La marca del lobo Capítulo 40 Sin alma
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Capítulo 40 Sin alma

Una vez que terminé de atender a todos los heridos y estabilizarlos, decidí que era hora de ir a los calabozos. El corredor de las celdas estaba lleno de sombras, apenas iluminado por la luz tenue de las lámparas de aceite que temblaban en las paredes de piedra.

Cuando llegué a la celda, encontré a Villar sentado en un rincón, con la mirada desafiante de quien no da ninguna importancia a su situación. Sus ojos oscuros brillaban con una chispa maligna, y una sonrisa cínica se dibujaba en sus labios.

—Ah, Victoria, mi amante… ¿Vienes a repetir nuestros encuentros, aquí delante de todos? Veo que aún no has tenido suficiente…

Los demás rieron, intentando humillarme, mirándome con desprecio y arrogancia.

Los cuatro clérigos eran figuras grotescas: aquellos hábitos eclesiásticos estaban recargados de joyas, como si su fe pudiera medirse en oro.

Sus rostros reflejaban avaricia y perversidad, convirtiéndolos en caricaturas repulsivas del poder espiritual.

A su lado, los ocho señores nobles se alzaban con la misma soberbia: trajes de lujo, collares brillantes y anillos que relucían más que sus conciencias. Juntos formaban un cuadro de corrupción absoluta, una triste y cruda imagen de la vanidad humana.

Sus palabras ya no me afectaban, habían perdido su poder sobre mí. Siguieron intentando provocarme.

—¿Sabíais que no opuso ninguna resistencia? ¡Estaba deseándolo! — continuó Villar.

Las risas no cesaban. Yo ya no sentía nada. Después de ver morir a Pedro delante de mí por intentar salvarme, nada, ni palabras ni actos, podrían herirme. Ya no quedaba dolor mayor que ese.

Reí con ellos. Una carcajada escapó de mi boca… y de inmediato todos callaron, estupefactos por mi reacción.

—¿Que si disfruté? Todos sabemos que no eres capaz de darle placer ni a una gallina vieja.

No me resistí… porque ni siquiera me enteré.

Todos comenzaron a reír; esta vez Villar permaneció callado, lleno de ira por la humillación.

—¡Bruja! ¡Hija de Satanás! ¿Crees que no vimos de lo que eres capaz? No me extraña que por tu sangre corra la sangre del demonio, siendo hija de la bruja de tu madre. El mismo destino te espera… pero esta vez seremos nosotros quienes haremos que ardas en la hoguera.

Comencé a reír de nuevo. Pero esta vez mi rostro reflejaba odio y sed de venganza.

—Yo no ardo, Villar. Yo hago arder. Mi madre fue condenada injustamente por ti. Por rechazarte. Por humillarte. Nunca superaste que no quisiera ni mirarte. Y ahora, mírame bien… porque soy sangre de ella. Y estoy aquí.

¿Qué te parecería morir como ella? Una sola gota, día tras día, cayendo sobre tu cabeza. Al principio solo será una molestia. Pero con el tiempo… perforará tu cráneo. Y el sonido, constante, terco, te volverá loco. Te privará del sueño. Y te llevará a la locura.

—¡Jamás! ¿Me oyes, bruja? ¡Jamás podrás vencerme! Tú no decides mi destino.

—Ya lo veremos. Os dejo aquí, a cada uno reflexionando sobre su futuro. No solo Villar afrontará un destino perturbador, sino también quienes están presentes y apoyaron su maldad. Descansad ahora, mientras podáis.

—¡Hija del demonio! ¡Bruja! —clamaron al unísono.

Ninguno mostró arrepentimiento. Ninguno pidió perdón. Su frialdad, la maldad concentrada en aquel lugar, me enfurecía.

Me marché decidida. Temía que el odio me dominase… y los destruyese a todos antes de tiempo.

Comencé a analizar la situación. Enfrentarme a los clérigos no sería tan sencillo; con ellos debía planear un castigo rápido, ya que la Iglesia los protegería y podrían surgir complicaciones.

Tal vez la solución fuese eliminarlos antes, quizá simular sus muertes en la batalla para evitar problemas adicionales.

Me acerqué a don Rodrigo:

—Debemos hablar —le dije con tono urgente.

—Dime, Victoria.

—Necesitamos eliminar a todos los clérigos.

El rostro de don Rodrigo se tensó, reflejando una profunda desaprobación.

—No creo que mis hombres estén dispuestos a participar en la ejecución de los clérigos. Eso significaría condenarse al infierno.

—No te preocupes por eso —respondí con firmeza—. Yo misma me encargaré, yo ya estoy en el infierno. Tráelos a la plaza.

Tras una breve espera, los clérigos aparecieron en la plaza. Su indignación era notoria, y su arrogancia se reflejaba en cada gesto y palabra. Al verme, uno de ellos gritó con desdén:

—¡Bruja! ¡Deberíamos haberte quemado junto con las otras en la Plaza de la Quintana! ¡Ja, ja, ja! ¡Cómo gritaban! Así me gustaría verte, bruja.

Su desprecio era evidente, pero en sus voces había una desesperación que los traicionaba. La escena estaba lista, y yo sabía que el sacrificio de aquellos hombres sería mi último acto de justicia.

—¿Cuántas hijas, esposas y hermanas fueron condenadas y torturadas sin culpa alguna? ¿Cuántos niños quedaron huérfanos, marcados para siempre por el estigma de que sus madres habían sido acusadas de pactar con el demonio?

