodrigo.
Cogí un caballo, un animal robusto de ojos tristes, y lo até a la carreta. Ya no había prisa; la noche sería testigo de nuestro último viaje juntos.
—Pedro, mi amor, ya no hay nada que nos separe. Ya no hay lucha, ni miedo, ni futuro. Solo tú y yo, siempre.
El dolor era tan grande que mi cuerpo parecía ajeno: solo el alma seguía viva, quemada, deshecha, pero firme en una certeza absoluta. No quiero seguir aquí sin ti. El mundo es una sombra vacía si tú no lo iluminas.
Durante el viaje, que duró horas, seguí hablando a Pedro como si pudiera escucharme.
Atravesé las murallas de Santiago; todos estaban allí esperándonos: Mendo, don Rodrigo, José y el resto del grupo ya se encontraban en el pazo.
Carretas llenas de heridos llegaban continuamente, y mi abuela se encargaba de atenderlos.
Al verme a lo lejos, su rostro se iluminó de alivio y felicidad y corrió hacia mí.
—¡Victoria! ¡Dios mío! Rodrigo ya me lo ha contado todo.
Al bajar del caballo, todo lo que había intentado reprimir estalló de golpe.
Caí de rodillas delante de mi abuela, y el dolor acumulado se rompió en un llanto profundo.
Grité y lloré con tal intensidad que sentí el corazón desgarrarse por dentro.
El alma me quemaba en el pecho, y el sufrimiento era tan hondo que apenas podía soportarlo.
Mi abuela, consternada por mi desamparo, me acogió entre sus brazos, intentando consolarme mientras yo lloraba sin consuelo en su regazo.
—Victoria, ya pasó, mi niña, ya estás a salvo, ya todo pasó.
—¡No, abuela, no pasó! ¡He perdido a Pedro, está muerto!
Mi abuela, sin dejar de abrazarme, lloraba junto a mí. De pronto, los gritos de Juana se escucharon a lo lejos.
—¡No, mi hijo! ¡Pedro!
Venía corriendo hacia nosotras, nos miró con una mirada fuera de sí, incapaz de asumir el destino de Pedro.
Subió a la carreta gritando sin descanso, negándose a creer que el cuerpo que yacía bajo los trapos ensangrentados era el de su propio hijo.
Se arrojó a su lado, llorando sin consuelo y abrazándolo, mientras imploraba a Dios que se lo devolviera.
—¡Dios mío, por qué él! ¡Devuélvemelo, tráelo de vuelta y llévame a mí!
Juana casi muere de dolor al perder a su marido, pero la pérdida de Pedro iba a ser un golpe aún más duro que creo que nunca iba a superar.
Decidí acercar la carreta para meter a Pedro y a Juana dentro. Ordené a unos hombres que nos ayudaran con el cuerpo.
Mi abuela, Juana y yo nos dispusimos a preparar su cuerpo. Soledad cosía las heridas mientras yo lavaba su cabello largo y ondulado, teñido por su propia sangre.
Ninguna pronunció palabra, solo sollozos de dolor.
Cuando terminamos, Juana comenzó a rezar.
Mi abuela me dijo que era mejor salir y dejarlos solos.
Yo no quería irme del lado de Pedro, pero entendí la situación.
Juana nos miró con aprobación. Creo que quería estar a solas con su hijo, despidiéndose de él.
Le dije a mi abuela que necesitaba hablar con Bernardino; ella me dijo que estaba donde los heridos, atendiéndolos en una sala. Sin más espera me dispuse a ir a buscarlo; al verme, sin decir palabra, se acercó y me abrazó durante una eternidad, sin pronunciar una sola palabra.
—Victoria, aunque no lo veas, Pedro está a nuestro lado. Reza por él, recuérdalo. Sé que al principio será muy duro superar su ausencia, pero el tiempo pondrá todo en su sitio, y las heridas del corazón y del alma curarán. Aunque queden cicatrices, el dolor será mucho menor.
—No puedo pensar ahora en el futuro ni en cómo me encontraré dentro de un tiempo. Solo sé que ahora el dolor es insoportable, que mi mente no piensa, que mis sentimientos huyeron de mi cuerpo. Es como si mi cuerpo ya no me perteneciera.
—Esa es tu alma. Te protege del dolor de tu corazón. Si dejas que tus sentimientos fluyan, si dejas que tu mente piense, te destruirás. Solo te está protegiendo de ti misma. Necesitas vivir, eres joven. Necesitas recuperarte y volver a ser una Victoria más fuerte y renacida.
A mi mente volvió de nuevo la imagen tallada por Pedro del ave fénix que me había regalado.
Una Victoria renacida… cuando ahora soy solo cenizas. No podía tener distracciones, el tiempo iba en mi contra; necesitaba saber qué iba a hacer con Villar y los nobles.
—Padre Bernardino, tengo a Villar cautivo. Te necesito para mi plan.
—¿Qué plan, hija mía?
—Quiero que tenga el mismo destino que tuvo mi madre. Quiero que la gota de agua golpee su cabeza hasta volverlo loco.
—Victoria, la venganza nunca fue buena compañera. Además, a ti no te corresponde juzgarlo; solo Dios debe decidir.
—Padre Bernardino, ¿pretendes que lo deje en libertad? ¿Te estás escuchando?
—No te digo que lo dejes en libertad, pero sí que no te involucres en su juicio.
Para eso está la justicia en la tierra y Dios en el cielo.
Lo miré con furia y salí de allí a paso ligero.
No entendía cómo no estaba furioso por la muerte de Pedro y la de mi madre; si tanto la apoyaba y trató de protegerla, ¿por qué no me ayudaba con esto?
Necesitaba dar a Villar el castigo que merecía, pero no sabía dónde ni quién podría ayudarme.
Era un castigo que duraría meses y necesitaba vigilancia para que no pudiera escapar, y alguien que lo alimentase para que no muriese antes de tiempo.
Necesitaba un lugar donde nadie pudiera encontrarlo.
Y necesitaba dejar todo bien atado, para dar fin a mi vida y poder reunirme con Pedro.