La impotencia me envolvió como un manto frío. Pensaba darles una muerte digna, rápida y sin sufrimiento. Quería que los encontraran muertos con la espada en la mano, luchando por sus ideales. Pero sus comentarios me hicieron cambiar de opinión.

—¡Ellos han hablado! Tendrán la misma muerte que sus víctimas.

—¡Por favor, no escuches a don Prudencio! —imploró el clérigo don Matías, con la voz temblando de miedo—. Nosotros no tenemos nada que ver con él. Nos arrepentimos profundamente. ¡Por favor, no nos hagas daño!

La hipocresía de sus palabras me repugnaba. Eran capaces de vender su alma al diablo con tal de salvar su propia piel. Su arrepentimiento no era más que un intento desesperado por evitar las consecuencias de sus actos.

—Muy bien, como bien dijo don Prudencio, es hora de predicar con el ejemplo.

Experimentaréis la misma muerte que las mujeres que vosotros juzgasteis en la Plaza de la Quintana.

Haremos una hoguera pequeña, no vale la pena gastar madera innecesaria, la muerte será más lenta…

Pero no os preocupéis, Dios os acogerá y os protegerá por la vida tan ejemplar que seguisteis.

Las súplicas desesperadas comenzaron mientras discutían entre ellos y golpeaban a don Prudencio.

Ordené que trajeran madera para la quema; cada uno sería obligado a presenciar el sufrimiento de los demás, reservando a don Prudencio para el final. Sus gritos pidiendo clemencia no lograron conmoverme.

Me aparté un momento y llamé a Mendo.

—Mendo, quiero que Villar esté presente en las ejecuciones.

—Victoria, ¿estás bien? No te reconozco.

—No me reconoces porque ya no soy la misma. Ahora tráeme a Villar.

Ordenamos a nuestros hombres que se retiraran, para que no temieran por sus almas. Solo quedábamos José, Mendo, don Rodrigo y yo.

Había cuatro montones de madera con cuatro postes. Nadie quería ser quien los atara; todos tenían miedo de condenarse al infierno por toda la eternidad. Solo Mendo se ofreció.

Él no creía en esas cosas.

Se acercó a ellos y los subió, atándolos bruscamente.

Sus gritos no cesaban, pidiendo clemencia.

Pusimos a Villar en primera línea, atado al trono que tenía en la sala de mapas, como si fuese un rey destronado.

Ordené que lo colocaran más cerca para que le llegara el olor a cerdo quemado y para que el fuego, tan próximo, le quemara ligeramente la cara.

Comenzamos con el primero; elegí al que parecía el más humilde de todos.

Mientras las llamas se elevaban y el crepitar del fuego se hacía más fuerte, los gritos angustiosos del clérigo resonaban en la plaza. Villar, atado a su trono, observaba con una mezcla de furia y miedo.

Decidí enfrentar al segundo y al tercer clérigo al mismo tiempo; ya no podía perder más tiempo.

Los clérigos, desesperados, gritaban maldiciones y súplicas al cielo.

Con el fuego empezando a arder bajo sus pies, me fui acercando a cada uno, viendo cómo las llamas comenzaban a rozar sus cuerpos.

No podían evitar el destino que ellos mismos habían causado a tantas vidas inocentes.

Finalmente llegó el turno de don Prudencio, el instigador de aquellos clérigos corruptos. Su arrogancia y crueldad no lo salvarían de lo que estaba por venir. Lo miré fijamente mientras las llamas se apoderaban de él, consumiendo la capa oscura que llevaba.

—Que Dios te perdone, don Prudencio —le dije, con un tono helado, mientras el fuego comenzaba a devorarlo.

Villar, aún atado, miraba la escena con una expresión que lo decía todo: pálido, con terror en los ojos.

—¿Qué te parece el olor, Villar? ¿Te gusta? —le pregunté con frialdad.

Al escuchar mi pregunta, no pudo reprimir el horror que lo invadía y comenzó a vomitar. Nuestras miradas se encontraron, y en ese instante pude ver claramente el miedo que se apoderaba de él.

Cuando las llamas consumieron la vida de los clérigos, y el olor a carne quemada impregnó el aire, ordené que liberaran a Villar de su trono. No merecía una muerte rápida, sino enfrentarse al mismo destino que mi madre, gota a gota, el goteo constante de la venganza.

Avisé a todos para que preparasen los caballos. Partiríamos enseguida. José, que no quiso presenciar la muerte de los clérigos, se acercó a mí.

—Victoria, esos clérigos son representantes de Dios. Si sigues por ese camino, vas a condenarte.

Con una furia incontrolable, respondí:

—Nunca te atrevas a juzgarme. Yo hice lo que debía: impartir justicia.

Ellos solo sembraban muerte en nombre de sus propios intereses egoístas.

¿Pensaron ellos en el castigo divino en ese momento?

No seamos hipócritas. Aquí no hay lugar para Dios, y mucho menos para el infierno.

Ellos estaban desatando el verdadero infierno en esta tierra sagrada.

El infierno es lo que vivimos aquí: es el hambre, el abuso y la muerte que espera a quienes se atreven a hablar o a luchar por sus derechos.

Eso, querido José, es el verdadero infierno: la incapacidad de alimentar a tus hijos mientras sufres por los excesos de los nobles y sus secuaces. No vuelvas a cuestionarme nunca más.